L UNES . 14 horas. Varios agentes de la Policía Municipal de Pamplona vestidos de paisano vigilan un portal en el barrio pamplonés de la Rochapea. Una mujer de facciones marcadas sale del portal del edificio donde la policía está a punto de entrar. Camina rápido. En la parada de autobús más cercana de la avenida Marcelo Celayeta le espera un hombre. Atraviesan juntos la calle. Doblan una esquina. Desaparecen. Apenas circulan coches a esta hora.
Un hombre y una mujer, agentes de paisano, les descubren. Son yonkis. Les dejan marchar para no crear alarma. Unos minutos después, surge del mismo portal una señora. Uno de los agentes saca de la riñonera una foto. Comprueba que es ella: la intermediaria que acostumbra a portar la droga al piso. Los dos policías se dan la mano, simulan ser pareja. Atraviesan la avenida hacia el edificio y dejan entreabierta la puerta. Son las 14.30 horas. Una furgoneta blanca se detiene frente al portal. No sale nadie. De repente, ocho hombres encapuchados saltan de la parte trasera. Forman parte de la Brigada de Investigación de la Policía Municipal, los conocidos como "estupas". El subinspector y el secretario judicial encabezan la redada. Irrumpen escaleras arriba. En silencio. Cargan con mazas y arietes de hierro reforzados con puntas de acero. Pesan 50 kilos. Ya en la segunda planta toman posiciones. Al otro lado de las puertas se adivina el jugueteo de unos niños. La policía lo sabe. Todos los detalles han sido minuciosamente planeados. Tienen experiencia. De hecho, el subinspector atesora 17 años.
Al llegar al rellano, examinan el marco y la cerradura. Los agentes elevan los codos. En el momento en el que los arietes impactan con puntería contra la madera, anuncian a los inquilinos de su presencia: "¡Policía!". Así deben actuar por Ley. El grito se precipita escaleras abajo. Se oye desde fuera. El interior de las casas queda al descubierto. En el 2º izda residen de manera ilegal desde hace unos años. Uno de los agentes explica que no se les desahucia porque se les echarían encima las asociaciones de protección al menor. En el 2º dcha, tres mujeres, dos de ellas hermanas, y cinco pequeños, revolotean alrededor de una mesa circular. A uno de los niños se le cae al suelo una muñeca de trapo de los brazos al advertir a los agentes. La histeria se adueña del comedor. Los pequeños lloran. Sus madres gritan. Exigen la orden del juez de registro. Se encaran a la Brigada. Es la tercera vez en apenas unos meses que la policía foral y municipal inspeccionan sus casas por un delito de salud pública. En los otros dos registros les encontraron droga. Las dos familias, son parientes. Conocen muy bien el protocolo. Saben cómo actuar en estos casos. Intentarán buscar un descuido de la policía para deshacerse de la droga, si la llevan encima. Entre los dos pisos encuentran 15 móviles último modelo, un televisor de plasma, juguetes de última tecnología, bicicletas nuevas y una pistola de aire comprimido. Las habitaciones son montañas de ropa. Una de las agentes cachea a las tres mujeres. La droga la guardan en el sujetador y en los bolsos. En total: 200 dosis, entre cocaína y heroína. La única persona que queda libre es un hombre de unos 40 años, el que vive ilegal en el 2ºizda. A las 16.30 los agentes salen del edificio con lo aprehendido y las tres mujeres esposadas. Los familiares se concentran en el exterior. Golpean a uno de los policías.
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