El hombre -asegura un estudio- piensa en el sexo cada siete segundos. ¡Qué barbaridad!, no se lo cree nadie. Como miembro del colectivo, no lo admito. ¿Siete segundos? Imposible, ¿en qué pierde los otros seis?
B ASTARÍA lo anterior como demostración intelectual de la relación existente entre la cabeza y el sexo, pero no sería suficiente, se quedaría en un análisis pobre, de escaso recorrido y, aunque real, huérfano de los sesudos -y sexudos- estudios elaborados por los especialistas de la vieja cuestión.
Al tajo: el impulso sexual se genera en el hipotálamo, que no es un mitológico monstruo de lujuria ni un club de carretera, sino una glándula, y de allí se reparte a zonas del sistema límbico y de la corteza cerebral. El sistema límbico está formado por varias estructuras cerebrales, las cuales gestionan respuestas fisiológicas ante los estímulos, es decir, que si tu sistema límbico se pone en huelga de celo -nada que ver con los celos de Otelo- es que te encuentras en pleno gatillazo. A partir de ahora, si tal ocurriera, no te deben llevar los demonios, bastará con que, delante de ella, exclames convencido: ¡Mecachis en el sistema límbico, ya me la ha vuelto a jugar!, y ella lo va a entender. Fijo. Otra cosa será que, a partir de ese día, ella busque sistemas límbicos menos alicaídos. Normal, ¿pero qué quieres?, lo que no funciona va para los traperos de Emaús.
La corteza cerebral es responsable de la cognición, pero no hay que asustarse, la cognición (conocimiento) no es nada vergonzoso, en principio, sino que comprende la percepción, la memoria, el pensamiento, el lenguaje... ¿Y qué tiene que ver todo esto con el sexo?, se preguntarán algunos. Pues, hombre, todo. Repasen: sin conocimiento previo, ¿qué sexo puede haber, si hasta con conocimiento incluido la cosa se suele poner peliaguda? Avancemos, pero antes tengamos un recuerdo para las víctimas inmoladas en aras de la ciencia: ni idea se hacen de cuántos monos han sido mutilados del área preóptica del hipotálamo y han perdido su interés por las hembras (no le dé vueltas, si usted es varón y no muestra interés por las hembras, lo suyo es otra cosa). Bueno, como decía, un respeto por los macacos caídos en acto de servicio, que no es precisamente el acto recordado por la mayoría cuando se alude al incansable mono Charly de la Taconera
De las diferencias en las áreas cerebrales relacionadas con el sexo, tanto en hombre como en mujeres, nacen las tendencias hetero, homo y bisexuales. Como es sabido, los heterosexuales buscan la parte contraria, el encuentro dispar, la variedad; los homosexuales son más bocadillo de pan y miga; y los bisexuales no reparan en gastos y lo mismo les da enero que febrero. Conviene aclarar el concepto a mucha peña equivocada, que se identifica como bisexual porque lo hace dos veces al año, y eso no es ser bisexual, al loro, sino idiota perdido, apático, abúlico e inapetente. Más que nada, por dejarlo claro. En esa demostración científica de que el sexo depende de la cabeza, no pocos estudiosos sostienen que, en las mujeres, coinciden sexo y hambre en el mismo núcleo del hipotálamo, de donde se deduce que, antes de dar un paso en falso, es mejor invitarlas a cenar (los investigadores no han escrito nada sobre quién debe pagar la cuenta, pero tampoco hace falta ¿no?, basta dejarse llevar para saber que el pagano eres tú). Son dos las razones para ingerir antes de sugerir devaneos: si ella te dice que sí, estás inmerso en plena lógica de la ciencia, vas camino de ratificar la teoría hipotalámica, y vas camino de lo otro, lo que tampoco está nada mal. Y si, a pesar de la sesión nutritiva, marisco incluido, ella te dice que no, pues mira: la cena no te la quita nadie. Y, otra cosa, sabes perfectamente que nunca acabaste de renunciar a las enseñanzas del hebreo Onan, así que, aire. Ya llegarán hipotalámicas mejor dispuestas. Es bueno recuperar la autoestima mientras vuelves a casa -menuda borde era..., ella se lo pierde..., etcétera, etcetera-, no importa que te vean hablando solo por la calle. Y no consideres un rechazo la negativa de unas actitudes cerebrales que no saben apreciar a tipos estupendos como tú. Claro, siempre surgen aguafiestas que se ciscan en las razones científicas y las trocan por vulgaridades físicas, sin asumir la relación del cerebro y el sexo, como si la computadora fuera sólo cosa de software y hardware. Piensa un poco: antes de la informática ya funcionaba el PC instalado sobre los hombros.
Y así estaba yo, tan contento con este estudio de mi cosecha, hilvanado con retazos de aquí y de allá, cuando una encuesta -siempre las encuestas- me lo ha tirado por tierra y me ha demostrado que para concluir en que el sexo depende de la cabeza no hacían falta estas alforjas científicas, sino que existen argumentos mucho más sólidos.
Efectivamente, el sondeo confirma la relación entre seso y sexo: Dos de cada cuatro mujeres alegan dolor de cabeza para negarse a hacerlo. ¿Ven qué facil era demostrar que el sexo depende de la cabeza? Básicamente, de la cabeza de ellas.
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