Terminada la temporada y cumplido el objetivo (la permanencia), curiosamente la pregunta escuchada en cualquier ámbito rojillo es la misma: la continuidad de Cuco Ziganda, algo que también él se plantea, y ni él mismo tiene claro. Tampoco en el club hay unanimidad. Lógico. Si hay es difícil que la haya en cualquier caso, mucho más después de un final de temporada como en el vivido, un final que ha acabado cuestionando hasta los resultados anteriores.
Sin embargo, las decisiones hay que tomarlas en frío. Con el partido de Santander caliente, y escociendo todavía las cuatro derrotas consecutivas en casa, no se dan las circunstancias más adecuadas para tomar la mejor decisión por parte de nadie, empezando por el mismo técnico, sin duda quien sensaciones más agridulces estará viviendo.
Dos años tan intensos como lo que José Ángel Ziganda ha vivido al frente de Osasuna gastan lo suyo. El primero por las emociones favorables, la cantidad de partidos disputados, la novedad en el cargo. La segunda temporada, por los sinsabores. Las dificultades han sido muchas, y más aún los sufrimientos. Vivir todo esto en tu casa, somatizando los sentimientos del vecino de toda la vida o del amigo del amigo, es muy duro.
El final feliz lo cura todo de momento, pero sería absurdo negar que las heridas, que son muchas, siguen abiertas. No es una decisión fácil, ni para el Cuco ni para el club, pero tomen la que sea lo harán pensando en el bien de Osasuna.
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