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Legasa, una escuela en la puerta de casa

Una única aula, donde se reparte una zona de juegos, otra de informática y los pupitres, esperaba ayer a los siete alumnos del colegio público de Legasa, una localidad de 250 vecinos

Actualizada Martes, 7 de septiembre de 2010 - 04:00 h.
  • B. ARMENDÁRIZ . LEGASA

AUNQUE no es la más pequeña, la escuela pública de Legasa se cuenta entre los ocho centros navarros con menos de diez alumnos. La de Legasa es lo que algunos llaman una escuela unitaria, heterogénea o incompleta. En una misma clase conviven y estudian niños de Educación Infantil y Primaria de todas las edades, hasta los 12 años.

Pero en esta localidad de la montaña, a apenas dos kilómetros de Santesteban, sus siete alumnos son todos de Infantil y la diferencia de edad es más reducida, ya que tienen entre 3 y 6 años. Eso, sin duda, facilita la labor de su profesor, el pamplonés Carlos Braco Moler, que imparte todas las materias salvo Inglés, Educación Física, Música y Religión. "Vas aprendiendo con la práctica", confiesa, minutos antes de las nueve de la mañana, cuando comienzan las clases. Y práctica tiene. Lleva ya 25 años como maestro de esta localidad de unos 250 habitantes.

"Al estar todos en una única clase, los pequeños aprenden de los mayores, sobre todo, en lo que se refiere a hábitos de estudio, a saber comportarse en clase... y también las explicaciones a los pequeños les sirven de repaso a los grandes. En este tipo de centros todo se ve y todo se oye", explica. Aunque cada curso tiene su propio temario, al convivir en una misma aula, hay cosas que comparten. "Las clases de plástica, por ejemplo, solemos hacerlas conjuntas. Cada uno realiza ejercicios acordes a su edad pero sobre un mismo material. Cuando toca dibujo, todos dibujan; si trabajamos la arcilla, lo hacemos todos, aunque unos hagan trabajos más elaborados que otros".

En sus 25 años al frente de una escuela unitaria, ha vivido aulas repletas y otras casi vacías. "Teniendo pocos alumnos no es difícil impartir clase. Con más, sí es complicado. He llegado a tener 23 alumnos de cuatro cursos distintos... Ahora es más llevadero".

Braco, que durante el curso reside en Legasa, en lo que era la casa del maestro, justo encima de la escuela, no es el único profesor que tienen los alumnos. "Aunque estén en un centro pequeño, estos estudiantes tienen los mismos derechos que el resto; y dan las mismas horas de todas las materias". Aitziber Mujika Bikuña es su profesora de Inglés. Les imparte clase cuatro días a la semana y también acude a otra escuela incompleta, en Narbarte. Los miércoles, por ejemplo, es un día especial. Los nueve alumnos de Beintza-Labaien, los 4 de Eratsun y los 6 de Saldías acuden a Legasa para recibir, todos juntos, clase de Educación Física y Música; aunque como son ya 26 alumnos se organizan dos grupos, uno de Infantil y otro de Primaria. "Estas materias es más sencillo impartirlas con más alumnos y, además, sirve de intercomunicación entre las escuelas y socialización de los niños de los distintos pueblos", aclara Carlos Braco.

Voluntad de seguir

La escuela de Legasa, como la de tantos otros pueblos, ha tenido sus más y sus menos. Se abrió en 1984 "por iniciativa de los padres", recuerda Braco, después de las concentraciones de colegios comarcales, más grandes. "Hace un par de años nos quedamos con cuatro alumnos pero el Gobierno mantuvo la escuela porque había previsión de que llegaran más niños. Cuando hay voluntad del Ayuntamiento, de los padres y la escuela quiere seguir, se mantiene", resalta el profesor.

Para los vecinos, es todo un lujo poder contar con un colegio en la puerta de casa. "Es una ventaja tener la escuela en el pueblo", afirma Aintzane Martirena Hernandorena, madre de Iraitz Zelaieta, el más pequeño de clase, con apenas dos años y medio. "Cuando yo empecé la escuela todavía no teníamos la del pueblo y tuve que ir a Santesteban", explica al llevar a su hijo al centro. "Es el primer año... Ya veremos qué tal lo lleva pero como aquí se conocen todos no creo que haya problema".

En pocos lugares juegan con esa ventaja. Los mismos niños que juegan en el frontón, van a clase. "Aquí no hace falta periodo de adaptación", resalta Braco. "Los que no son parientes o hermanos, son vecinos y amigos. Lo más difícil es madrugar y estar unas horas trabajando, pero eso nos cuesta a todos". María José Pizarro Martín no lo dudó. "No nos planteamos ir a ningún otro lado. Para los niños es mejor estar en su entorno. Además no se echa nada en falta", asegura mientras lleva a su hija Lorea Aznar, de cuatro años y medio, al colegio.

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