Hace cuatro años, nada más resultar elegido presidente de UPN con el apoyo de casi el 85% del partido, Miguel Sanz anunció a sus afiliados que aquella era la última vez que podrían designarle para dirigir el partido. UPN aborda hoy su relevo.
DESPUÉS de doce años de viaje, el conductor suelta hoy las riendas y se baja del pescante. UPN, el partido político con más representación en Navarra y que ocupa el Gobierno foral desde 1996, se enfrenta ahora al cambio del liderazgo que ha ejercido Miguel Sanz desde 1997. Y eso produce vértigo. Aunque nadie en UPN lo confiese.
El VIII congreso que hoy celebra UPN marca el fin de la era Sanz y el comienzo del liderazgo de su delfín, Yolanda Barcina, alcaldesa de Pamplona. La asamblea que los regionalistas tienen prevista en el Palacio de Congresos y Auditorio Baluarte supondrá un antes y el después. Pero Miguel Sanz, que ya anunció hace cuatro años su retirada, lleva mucho tiempo trabajando su despedida para evitar la precipitación del último momento.
Hoy, a las 10 de la mañana, los afiliados de UPN están llamados a elegir la nueva dirección del partido, encabezado por Yolanda Barcina en la presidencia; Alberto Catalán como vicepresidente; y Carlos García Adanero, secretario general. Del congreso saldrán los 17 vocales del comité ejecutivo y 75 del consejo político, además de los integrantes de los comités de Garantías y de Cuentas.
La apuesta de Sanz
La candidatura de Yolanda Barcina a la presidencia del partido ha sido una firme apuesta personal de Miguel Sanz, al igual que lo ha sido el padrinazgo con el que ha impulsado la carrera política de la actual alcaldesa de Pamplona desde sus comienzos. Sanz empujó a Barcina a la arena política y la ha impulsado hacia lo más alto. Sanz manifestó públicamente desde el principio su preferencia por Barcina como sucesora frente a toda una quiniela de nombres de posibles candidatos. La alcaldesa, sin confirmar ni desmentir, se dejaba querer. Cuando el año pasado se abrió la crisis entre UPN y PP a cuenta del anuncio de Miguel Sanz de abstenerse en la votación de los presupuestos generales del Estado en lugar de votar en contra, como tenía previsto hacer el PP, Sanz y Barcina jugaron públicamente al poli malo y poli bueno, con un reparto de papeles en el que Barcina aparecía como el último puente tendido para salvar las relaciones entre ambos partidos, mientras que Sanz mostraba su faceta más dura con los populares.
El presidente regionalista se fue de viaje en medio de la tormenta con el PP y delegó en Barcina la gestión de la crisis, en un gesto que ponía en evidencia su confianza en la alcaldesa de Pamplona para dirigir el rumbo del partido.
La corriente Catalán
La ruptura final del pacto con el PP aceleró los movimientos internos que se producían con la vista puesta en el congreso. El sector del partido que no terminaba de ver con buenos ojos la posible presidencia de Barcina en UPN intensificó su actividad para conseguir que el secretario general de los regionalistas, Alberto Catalán, diese el paso y optase a la presidencia. También Catalán se dejaba querer sin pronunciarse públicamente. Un críptico "me lo estoy pensando" fue lo único que los medios consiguieron arrancarle.
Así que Barcina movió ficha y, recién disueltas las relaciones con el PP, anunció en este periódico que presentaría su candidatura a presidir UPN. Aprovechó además para lanzar un órdago a Catalán y advirtió que no estaba dispuesta a encabezar el cartel electoral regionalista si no presidía también el partido. O todo, o nada. Pero el secretario general no se dio por aludido.
El presidente Sanz intervino en varias ocasiones para reclamar "unidad" en torno a un "líder fuerte, con el mayor respaldo político, interno y social". "Lo que tenga que decir Catalán, lo tiene que decir ya para no generar malestar e incertidumbre en UPN", llegó a exigir públicamente.
Sin ninguna prisa, Catalán terminó comunicando a Barcina que no iba a ser su rival en la carrera presidencial. A cambio de dejarle libre el camino hasta lo más alto del partido, Catalán reclamó para sí la posibilidad de ser elegido vicepresidente de UPN directamente por los afiliados, aunque para ello había que modificar los estatutos, ya que en el anterior congreso se decidió que el vicepresidente sería nombrado por el presidente. Barcina y Catalán llegaron a un acuerdo y hablaron del tándemque iba a hacer posible que UPN siguiera siendo el partido de referencia para la mayoría de los navarros.
Aunque ambos lo niegan, existe entre los dos una batalla no librada por comprobar quién consigue más respaldo entre los afiliados para el respectivo puesto al que optan.
Resueltas las candidaturas a la presidencia y vicepresidencia del partido, Barcina y Catalán negociaron el nombre del candidato a la secretaría general, puesto para el que Catalán rechazó el ofrecimiento de la alcaldesa de volver a presentarse.
La chistera de Sanz
Barcina propuso a Catalán una terna de nombres para sustituirle en la secretaría general del partido, todos ellos procedentes del ámbito municipal y colaboradores muy cercanos de la alcaldesa en el consistorio pamplonés: José Iribas, Juan Luis Sánchez de Muniáin y José María Jiménez Bolea.
Ninguno de los tres fue del agrado de Catalán. Su contraoferta tuvo el mismo carácter que el de la alcaldesa, y puso sobre la mesa el nombre de su máximo colaborador, el secretario de organización del partido, Eradio Ezpeleta. Por las mismas razones que Catalán, Barcina dijo no a la candidatura de Ezpeleta. Las conversaciones llegaron así a un punto muerto en el que Catalán sugirió a la alcaldesa que, para encontrar un candidato de consenso, era necesario buscar entre los nombres con suficiente peso y trayectoria en el partido como para ocupar un puesto tan importante para la vida interna de la formación política.
Una vez más, terció Miguel Sanz, se quitó la chistera y sacó de ella el nombre de Carlos García Adanero, un candidato que tanto a Barcina como a Catalán les pareció idóneo. Fue el propio presidente quien se lo pidió a García Adanero, que aceptó al tomárselo como un asunto de fuerza mayor.
Cuando el tema parecía ya resuelto, el carácter asambleario del partido amenazaba con dar al traste con los planes de sus dirigentes. Eradio Ezpeleta, después de ver frustrada su aspiración de que Catalán se presentase a presidir el partido, estuvo varias semanas deshojando la margarita sobre si disputar o no a García Adanero la secretaría general de UPN. Finalmente, cuando decidió no presentar batalla, hubo una sensación generalizada de alivio. Ya podía darse el siguiente paso: configurar la lista oficial para integrar la ejecutiva que se sentará junto a Yolanda Barcina a dirigir el rumbo de UPN.
Las negociaciones entre Barcina y Catalán se sucedieron y se fueron depurando las listas de nombres. Tradicionalmente, y aunque UPN mantiene para la elección de sus órganos de dirección un sistema de listas abiertas que permite a los afiliados elegir de entre todos los candidatos que se hayan presentado, antes de cada congreso se conoce la lista oficial, es decir, el conjunto de nombres que cuentan con el apoyo de los líderes del partido para formar parte de la ejecutiva.
En esta ocasión, sin embargo, no esa lista no se ha cerrado. No del todo. Y es que poder presumir de que se milita en el único partido realmente asambleario de Navarra, como ha hecho en reiteradas ocasiones Catalán ("un afiliado, un voto"), tiene también ciertos inconvenientes. Porque, al margen de lo que Barcina y Catalán negociaban, varios afiliados de solera decidieron, por su cuenta y riesgo, presentar sus candidaturas para la ejecutiva regionalista.
Así que el pasado día 3, Barcina y Catalán se encontraron sobre la mesa con una lista de más de 30 nombres para ocupar 17 puestos. Al menos la mitad de esa treintena de candidatos contaba con el visto bueno de Barcina y Catalán para integrar la tradicional lista oficial (Amelia Salanueva, Javier Caballero, Maribel García Malo y Begoña Sanzberro, miembros del Gobierno, Sánchez de Muniáin, Iribas y Ana Elizalde, colaboradores de Barcina en el Ayuntamiento), Ezpeleta y Luis Casado, impulsores de la fallida candidatura de Catalán a la presidencia, entre otros). Sobraban candidatos y faltaban puestos para cubrir. Pero ni Barcina ni Catalán quisieron poner el cascabel al gato. Un afiliado, un voto.
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Miguel Sanz.
Afiliados votando en el último congreso de UPN, en marzo de 2005. JORGE NAGORE
Yolanda Barcina.
Alberto Catalán.
Carlos García Adanero.
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