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DOS PINTORES Y UN MISMO TEMA >PELLO FERNÁNDEZ OYAREGUI

La huella de Manet se proyecta en Ciga

Manet y Ciga encontrarán en el realismo su mejorvía de expresión

Actualizada Sábado, 1 de agosto de 2009 - 02:26 h.
  • PELLO FERNÁNDEZ OYAREGUI ES CATEDRÁTICO DE HISTORIA DE SECUNDARIA, PROFESOR DE HISTORIA DEL ARTE Y SECRETARIO DE LA FUNDACIÓN CIGA.

E N esta época de descanso estival, es ejercicio saludable utilizar efemérides y acontecimientos para ahondar en el conocimiento de las distintas disciplinas y, en el caso que nos ocupa, de la Historia del Arte.

La llegada de la obra de Edouard Manet El niño de las cerezas al Museo de Bellas Artes de Bilbao en calidad de obra invitada, procedente de la Fundación Gulbenkian de Lisboa, hasta el 4 de octubre, nos sirve de excusa para poner en relación a estos dos grandes pintores y ahondar en el estudio de la influencia que Manet ejerció en Javier Ciga y al mismo tiempo, Velázquez en ambos.

Los dos pintores realizaron sendas obras con el mismo título y compartieron otras temáticas. Si bien en la pintura flamenca, en el barroco italiano- Caravaggio-, en la pintura de género holandesa, en la elegancia de Chardin en el barroco francés y en el barroco español (Velázquez, Zurbarán y Murillo) es frecuente la aparición de niños y frutas, en Manet y en Ciga encontramos esta coincidencia que no sólo se limita al título, sino a la conjunción de dos géneros muy importantes en ambos autores - el bodegón y el retrato-.

Aunque este género, el retrato, fue eje en sus respectivas carreras pictóricas, la representación de las naturalezas muertas les permitía representar por una parte esa sencillez de lo cotidiano y por otra esa carga simbólica que aquí se concretiza en ese fruto rojo y pasional ("prunus avium"), que ya desde la época de los griegos era una alegoría de los sentidos.

Manet, el pintor más realista de todos los impresionistas, y Ciga, pintor realista por excelencia, encontrarán en el naturalismo su mejor vía de expresión en la plasmación y recreación de la realidad desde la verdad.

Lo más probable es que cuando Ciga pintó su obra en 1910 no conociera la obra del mismo título de Manet, ya que se encontraba inmerso en el proceso de formación en su etapa madrileña en la Real Academia de San Fernando. Habrían de pasar dos años cuando Ciga, en su etapa parisina, empezara a conocer y profundizar en la obra de Manet.

Aún así, muchas son la relaciones que podemos establecer entre estas dos obras y que pasamos a detallar: las dos son bastante desconocidas en sus respectivas carreras pictóricas, corresponden a etapas tempranas de sus carreras, aunque son de gran calidad pictórica y buena factura; los dos protagonistas son jóvenes que ocupan el centro del cuadro y sus figuras emergen de un fondo neutro para concentrar la atención en rostro, mirada y manos que aparecen con mayor luz. En ambas, un elemento horizontal colocado desde un punto de vista bajo y en primer plano delimita el espacio y sirve de soporte para las naturalezas muertas. En los dos casos, las miradas de frente nos retrotraen al mundo interior de estos adolescentes y constituyen un nexo de unión con el espectador. Importancia del dibujo, matizado por un perfecto modelado de la luz a la sombra, consiguiendo esa corporeidad de objetos y figuras, acertado esquema compositivo con marcada diagonal que realza a los protagonistas y que queda enfatizada con rotundidad por la frontalidad de los mismos; utilización de elementos anecdóticos que humanizan la escena como las cerezas que cuelgan de la mano en el cuadro de Manet o de la boca del niño en el caso de Ciga.

El niño de las cerezas de Manet fue pintado en 1858, y en 1910 (año en el que Ciga pintó el suyo) fue adquirido por la Fundación Gulbenkian. Se ha conocido estos días a través de la prensa la triste historia de su protagonista, Alexandre, joven pobre y alcohólico, ayudante de Manet, que tras una riña con éste se ahorcó, hecho que conmocionó al pintor y que le llevó a inmortalizarlo en este gran cuadro. Con gran delicadeza plasma la sicología del retratado en ese gesto de ingenuidad y de infelicidad preludio del triste final que en la literatura fue recogido por Baudelaire, que escribió un cuento dedicado a Manet, con tintes macabros sobre el asunto, titulado La Corde.

El niño de las cerezas- Mutiko gereziekin-de Ciga, es una soberbia obra de gama cromática sobria. El pintor era maestro de grises, pardos y ocres avivados por los elementos del bodegón, rojos y naranjas, recurso utilizado también por Manet en su cuadro. Nada se sabe de su protagonista, pero responde a las características de los modelos que utilizaba Ciga. En su predilección por viejos y niños, en este caso bien podía ser un niño de la calle, del Madrid de principios de siglo, un pícaro de apariencia pobre e interior rico, castigado con una vida difícil desde su más tierna infancia, que Ciga como buen sicólogo, hace aflorar en este rostro un tanto enigmático y melancólico.

La influencia de Manet en Ciga y la relación entre estos dos pintores no se limita a esta obra, sino que está presente en los siguientes ejemplos: Olimpia (Manet, 1863) / Combinación de la ruleta (Ciga, 1912-14). El tema del desnudo acarreará muchos problemas en las sociedades puritanas y burguesas del XIX y de la 1ª mitad del S.XX. Aquí arranca la tortuosa relación de Manet con los Salones Oficiales (certificadores de lo que se consideraba arte oficial). En 1863 es rechazado, por su obra Almuerzo sobre la hierba; dando comienzo así el Salón de los Rechazados, auténtico jaque al academicismo y verdadero germen del arte moderno y de la ruptura con el arte tradicional que se consumaría con el nacimiento de las "vanguardias" a principios del siglo XX. En 1865 su obra Olimpia es admitida en el Salón, pero el escándalo fue monumental. La obra tuvo que ser custodiada por la policía y suscitó tantas fobias como filias. A partir de aquí se suceden los rechazos y admisiones, hasta que en 1881 es nombrado caballero de la Legión de Honor, máxima condecoración francesa.

El tema del desnudo es clásico y cuenta con numerosísimos precedentes. En el caso que nos ocupa, son referencias obligadas Tiziano, Rubens, Velázquez, Goya, Courbet, Ingres y un largo etcétera. La diferencia más notable con los anteriores es que no se trata de un desnudo mitológico ni de la representación de una "Venus o Diosa del amor", sino de una persona real de carne y hueso. Sabemos quién fue la modelo - Victorine Meurent - que representaba a una prostituta o cortesana que nos mira desafiante y se jacta de su condición, donde no faltan ese canto al exotismo, criada negra, estampados, flores y la sustitución del sumiso y anecdótico perrito por un fiero y lascivo gato negro, alusión clara a la poesía de su amigo Baudelaire.

Como lo definiría su otro gran amigo y literato Zola, "Olimpia está extraída de la vida moderna, sin ningún disfraz histórico, representado en un estilo innovador que rechazaba los melindres de la pintura a la moda". Desde el punto de vista artístico, también inauguraba un nuevo lenguaje plástico con un empleo moderno de luces y sombras que abrían una nueva etapa en la pintura. Demasiado para el gusto remilgado y burgués de la época.

La combinación de la ruleta de Ciga, único desnudo en óleo del pintor si exceptuamos los dibujos, y que lo realizó en París entre 1912 y 1914, aprovechando los aires de libertad que allá se respiraban y consciente de los problemas que hubiera tenido en su Pamplona natal - provinciana y conservadora -, como de hecho lo tuvo su discípulo Briñol y Gustavo de Maeztu en Bilbao.

Ciga recoge la tradición velazqueña y goyesca y si bien esta obra presenta un erotismo más contenido y discreto que el de Manet, comparte con éste su veracidad. En este caso la modelo es madame Camére, la mujer de su mejor amigo parisino, de la que realizó varios retratos. De trazo preciso y vigoroso, con un tratamiento perfecto de la anatomía, de carnaciones blandas y nacaradas, delicado acabado y modelado con un sutil juego de luces que remarcan las curvas y acentúan la elegante sensualidad, gama cromática armoniosa, contrastada por el arabesco que cubre el diván y el cojín verde del tapete o azul intenso de la cortina del fondo; aspectos todos ellos que le dan modernidad a la obra. Finalmente hay que constatar la originalidad de Ciga de colocar a su modelo en una actividad nada usual, como es el juego de la ruleta, en la que la protagonista aparece concentrada.

Por último, habría que citar el retrato de mademoiselle Ivon, el más "manetiano" de los retratos de Ciga, en el que sobre un fondo neutro y claro se recorta la figura de la joven ataviada en negro, avivada por la mancha roja del tocado dándole fuerza al conjunto y rompiendo así la monocromía, este recurso junto con el ensimismamiento melancólico de la figura, la pincelada amplia, suelta y bien empastada deja bien a las claras esa huella de la que hablaba en el título.

Espero que este ejercicio de interrelación sirva para acercar a estos dos grandes pintores y de paso ahondar en una serie de obras, algunas de ellas, poco conocidas.

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"El niño de las cerezas", de Manet 1858. Óleo sobre lienzo. 65,5 x 54,5 cm. Fundación Gulbenkian. Lisboa.

"El niño de las cerezas", de Ciga. COLECCIÓN PARTICULAR

"La combinación de la ruleta", de Ciga. 1912-14. Óleo sobre lienzo .100 x184,5 cms. Museo de Navarra. Pamplona.

"Olympia", de Manet. 1863. Óleo sobre lienzo. 190 x 130,5 cms. Museo de Orsay. París.


Comentarios
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  • ¿Cuando podremos ver los navarros las obras de este gran pintor colgadas en el museo que se merece?Urko
  • Un gran artículo que relaciona a dos grandes pintores. Ya es hora que en Navarra se haga justicia con uno de sus más grandes pintores J. Ciga.Amaia. Observatorio de la cultura

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