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El oficio de escribir

La trayectoria de Pablo Antoñana como articulista está ligada a Diario de Navarra. De 1962 a 1977 publicó en el periódico alrededor de seiscientos colaboraciones y entre 1998 y 2003 fue un columnista semanal. Éste es uno de sus artículos, íntegro.

Actualizada Domingo, 16 de agosto de 2009 - 04:00 h.
  • PABLO ANTOÑANA.

N UNCA he creído que escribir fuera oficio. Tampoco me lo parecía que lo fuese el pintar puertas, poner herraduras a los caballos, trabajar el hierro en las fraguas. Son cosas que siempre me han gustado, y las cosas que gustan no son trabajo. Un día encontré, entre mis libros olvidados, uno curioso con su título igualmente curioso: Secretos raros de artes y oficios. Tercera edición. Madrid. Imprenta de Villalpando. 1808.

En él hay recetas de nigromante que a cualquier curandero de nuestro tiempo le haría feliz: "Para teñir la madera del color que se quiera". "Para teñir la paja de azul". "Modo de escribir lo que se llama letra doble, de manera que sólo dos personas con el secreto lo puedan leer". Cualquier curandero que se estime, adivinos del porvenir y del pasado, buscadores de los destinos humanos, preguntarán por libros como éste en las sombras de las librerías perdidas, en las calles sin nombre de las ciudades. Libros que han pasado por científicos, y como tal se vendieron.

En aquellos años posiblemente existían los trasgos y las brujas, porque yo he llegado a conocer alguna. He oído historias de muertos, que sacaban las manos de ataúd, porque los habían enterrado vivos; prodigiosos ermitaños, santos varones que tienen el poder en sus manos. Con solo dejarlas caer sobre el enfermo o el alucinado, desaparecía la enfermedad o la alucinación. También existen las viejas que ven, como en una pantalla luminosa, lo que pasa en el trasmundo. Esto es de hoy, y de aquí, cualquiera lo sabe. Sé quién va y viene con su enfermedad irremediable, con sus cosas lastimeras, sus sufrimientos, sus dolores recónditos, como fríos en los huesos que no se van nunca jamás. Pero nunca había llegado a leer con estos mis ojos las recetas para hacer posible esos raros milagros de la hechicería antigua. En todo tiempo la gente ha soñado ser dueño de secretos. Hoy, por no ir más lejos, se venden libros para "hacer amigos", para "prosperar en los negocios", para "hablar bien en público", y cosas así. El hombre no quiere dar la cara y que la luz caiga sobre las cosas de plano dejándolas mondas y lirondas con sus formas escuetas, su color, delimitadas y exactas. Las cosas tienen que tener su halo, un vaho borroso que las consolide en ese mundo delicuescente y gelatinoso de las sensaciones y del sueño. Es decir, una cosa limpia de sombras, una idea abstracta, como un hierro al frío sin forja, carece de eficacia, y por tanto de valor. El mundo real, sin el reflejo en el espejo de la conciencia, se frustra totalmente. A nadie le gustan las cosas como son, sino como no son, con sarro y orín, con musgo, muy bonitas, muy coloreadas, como no existen, irreales del todo.

No es de extrañar pues, que hace ciento cincuenta años se nos haya escrito este librito con la fórmula del "Piróforo", la de "grabar más de cien cuchillos a un tiempo" y el "modo de hacer tan frágil el hierro como para poderlo moler como el vidrio". Desconozco los portentosos adelantos de la química moderna, ni si es posible por su medio grabar los cien cuchillos dichos. Esto lo hacen los charlatanes en sus tabladillos antes de vender relojes a duro y plumas estilográficas a peseta. Pero el libro habla y muy en serio de tal posibilidad, y la de hace r que "el sebo parezca cera". Todo esto, existe hoy. Y hay libros así de parecidos. ¿Qué pensarán los hombres que los lean de aquí a cien años? El oficio de escribir es algo así. Busca los secretos, las intimidades de las cosas, las envuelve en un halo falso, dentro de un globo de humo. Entonces son más hermosas, más feas y horribles, según, como un cadáver flotante, o una rosa que no es rosa ni es nada. Los libros no sirven para llegar al hueso de la realidad. Ese hueso no se encuentra nunca. Cada vez está más profundo, mucho más profundo. Es algo visto por cientos y cientos de espejos deformados y deformantes, cada espejo ve su cosas, y es la misma reflejada de cien modos diferentes. En el fondo melancólico de cada espejo, como en el fondo de un pozo ciego, están perdidos los fragmentos de una realidad siempre verdadera, siempre falsa, imposible de medir y pesar, imposible de desenterrar completamente. Para nuestra desgracia. Por eso el mundo de lo irreal y lo mágico supera con mucho a lo concreto y delimitado que ya de por sí no sabemos dónde está, ni qué es. El oficio de escribir es también algo falso. A la gente legusta lo que no es exacto, lo que no tiene límites ni bordes, las sombres y los adivinos. Libros como éste que se escribió hace ciento cincuenta años con la fórmula extravagante de hacer "tinta para escribir letras de oro sin oro". Alguno de los propietarios que tuvo el libro pasó una raya por debajo. Le había gustado aquello, y lo subrayó. El escritor ese tendría el éxito, estoy seguro. No puede extrañar a nadie. A mí tampoco.

EL OFICIO DE ESCRIBIR SE PUBLICÓ EN DIARIO DE NAVARRA EL 9 DE DICIEMBRE DE 1962

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Pablo Antoñana posaba con este enorme bolígrafo, símbolo de su oficio de escritor, en la sección Retratos Afilados de Diario de Navarra.La imagen se publicó el 14 de diciembre, veintiséis años después de que se publicase este artículo. JORGE NAGORE


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