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MILLÁS Y EL MUNDO JUAN JOSÉ MILLÁS

La mujer del autobús

Actualizada Lunes, 11 de mayo de 2009 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

S OÑÉ que tenía un moscardón amaestrado con el que sacaba dinero de los cajeros automáticos. Me ponía delante del aparato, y soltaba al animal, que se introducía por la ranura de los billetes apareciendo al poco arrastrando uno de cincuenta euros. El sueño resultaba muy turbador porque no sabía quién había amaestrado al moscardón ni por qué me pertenecía. Al llegar a casa con el dinero obtenido de este modo, premiaba al insecto con una porción de carne picada, pues era carnívoro.

Lo que más me molestaba en el sueño era no poder comunicarme con él como con un cómplice. Trabajaba para mí, pero pertenecíamos a dimensiones distintas. Entre tanto, la casa se iba llenando de billetes de 50 euros que dejaba en cualquier parte, pues empezaban a sobrarme.

Un día se me ocurrió coger la lupa y mirar al moscardón cara a cara, para ver si de su expresión se deducía algo. Entonces comprobé con asombro que su rostro era humano, como en una película de terror que vi cuando era niño. Tenía dos ojos y una nariz y un a boca perfectamente conformados, aunque carecía de orejas. La cara era idéntica a la de una mujer con la que coincido por la mañana, en el autobús, cuando me dirijo a la oficina. Se trata de una mujer que me gusta mucho y a la que observo con disimulo durante todo el trayecto, aunque jamás me he atrevido a dirigirle la palabra. El hecho de que la mujer tuviera en el sueño cuerpo de moscardón me turbó, y creo que me desperté por eso, por la turbación misma. Abrí los ojos, en fin, miré el reloj de la mesilla y vi que eran las cuatro de la mañana. La boca me sabía mal, a ala de moscardón, de modo que me cepillé los dientes y se me quitó el sueño, por lo que encendí el ordenador para dejar constancia de lo que acababa de soñar. En éstas, escuché un zumbido, levanté los ojos y vi un moscardón revoloteando cerca de mí. Enseguida se posó sobre un libro de Sándor Márai. Cogí un periódico y le aticé fuerte. El cadáver quedó tendido boca arriba, sobre la portada del libro. Tomé la lupa y observé su rostro, pero no era el de la mujer del autobús. Era un rostro de moscardón normal y corriente. Volví a la cama inquieto, pensando que quizá podía haberlo amaestrado para obtener billetes de 50 euros. Esa mañana no vi a la mujer en el autobús.

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