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    Navarra
TOROS BARQUERITO

Tres orejas y un rabo para Ponce

Actualizada Domingo, 9 de agosto de 2009 - 04:00 h.

L A corrida de Puerto de San Lorenzo dio dos toros de premio. Entraron en el lote de Ponce. Eso fue parte del premio. Cosecha de tres orejas y un rabo, que no todos los días. Ponce es un gran hacedor de toros. Al humillar y sujetarse, y por ir de menos a más, el primer toro fue de rico juego. Lo que discurrió Ponce fue torear a pies juntos, cerrar flancos, no abrir huecos y despedir el toro no con un golpe sino con un toque.

Gran habilidad. Entre tanda y tanda Ponce se pegó sus paseos de pasarela para reclamar el aliento de la gente. Sonó un aviso antes de haber pensado Ponce ni en montar siquiera la espada. Media estocada defectuosa. Cerraron al toro en tablas con capotazos expertos. Al arrancarse al último rodó el toro. Una oreja.

Ponce le tomó la medida al cuarto con sólo verlo asomar y salió a recogerlo con lances rodilla en tierra. Suelto el toro pero con tranco acompasado. Se vio del toro entonces su docilidad. Al tomar los engaños, también su noble son. Fue un bello batirse. Con ritmo. Anillo al dedo para Ponce, que, garboso en un quite por chicuelinas abrochado con larga cordobesa, puso luego la música y la caligrafía. La naturalidad para sostenerse en los embroques desmayadamente. La soltura para jugar los brazos como desmadejándose pero teniendo siempre el pulso del toro en los vuelos. No los enganchó el toro casi nunca. La cabeza para dosificar el teatro inherente a cualquier faena de repertorio y la listeza para, yendo de un terreno a otro y recorriendo mucha plaza, no violentar al toro. Fueron extraordinarios los seis muletazos obligados en bucle y a una mano con que Ponce abrió faena cuando todavía estaba por brindar. Se le arrancó el toro mientras buscaba por el tendido al destinatario: el director de cine Agustín Díaz Yanes, hijo de torero grande y gran valedor del toreo en todos los ámbitos. Tan redonda como la serie forzada de la apertura no hubo ninguna otra. Las tandas improvisadas por los viajes en rosca del toro, de rayas adentro, fueron brillantes. El toreo ayudado con la izquierda, sutil y sedoso. El final rampante frente a toriles, un rugido. Costó igualar. Una estocada defectuosa. Estampida final del toro a la punta opuesta de toriles. Un rabo.

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El matador valenciano Enrique Ponce tras cortar las dos orejas y el rabo a su segundo astado. EFE


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