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JUAN MANUEL ERREA

Los misterios de la marea

Actualizada Martes, 18 de agosto de 2009 - 04:00 h.

Q UIÉN no ha jugado en la niñez a construir un barco en la arena para capear desesperadamente el temporal feroz de la marea creciente sobre la playa? Aquel juego de niños que años más tarde compartiríamos con nuestros hijos, esconde algunos misterios que la mayoría de los adultos ignoran pero es un capítulo de obligado conocimiento para los que pretenden aventurarse en la mar con barcos, ya no de arena húmeda sino reales.

La marea es un fenómeno tremendamente curioso que tardó en ser desvelado científicamente y que imprime un carácter especial a las costas de los mares oceánicos, es decir, de aquellos que tienen grandes magnitudes y dan juego a este movimiento ondulatorio de naturaleza compleja.

En realidad, Isaac Newton propuso por primera vez que la gravitación general era la causa de las mareas en 1687 y posteriormente, en 1734, el matemático holandés Daniel Bernouilli en su Hydrodynamica explicó la mecánica de los fluidos, mientras que otros científicos como Laplace, Kelvin y Darwin aportaron con posterioridad los medios para el cálculo de las alturas de la marea que finalmente se publican en los llamados "anuarios de mareas".

La causa de la marea es esencialmente la atracción gravitatoria de la luna y del sol, en la proporción de dos tercios para nuestro satélite y un tercio para el astro rey. Con mayor precisión, habría que decir que se produce por la diferencia de la fuerza con la que la gravedad del sol y de la luna atraen las masas de agua de los océanos en partes opuestas del planeta, y también por la intervención de la fuerza centrífuga producida respectivamente por el giro de la tierra en torno al sol y por el del sistema tierra-luna.

Para nosotros, habitantes de una región próxima al Atlántico, la marea es tremendamente evocadora de recuerdos gracias a los característicos paisajes y a los olores salobres que propicia. Sin embargo, sería bueno que supiéramos que "nuestras mareas", es decir, las que tienen lugar en la frontera franco-española, son las de mayor "amplitud" de las costas peninsulares, alcanzando en condiciones extraordinarias más de cuatro metros y medio.

Este parámetro importante de la marea, la amplitud, es la diferencia de altura entre dos mareas consecutivas y oscila dependiendo de la posición relativa de la luna respecto al sol y la tierra, dándose dos mareas vivas a lo largo del "mes lunar", en la conjunción y en la oposición, y dos mareas muertas que se producen en las cuadraturas. También habría que mencionar que las mareas vivas equinocciales de primavera y de otoño, son normalmente las de mayor amplitud debido a la mayor proximidad del sol y la tierra en su órbita anual.

Pero, ¿cuánto tarda en subir o bajar la marea?, se pregunta nuestro constructor de barcos en la arena. Las mareas de nuestras costas son del tipo predominante sobre nuestro planeta, es decir, de las llamadas mareas semidiurnas, y tienen una duración media de 6 horas y 12 minutos entre el repunte de la bajamar y el de la pleamar consecutiva, o viceversa. Entre estos extremos las mayores corrientes entrantes o vaciantes, se producen en las dos horas centrales del flujo o reflujo ya que en ese intervalo la marea modifica su nivel en el rango de la mitad de su amplitud. Ni que decir tiene que para la navegación, la marea tiene que estar bien determinada antes de cada salida al mar mediante la consulta de los llamados "anuarios de mareas" que calcula y edita el Instituto Hidrográfico de la Marina.

Gracias a estos datos, podemos saber qué momentos son propicios para navegar en aguas someras o si la creciente o la vaciante nos favorecerá con sus corrientes en los canales o vías de navegación afectadas por la corriente de marea.

El desconocimiento de la marea y de la conveniente lectura de los derroteros o libros de instrucciones náuticas para la navegación puede producir situaciones de riesgo en la entrada o salida de muchos puertos del litoral atlántico en los que el paso o la aproximación solamente será posible o aconsejable en determinados intervalos de tiempo, especialmente en las dos horas anteriores a la pleamar, cuando la corriente entrante acompaña al mar de fondo y tal vez al oleaje del viento en el aterrizaje de nuestro fin de viaje.

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