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El castellano pierde a Miguel Delibes, el gran maestro de la lengua

Sus obras, que abordan temas como la soledad, la naturaleza o la infancia, han sido traducidas a una treintena de idiomas

Actualizada Sábado, 13 de marzo de 2010 - 02:49 h.
  • MIGUEL LORENCI . COLPISA. VALLADOLID

Duelo profundo y unánime en el planeta de las letras hispanas por la muerte de Miguel Delibes. El castellano pierde con él a su gran maestro y su mejor valedor, el escritor más capaz y brillante en la milenaria lengua de Cervantes durante el último medio siglo.

Delibes, que murió en torno a las siete de la mañana de ayer en su domicilio, rodeado de su familia, deja un legado impagable como fabulador, cronista, rescatador y notario magistral de una lengua que conoció y utilizó como nadie, que enseñó a amar e hizo disfrutar a millones de lectores de varias generaciones. Sentido y hondo dolor en el adiós a un maestro de la palabra escrita que escaló con modestia y autoridad a la cumbre de la literatura como el más respetado creador de una generación muy brillante, la de los Ferlosio, Laforet, Cela, Aldecoa, Martín Santos, Caballero Bonald, Matute o Martín Gaite y la de Francisco Umbral, a quien mostró el camino de la prosa limpia.

Nacido en Valladolid el 17 de octubre de 1920, Miguel Delibes Setién se licenció en Derecho y compartió el periodismo con la docencia como profesor de Derecho Mercantil, tras haber trabajado como caricaturista y empleado de banca. Irrumpió en el planeta de las letras, que ahora se duele por su muerte, con una novela de palabra clara y contundente que revolucionó el gris panorama de una aletargada literatura ibérica: La sombra del ciprés es alargada, un relato sobre la pérdida de la felicidad que en 1947 le proporcionó, con sólo 26 años, el joven y pronto prestigioso premio Nadal. Sus narraciones reflejaron, desde entonces, la idiosincrasia, la cruda realidad y los anhelos de la España de la segunda mitad del siglo XX.

Una carrera en ascenso

Fue el principio de una carrera siempre en ascenso en la que Delibes fue probando todos los registros, compatibilizando la urgencia del periodismo y la opinión con la paciencia del narrador de fondo y gran altura. En 1958 era nombrado director del diario El Norte de Castilla, puesto en el que se mantuvo hasta 1963. Cada nueva entrega como escritor era un poderoso y magistral aldabonazo que marcaba un hito, agrandaba su figura de narrador y le aupaba en el escalafón literario con títulos tan memorables como esenciales: Cinco horas con Mario, La hoja roja, El camino, Las ratas, Los santos inocentes o El hereje, además de novelas de tono más desenfadado como Mi idolatrado hijo Sisí, El príncipe destronado, Las guerras de nuestros antepasados o El disputado voto del señor Cayo.

Unas obras traducidas a más de una treintena de lenguas, incluidas el sueco, el checo, el japonés y el hebreo. La muerte, la naturaleza -como avanzado del ecologismo que fue-, la caza, la infancia, la soledad y la condena de la violencia son sus temas recurrentes. La sencillez es su marca narrativa, con un ágil dominio del castellano y de sus voces rurales. Sus pasiones fueron los siete hijos nacidos de su matrimonio con Ángeles de Castro, la caza y la encendida defensa de la naturaleza, junto a los largos paseos de "cazapalabras" por el campo con sus perros.

La Real Academia Española reconocía su magisterio al acogerle en 1973 como titular del sillón "e". Todos los grandes galardones de su oficio irían cayendo como fruta madura, hasta coronar su apabullante palmarés con la guinda del Premio Cervantes en 1993, que suscitó una unanimidad que no es moneda común en el mundo de las letras. Delibes lo recibió como la entrada a una «gloriosa jubilación» que, por fortuna, no fue real. Ningún colega de letras había suscitado tamaño consenso. «Le aceptan y reconocen hasta quienes no le leen», reconoció un crítico en los homenajes que se le rindieron cuando recibió, con 73 años, el premio mayor de nuestras letras.

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