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CRÓNICAS DE ASFALTO | FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Qué bien, esto va mal

Yo diría -por eso lo digo- que voy entrando en razón y regresando a mí mismo. Eso no quiere decir que me haya convertido en alguien razonable, sólo se trata de volver al punto de partida.

Actualizada Domingo, 4 de octubre de 2009 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

H A costado lo suyo, después de todo se intuye una irresponsabilidad enorme en la concesión empresarial de vacaciones a cualquier obrero del tres al cuarto. Como yo.

Al principio, yo era un bendito, asperjado por mi buena fe, que hacía extensiva a la patronal, y admiraba ese afán por desprenderse de la mano de obra durante un periodo exclusivamente dedicado a vacar, y mira que me lo advirtió un compañero: Nos dan vacaciones para fastidiarnos (en realidad dijo jodernos, pero no lo escribo porque suena mal), y lo hacen para desencauzarnos las neuronas y convertirnos en animales desvalidos fuera de contexto, de esa manera regresamos como huevos en busca de clueca. Eso es: a cualquiera lo echan del contexto y es cosa mala, pero en el caso de un periodista, la falta de contexto viene a ser como si a un área de urbanismo (elija ayuntamiento y rellene la línea de puntos .....) le quitas la posibilidad de recalificar terrenos. Más de un concejal o consejero o ministro diría: ¿Y, entonces, a qué me dedico, a cumplir las promesas electorales? Seriedad, por Dios. O como el tesorero de un partido emperrado en tener sólo la Caja A, sin habilitar una Caja B, con la riqueza de letras de un diccionario, que te lleva hasta la zeta en 29 golpes contextuales. Pues eso, un periodista fuera de contexto no es nada, no tiene credibilidad (menos aún). No es creíble ni en una cena de amigos, cuando se empecinan en preguntarte -Tú ya sabrás- lo mismo de política impositiva que del carril bici de Calcuta.

Lo he pasado muy mal. Los primeros días de vacaciones apenas me daba cuenta del abismo en el que estaba sumido, aunque mis defensas ya me habían advertido de la anómala situación al acercarme cada mañana hasta aquel quiosco del paseo marítimo, con el mono subido a la chepa, y llevarme cuatro o cinco periódicos. Algunos alejados de mi contexto, para que vean. ¿Qué haces comprando este diario?, me dije a mí mismo en repetidas ocasiones, y ahí constaté la gravedad del problema: no encontraba respuesta. Piénsenlo, si uno no puede responderse a sí mismo, ¿qué le queda? Así, un día tras otro, seguí amontonando papel impreso en cantidades industriales y yendo, en mi neurosis de lectura absurda, desde las farmacias de guardia de cualquier ciudad en la que nunca he estado -ni pienso volver-, a las declaraciones de políticos ignotos. Por matar el síndrome, se me fue formando un bolo por aquí dentro que terminó en un desasosiego brutal. Llevaba diez días de vacaciones y me había convertido en un desgraciado. No podía volver al trabajo porque hubiera sido el hazmerreír de la profesión, y además la empresa no hubiera querido saber nada de conculcar mi derecho a ociar. Únicamente me restaba acudir al médico, y allí fui. Unas radiografías demostraron que mi nudo estomacal tenía su origen en un artículo aparentemente cruzado entre el ciego y el colon, nada excepcional si tenemos en cuenta que su autor recomendaba el entendimiento entre políticos de distinto signo. ¿Políticos y entendimiento?, oxímoron. Junto a esta pieza periodística se encontraban, según pudo verse en la placa, varios pontífices de las letras en pleno contexto (el suyo), es decir, sentando cátedra sobre cuanto debe o no debe hacerse. El mal, en origen gástrico, se había desplazado al cerebro y se encontraba alojado en el hipocampo, procurándome el estrés. Comenzamos la cura aliviando el empacho con una purga, hasta conseguir echar dos suplementos de verano, la noticia de una vaca huida y tres comidas de hermandad en unos pueblos que andaban a hostias (también suena mal, pero eso es lo que había) y suspendían las hostialidades en fiestas. Aliviado, hacia el día 20 de vacaciones dejé de acusar el bolo indigesto y se me fue descargando el cerebro. Pero no era yo, no. Me faltaba el contexto. Dejó claro el diagnóstico que mi preparación para la ingesta de periódicos era perfecta, siempre y cuando estuviese yo mismo metido en el rol del papel impreso. Lo que causaba el daño era pretender mantenerme en activo fagocitando prensa fuera del contexto. De ahí la indigestión y el estrés. Me prohibieron leer, y me dolió, porque eso no lo he conseguido nunca. Gracias a Dios, las vacaciones se terminaron y pude desprenderme del malsano estrés de no trabajar. Tampoco ha sido fácil recuperar la normalidad. Los mismos compañeros, en los primeros días, parecían individuos desconocidos, y observaba en sus rostros rasgos en los que jamás había reparado. Costaba avanzar hacia atrás, ir al pasado. Poco a poco fui recuperando mi ser y ya puedo decir, pasado un mes, que estoy curado y en mi contexto. Lo sé porque he comenzado a estresarme, pero del estrés bueno, del que prodiga el trabajo diario y su asquerosa rutina. Bien, esto empieza a ir mal.

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Comentarios
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  • me alegra mucho tu vuelta al estrés, asi me desestreso yo con tus genialidades. Eres fantástico. una fiel seguidora

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