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OBITUARIO | SANTIAGO CERVERA SOTO

MIGUEL GONZÁLEZ FONTANA

El ex concejal del Ayuntamiento de Pamplona y actual diputado relata la actividad pública de González Fontana en el consistorio

Actualizada Jueves, 13 de agosto de 2009 - 04:00 h.

L A actividad pública de Miguel González Fontana, la que le hizo una persona conocida para muchos pamploneses y navarros, no será tan recordada por lo que supuso en sí misma sino especialmente por el modo en que él la desarrolló y le dio sentido. Concejal durante cinco legislaturas, Miguel fue partícipe de la transformación de muchas cosas, entre otras la propia organización del ayuntamiento de Pamplona y su clima político.

Pero a lo largo de ese tiempo supo ser una referencia constante de humanidad y bonhomía que siempre recordaremos quienes le conocimos.

Miguel era como parecía. Persona afable, capaz de entablar una conversación cordial con cualquiera, y atento a detalles que para la mayoría pasaban desapercibidos. Llegó al Ayuntamiento en el año 1979 como miembro de la primera lista que UPN presentó en la capital, poco después de su fundación. Junto a él alcanzaron la concejalía personas muy diversas, pero que supieron entender bien lo que se esperaba de ellos en los albores de nuestra democracia municipal. Con la mayoría de ellos y de los que llegaron después -Julián Balduz, Camino Oslé, Paco Mateo, Maribel Beriain, Ginés Cervantes o Julio Oteiza- Miguel mantuvo una amistad que perduró hasta su muerte. Dentro del Consistorio, en el año 1985 le tocó encarnar un modo nuevo de entender las relaciones políticas en Navarra. UPN, que en la capital era liderado por Juan Cruz Alli, llegó a un acuerdo de gobernabilidad con el PSOE de Julián Balduz, y fruto de ello Miguel fue el primer regionalista que se sentó en la Comisión de Gobierno municipal. No fue una casualidad. El modo recto y afable de entender su desempeño le caracterizó como quien mejor podía representar ese peculiar momento político.

Los años de Miguel como Concejal de Hacienda de Pamplona le hicieron vivir no pocas vicisitudes. Fueron tiempos en los que la propia estructura financiera del municipio era incierta, sin un marco estable que garantizara su solvencia. En esas circunstancias, le correspondió cuadrar presupuestos harto complicados, pero que dieron soporte a la puesta en marcha de nuevos programas y servicios. De igual manera, vivió la transformación de los ingresos tributarios, y finalmente el que se derivó de la llamada Ley de Capitalidad, que negoció con el Gobierno de Navarra junto al entonces alcalde Chourraut. La siguiente legislatura, con Alfredo Jaime al frente, Miguel mantuvo la misma tenencia de alcaldía, en la que siempre se desenvolvió con ponderación y lealtad.

Supo confiar en los funcionarios sin pedirles ningún tipo de adhesión política. Supo cual era el sitio que a él le correspondía, sin pretender la vanagloria que tanto acecha a la política. A lo largo de la semana utilizaba varias horas de despacho para recibir a cualquier ciudadano que lo solicitara. En ocasiones, Miguel refería anécdotas que parecían increíbles -podemos imaginar la variedad de casos que le tocaba conocer de viva voz- pero que conformaban todo un universo de la realidad pamplonesa que él siempre veía con una mezcla peculiar de sorpresa, humor y comprensión.

A Miguel se le recuerda también por sus chistes, habitualmente inéditos. No eran otra cosa que un modo de ofrecer optimismo y de situar las relaciones humanas por encima de cualquier otra vicisitud. Sus últimos años estuvieron marcados por una enfermedad que le generó severos problemas de movilidad, pero que no cambió su manera de contemplar el mundo y las relaciones humanas, el mismo paisaje y paisanaje del que él se sentía parte esencial. Sus hijos Mikel e Iciar, nacidos de su matrimonio con la tantas veces recordada Begoña Oteiza, han sido su mejor ayuda hasta el momento de su fallecimiento. Descansa en paz.

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Miguel González Fontana. ARCHVIO


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