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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

Presentación eufórica

Actualizada Viernes, 25 de septiembre de 2009 - 04:00 h.

O ROZCO-Estrada,colombiano de 31 años, iniciaba con este concierto -tras la presentación hace meses- su relación artística con la OSE. Y para abrir su trienio contractual ponía en atriles un programa intencionado: las primeras sinfonías de Beethoven y de Mahler, "arranque de sendas aventuras destinadas a romper moldes", decía el programa de mano.

Dos obras muy diferentes, separadas por casi un siglo y lógicamente por ideas musicales bien distintas, pero no sé si ambas terminaron por romper moldes: Beethoven, sí, desde luego; Mahler, aquí tardíamente imprescindible -aunque Federico Sopeña escribiera sobre el austrobohemio mucho antes de que Alfonso Guerra se arrogara en años de gracia un papel que sólo los ignaros le reconocieron-, no tanto, si nos atenemos al reciente y celebrado libro The Rest Is Noise: Listening to the Twentieth Century,(2007), de Alex Ross, critico musical en el The New Yorker desde hace trece años, volumen que Seix Barral anuncia en castellano, "El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música". La música -"culta", dicen, o "clásica": disparate mayúsculo: no es en absoluto clásica y en cuanto al primer adjetivo, nadie habla de arquitectura o pintura culta- del siglo pasado es un laberinto, desde la Viena previa a la Primera Guerra Mundial y el París de la segunda década a la Alemania hitleriana, la URSS stalinista y la Nueva York de los 60, laberinto impresionante, en el que encontramos hombres y obras decisivos, reacios a la vez al culto incondicional al período clásico y a la indiferencia del gran público -incluido el presuntamente culto y aun melómano-. Pero, guste o no, habremos de reconocer que en la música no ha sucedido como en las artes plásticas o en la literatura. La música del siglo XX no se ha integrado en el acervo cultural y una persona que llamaría a boca llena inculto a quien abominara de Picasso o Miró o no supiera ni palabra de Th. Mann, R.Musil, H. Broch,Proust o Mondrian, puede pavonearse de ignorar a toda la Escuela de Viena, toda la música contemporánea soviética, alemana, francesa y de cualquier país, no saber ni dónde paran Darmstadt y Donaueschingen, sin que tal ignorancia supina le impida pontificar lo que es o no es música. En esa evolución, Mahler no ha tenido ni de lejos el peso de Beethoven durante decenios, si es que esa influencia ha cesado, que no. Menos aún, en las salas de conciertos.

La sinfonía inicial de Beethoven despide el siglo XVIII, como precisa certeramente François-René Tranchefort, y no por la fecha de composición, 1800, sino porque rinde tributo reconocido a los Haydn y Mozart finales, y a la vez asoma la personalidad del joven. La sinfonía fue recibida con aplauso y crítica inclemente: "Más ejercicio de armonía que sinfonía", "explosión desordenada de insultante descaro de un joven".(El estreno muniqués de la "Tristán", dirigido por Mahler, tampoco fue halagüeño.) Acaso la mejor prueba de que esta sinfonía ya no transpira siglo ilustrado es el nulo o escaso éxito de las versiones a cargo de orquestas "barrocas" -salvo la añosa de Frans Brüggen con su Orquesta del siglo XVIII-. Orozco-Estrada la hizo neta y admirable de líneas y equilibradísima de bloques, camerística a ratos. En Mahler, el director aplicó energía y precisión y brindó una "Titán" muy bien estructurada, coherente e implacable de ritmo,transparente, sin caer en acentos o timbres feroces, a los que se presta no poco.

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Andrés Orozco-Estrada, anteayer en su primer concierto pamplonés como codirector de la OSE. JESÚS GARZARON


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