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ALEJANDRO NAVAS

El Gobierno sí que es valiente

La propuesta del PSOE sobre el aborto ha dividido también a su propio electorado

Actualizada Miércoles, 24 de junio de 2009 - 04:00 h.

M OTIVOS laborales hicieron que pasara en Barcelona los últimos días de la campaña para las elecciones europeas.

El presidente del Gobierno visitó la ciudad condal el jueves 4 de junio y almorzó con los empresarios catalanes representados por el tradicional Cercle d"Economia.

La reunión fue tensa, según me contaba uno de los asistentes. Los empresarios catalanes hacen sudar a Zapatero y ya no le ríen todas las gracias, titulaba al día siguiente su crónica La Vanguardia.

A modo de aperitivo, el ex ministro Josep Piqué molestó al presidente al reprocharle que no reformara un mercado laboral "tan antiguo como que es una herencia del franquismo". El plato fuerte vino servido por el notario Juan José López-Burriol, que echó en cara al Gobierno su actitud elusiva frente a los asuntos verdaderamente importantes. Zapatero saltó contrariado para reivindicar el coraje político del Ejecutivo. Y para ejemplificar la valentía del Gobierno aludió a la iniciativa de la nueva ley del aborto. Dicen las crónicas que la tensión subió de golpe, aunque finalmente la sangre no llegó al río. Al fin y al cabo, los catalanes son gente educada y no hubo desórdenes públicos. Al terminar, todos subrayaban que se había tratado de una visita histórica. Zapatero incluso se comprometió a participar regularmente en las jornadas anuales que el Cercle celebra en Sitges. ¿Hay que ser valiente para matar al feto en el vientre de su madre? ¿Qué coraje se requiere para eliminar a los seres más indefensos del mundo? Cuando en los años setenta se debatió en el Parlamento alemán la regulación del aborto, causó sensación la intervención del diputado socialista Adolf Arndt, que equiparó la legalización del aborto a la capitulación del Estado de Derecho, que había consistido precisamente en el sometimiento voluntario del más fuerte al imperio de la ley.

Supuesto que se admita -lo que es mucho admitir- que entre la madre y el feto se da un insuperable conflicto de intereses, no deja de ser terrible que la solución sancionada por la ley sea precisamente la eliminación de la parte más débil, el feto, y a manos justamente de aquellos a cuyo cuidado está entregado. Retrocedemos así a la ley de la selva, donde se impone el más fuerte.

Ahora, una vez analizados los resultados electorales, el Gobierno hace examen de conciencia (en la noche electoral Zapatero no tuvo la valentía de salir al balcón de Ferraz para dar la cara y delegó en Leire Pajín).

Según las noticias que llegan de su cúpula, el Ejecutivo analiza la derrota del PSOE en clave económica, pero también cuestiona la conveniencia de haber puesto sobre el tapete una propuesta tan conflictiva como la del aborto, que además no figuraba en su programa electoral. Se sabía que iba a generar división, no solo en la ciudadanía en general sino también en el propio electorado socialista, y de ahí que hubiera sido mejor esperar y haberla guardado para más adelante.

Cuando se supo que el Gobierno pretendía facilitar el aborto a adolescentes menores de edad a espaldas de sus padres, se alzó un clamor general que denunciaba tamaño sinsentido. Algunos comentaristas, incapaces de dar crédito a sus ojos, buscaron explicaciones tácticas para esa polémica medida: el Gobierno anuncia un planteamiento maximalista, lo rebaja durante el debate parlamentario, elimina esa cláusula y queda como alguien dialogante y moderado, que escucha a todas las partes y busca una solución de compromiso.

El desarrollo de la polémica y las declaraciones tanto de la ministra Aído como del propio Zapatero -"hay que evitar que los padres interfieran en la libertad de los hijos"- hacen dudar de esa benévola lectura. La valentía se confunde con el empecinamiento sectario: los fuertes se imponen y los débiles están condenados.

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