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CULTURA Y SOCIEDAD

Vidas de carbonero

Los hombres subían a la sierra de Lóquiz en marzo y no volvían a casa hasta octubre

Actualizada Viernes, 7 de agosto de 2009 - 01:41 h.
  • R. A. . VILORIA

HOY todo el mundo se queja de la crisis. Lo que tienen es bueno o regular, pero piensan que es malo. El carbón sí que era duro". Desde su casa de Viloria, en el valle de Lana, ante dos carboneras humeantes y frente al anfiteatro de la sierra de Lóquiz, Emilio Galdeano Echávarri rememora a sus 69 años la biografía de carbonero que el destino le impuso.

Nació en una familia muy parecida a las cincuenta que habitaban en Viloria en los años 40 del siglo pasado. Progenies de ocho o diez hermanos eran habituales en los pueblos del valle de Lana, que disponen de pocas tierras de labor. La encina de Lóquiz procuraba una de las escasas formas de sustento de la población. "Eran muy pocos los que tenían tierras o ganado para vivir. La mayoría se dedicaba al carbón, porque no había otra cosa. De 40 familias, 32 o 33 vivían de las carboneras. Era muy duro, pero había que comer".

El mismo Galdeano era el sexto de ocho hermanos en una familia con tres varones. Su progenitor falleció joven. "Yo ni recuerdo a mi padre, debía tener unos tres años cuando murió". Su madre, Obdulia Echávarri Gaviria, salió adelante gracias a que uno de sus hermanos, soltero, mantuvo el hogar.

Escasas opciones de vida

Uno de los hermanos de Galdeano, Jaime, se hizo sacerdote, y el otro, Javier, de acuerdo con la costumbre de mayorazgo del valle, fue el heredero. "Y los demás, a escuchar a ver si llueve", resume Emilio Galdeano en una frase que repite con frecuencia. De esa manera, junto con su tío, empezó a hacer carboneras a los 16 años. Hoy es el único carbonero del valle que ha mantenido hasta el final el oficio como forma de vida.

Sin embargo, no es el único, porque hay algunos casos atípicos. El carbonero decano es Ángel Nieva Pérez, de 80 años. Pese a ser el de mayor edad, no es el que más leña ha acarreado, como él mismo reconoce. "Yo empecé muy tarde, con unos 30 años. Como me dedicaba al campo y entonces todo se hacía con bueyes, la labranza me ocupaba todo el año y no me quedaba tiempo para las carboneras. Cuando llegaron los tractores y todo se hizo más fácil fue cuando empecé con el carbón". Sin embargo, nunca tuvo que ir al monte y siempre ha armado las carboneras en el casco urbano del pueblo.

Hoy todavía sigue porque su hijo, José María Nieva Fernández, que combina el trabajo en un taller con la agricultura, se encarga de las tareas más duras. "Yo sólo no podría. El hace la leña y la baja. Le ayudo a armarlas y, sobre todo, las cuido aquí junto a la casa". Sin embargo, está convencido de que cuando le falten las fuerzas, su hijo no seguirá. En algunas ocasiones, Nieva también colabora con José Miguel Lander, de 45 años, el vecino más joven de cuantos encienden carboneras en Viloria, entre los que también está José Antonio Ulibarri Fernandez de Antona. Hasta hace pocos veranos se les unían Jesús Imaz Pérez y Enrique Landa Berrueta, este último en Gastiáin.

Muy atrás han quedado los tiempos en que los hombres pasaban ocho meses fuera de casa en el monte. Hicieron esfuerzos tan grandes que hoy parecen una proeza. "Solíamos salir hacia marzo y terminábamos en octubre. Muchos subían por toda la falda de Lóquiz hasta Urbasa, pero yo iba hacia la parte de Álava, desde Santa Cruz hacia Contrasta. Normalmente, se trabajaba en grupos de 4 ó 5 hombres. Se compraba la leña y, allí donde estaba, se hacía la carbonera. Y entonces eran grandes de verdad. Una vez llegamos a hacer una de 38.000 kilos, diez veces las de ahora", retoma Galdeano.

Una cabaña de reducidas dimensiones hecha con ramas y hierba, con sacos impermeables de nitrato en el mejor de los casos, cobijaba a los carboneros durante la noche. No había duchas ni cama, ni ninguna comodidad que se le parezca. "Para comer, puchero de habas o alubias, un día sí y otro también. Y para desayunar, una tajada de tocino. ¿Quién se lo podría creer hoy?". Los desplazamientos al pueblo se hacían en muy contadas ocasiones, salvo el encargado de la comida, que solía bajar cada semana a por hogazas de pan para los siete días. "En esta época era normal que se pusiese mohoso. Y lo comíamos con moho y todo".

Ni gota de agua

Aún y todo, Galdeano se siente privilegiado por la zona en que trabajaba. "Por lo menos había río. Y aunque estaba a tres cuartos de hora, te podías ir a lavar de vez en cuando. Pero en estas faldas de Lóquiz hasta Eulate no hay, ni ha habido nunca un manantial o un pozo. Los que trabajaban aquí tenían que subir los garrafones de agua, e incluso de vino, por cuestas tremendas durante horas. Así que cada gota se racionaba", recuerda.

Unos pocos momentos buenos al año compensaban los sudores. Viloria celebraba sus fiestas por San Andrés, el 30 de noviembre. "Era lo mejor del año y teníamos suerte, porque a diferencia de otros pueblos, el carbón acababa justo en esa fecha. Eran unas fiestas que encantaban", recuerda con delectación. El rigor del trabajo no amilanaba a los hombres de Lana. "Entonces era más feliz que hoy, o más", sentencia.

En aquel entonces las fábricas siderúrgicas de Vizcaya demandaban combustible sin tregua y cada carbonero podía llegar a hacer al año hasta 150.000 kilos. Sin embargo, esas mismas fábricas crecieron y demandaron más mano de obra. Comenzó el éxodo. Con 24 años, Emilio Galdeano se fue a vivir a Bilbao para trabajar como chófer para Aceros EVA y allí se casó con otra vecina del pueblo, con la que tuvo dos hijas. Pero también le tocó la reconversión del sector siderúrgico. "De los 5.000 que trabajábamos en EVA, sólo se quedaron unos mil. A los demás nos aseguraban la recolocación, pero sólo temporal. Con 48 años preferí volver al pueblo a hacer carbón".

Hasta después de jubilado ha tenido que echar mano de los ingresos de una energía artesana que hoy sólo se usa en asadores y barbacoas, aunque la demanda es suficiente para la cantidad exigua que se produce en Viloria. "Después de trabajar más de 20 años para la fábrica la pensión que me quedó no daba ni para chufas". Así que cada verano, sigue encendiendo unas seis carboneras de unos 3.000 kilos, en una actividad que hoy se desarrolla de una forma algo más cómoda, por los adelantos mecánicos y porque las carboneras se vigilan desde casa.

"Antes se pagaban 0,45 céntimos de peseta por kilo y ahora unas 140 pesetas. Pese a lo que ha subido la vida, creo que está un poco mejor pagado ahora". Pero los años pesan y algunos otros inconvenientes también, así que Galdeano asegura que este verano será el último como carbonero. "Ya casi no tenemos leña. Antes se permitía que los vecinos que no la fuesen a usar nos pasasen su suerte, pero ahora empiezan a decir que no se puede, así que con los 3.000 kilos que toca a cada uno, no da para nada". Los últimos troncos los guarda para enseñar el embrujo de las carboneras el 8 de agosto.

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Ángel Nieva Pérez ordena en círculo los troncos para preparar la carbonera

La leña se dispone formando un cono. ARCHIVO/ D.E..

Una carbonera humeante. MTX

Leña de encina de Lóquiz. MTX


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