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EL INFIERNO DE LA DROGA

La familia que sobrevivió al infierno de la droga

Salieron de Francia en busca de una vida mejor, llegaron a Navarra, y se encontraron con la onda expansiva de la droga. Esta es la historia de unos padres que lucharon por rescatar a sus dos hijos del infierno

Actualizada Domingo, 21 de junio de 2009 - 04:00 h.
  • IVÁN BENÍTEZ . PAMPLONA.

ASUS 47 años José Luis Rodríguez confiesa que su vida es un regalo. No es para menos. Todos sus amigos de la juventud han muerto a causa de la droga.

Pepe, como le gusta que le llamen, rodea con sus brazos tatuados el cuello de su madre, Paquita Giralte, de 75 años, y expresa: "Soy un hombre muy afortunado". Giralte hace lo propio con su marido, Simeón Rodríguez, de 78 años. Se aferra a su brazo. Le dedica una mirada cómplice y añade: "La paz ha llegado a nuestro hogar después de muchos años de sufrimiento..." .

Sucedió hace ya un tiempo, unos 19 años. Durante siete años, Pepe y su hermano Javier sobrevivieron al abismo de las drogas, arrastrando en la onda expansiva a toda su familia.

Hoy, respaldado por Susan Fallon, su mujer, y sus padres, no dudan en apoyarse en el báculo del recuerdo y evocar en primera persona aquel infierno.

Los cuatro se acomodan en el antiguo sofá que embellece la salita de su casa en Burlada. Un silencio incómodo acompaña al nerviosismo de los instantes previos a la entrevista. Paquita se atreve a desgarrarlo: "En este rincón he derramado demasiadas lágrimas", expresa, con los dedos de las dos manos entrecruzados "Me sentía un mueble viejo, sin vida. No me atrevía a salir a la calle. Sufríamos por ellos. Se estaban matando y no podíamos hacer nada. Cuando en plenos sanfermines encendía la televisión y veía a los jóvenes divertirse, pensaba en mis hijos. Ellos no podían disfrutar de las fiestas por culpa de la droga. Se me caía el mundo encima. Hemos sufrido tanto". Su marido se desahoga: "Caímos en un pozo sin fondo. Damos gracias al señor por ayudarnos".

Síndrome de abstinencia

En ocasiones, las mareas del tiempo no consiguen enterrar algunos recuerdos. Y son estas sombras las que provocan todavía que Paquita se emocione. "Era un sin vivir. Intentaron rehabilitarse en casa. Se refugiaban en sus cuartos y nosotros les encerrábamos desde fuera con llave. No sé cómo pero siempre se las arreglaban para escapar. En casa era imposible curarse. Mi marido me echaba la culpa porque les daba dinero. Nunca nos amenazaron ni nos golpearon, lo único que pedía a Dios era que no hicieran daño a nadie y que no robaran". Pepe escucha las palabras de su madre. Susan observa desde el otro extremo del sofá.

"Desgraciadamente", explica Pepe, "después de muchos años luchando la única solución es que te echen de casa. En mi caso funcionó". Su madre no está del todo de acuerdo. "Es muy duro para una madre. Yo no lo recomiendo. El día que dejamos al hijo mayor en la calle, no podía comer ni dormir. La angustia era tal que mi marido tuvo que salir en su busca".

Simeón y su familia vivieron en Francia 17 años . "Allí todo era normal", indica Paquita, "fue al llegar a Pamplona cuando cayeron en la trampa de la droga. El día que supimos que Javier y Pepe eran toxicómanos, fue demasiado tarde. Los brazos de Pepe estaban completamente encallecidos por los pinchazos. Era otra época. No existía información sobre estas sustancias. Apenas había centros de asistencia. Un día descubrí a Pepe con una bolsita con hierbitas. Ellos me convencieron de que no era nada. Les creí. Empezaron por los porros y así terminaron...". De nuevo, silencio.

Desesperados, removieron cielo e infierno. "Si no llega a ser por la Fundación Vida Nueva de Ibero, hace tiempo que habrían muerto tirados en la calle", declara el progenitor. Paquita propina un imprevisto golpe de timón a la conversación: "Gracias a Dios se recuperaron. Encontraron a unas mujeres maravillosas. Tienen un buen trabajo. Somos abuelos de ocho nietos. La paz entró en nuestro hogar", repite. A Simeón le gustaría aprovechar esta oportunidad para enviar un consejo a los padres con hijos adolescentes: "Observadles con atención. Hablad con ellos. Si notáis cambios de actitud, si sospecháis, revisadles la ropa, que no sea demasiado tarde. No temáis en acudir a un centro especializado".

Un ángel de la guarda

Una de las dos mujeres maravillosas que menciona Paquita, es Susan Fallon, una irlandesa, de 47 años, que decidió un día apartarse de su vida acomodada en Dublín, donde trabajaba como profesora de inglés, y dedicarse a orientar y formar a los toxicómanos. Se sumergió de lleno en el centro de rehabilitación de Ibero. Aquí coincidió con Pepe, su actual marido. Al recordarlo se le escapa una profunda carcajada . A Susan le encanta reír.

"Lo que yo quería era ayudar a las personas. Estaba insatisfecha con mi vida. No me llenaba. Mi trabajo consistía en enseñar inglés a unos adolescentes españoles que pasaban de todo. Un día el colegió con el que trabajaba me envió a Valencia. Aproveché la ocasión para visitar a una amiga en la Fundación en Ibero. Aquí descubrí la labor que desarrollaban con los toxicómanos. Regresé a Dublín, recogí mis cosas, y volví a Navarra. Es muy gratificante comprobar que los drogadictos se recuperan, pueden trabajar y formar su propia familia". Susan habla en un tono de voz sosegado. Medita cada palabra. "Me desespera ver que la sociedad no se implique más contra las drogas blandas. Los porros son destructivos". Paqui y Simeón asienten. Susan continúa. "Cuesta mucho desengancharse. A las consecuencias físicas y psíquicas hay que sumar todos los hábitos que desarrollas alrededor de la droga: robar, mentir...".

"La droga afecta a toda la familia. No eres tú sólo", dice Pepe.

Susan bromea con su marido. "No comprendo como mis padres le aceptaron. Si no tenía ni dientes". Los cuatro ríen. "Pepe era mi alumno. Estudiaba para sacarse el graduado escolar. Le enseñaba inglés. Me enamoró su carácter, su inteligencia. Es capaz de todo". Susan y Pepe se conocieron en junio de 1990. "Tuve que esperar seis años para poder confesarle lo que sentía. Hasta que no salió del centro, nunca le dije nada. No sé cómo aguanté. Los sentimientos eran tan fuertes. Al final fue él quien dio el primer paso".

Las historias se encadenan, sin respiro. La droga las empuja de una persona a otra. "Lo curioso es que mi hermana se casó con Javier, su hermano. Acudió al centro un mes para recuperarse de su adicción, conoció a Javier, se casaron y han tenido cuatro hijos".

A pesar de su experiencia, Susan sigue alarmándose por la situación. "Hay muchísima necesidad. Llegan muchos jóvenes enganchados a las drogas sintéticas. Son muy peligrosas. Se quedan colgados y es muy difícil recuperarlos porque actúan directamente contra el cerebro. La mayoría terminan en el psiquiátrico. Cuando los padres nos dejan a sus hijos en el centro, respiran tranquilos; si abandonan el programa, se me rompe el corazón". Susan cree que las campañas publicitarias contra la droga no causan ningún efecto en los adolescentes. "Resultaría más eficaz que en los colegios oyeran las historias de personas recuperadas como las de Pepe y su hermano Javier".

Una historia que nació hace 32 años del vientre de las calles de Pamplona en un periodo convulso, tembloroso, crispado, por la transición política.

"Con 15 años empezamos a tontear con los típicos porros", explica Pepe, "seguimos con pastillas, anfetaminas, las conseguíamos con recetas falsas, después ácidos; así durante cuatro años. Hasta que un día pruebas la heroína. Tenía 20 años. Lo recordaré mientras viva. Estábamos muy alterados por las anfetaminas. Un amigo me comentó que lo podía solucionar. Efectivamente. Así fue. Tras 12 horas de "subidón", nos metimos una raya de heroína y a los 10 minutos nos entró una paz inexplicable. Me gustó la sensación. Esta es mi droga, me dije. Otros amigos, por el contrario, empezaron a devolver. Lo pasaron muy mal. No se engancharon. Yo al revés". Pepe cuenta que se drogaba porque tenía mucho tiempo libre. "Aunque mis padres son españoles", cuenta, " nací en Francia. Con 14 años viajamos a España. Como no hablaba el idioma, no permitieron que mis padres me inscribieran en un colegio con chicos de mi edad; así que, optaron por meterme en un colegio con niños de seis años. No me lo podía creer. ¿Qué hacía yo en ese lugar? Me lo preguntaba cada día. Dejé el colegio y empecé a buscar trabajo.

No encontrábamos trabajo por la crisis económica que asolaba. Me lancé a la calle. Encajé en un grupo de chavales de mi edad que se iniciaba en las drogas. Nos colocábamos para pasar las horas muertas. Así, día tras día. Se movía mucha heroína. Era muy fácil conseguir cualquier tipo de droga. Al estar sin "blanca", me di cuenta que podía hacer negocio. Me dediqué a traficar. Obtenía la droga en Pamplona, pero era cara y de mala calidad. Poco a poco, fui averiguando dónde localizar mejor mercancía y más barata. Bajaba a Jerez, a Marbella, al sur de España en general. Traficaba con hachís . La "pasta" que ganada la desembolsaba íntegra para mis dosis de heroína. Al principio la esnifaba. Un año después me la inyectaba. Fue una bomba. El cuerpo acabó pidiéndome esta sustancia todos los días". Con 22 años, Pepe quedó atrapado en una cadena mortal. " Hasta los 29, todo el dinero que obtenía lo empleaba para drogarme. Mezclaba. Me inyectaba heroína y cocaína. No esnifaba. Sólo me pinchaba. El gramo costaba 20.000 de las antiguas pesetas. Mucho dinero. Al principio, te inyectas un cuarto, luego, medio, después, uno entero, al final todo lo que pillas... Mis tres últimos años me pinchaba tres gramos diarios de heroína. Compraba diez. Vendía siete. Consumía tres. Era la única manera de sobrevivir. Contado así, de esta manera, parece muy sencillo. Pero cuando traficas tienes a todo el mundo detrás. Los yonkis buscan su dosis diaria. Te buscan. No les fiaba porque no pagaban. Mis clientes lo formaban trabajadores. Por otro lado, la policía no me presionaba. Si me detenían alegaba consumo propio".

15 días en el psiquiátrico

"Tras la muerte de Franco, el país se abrió como una flor y la heroína entró impactándonos de lleno. La policía se dedicaba a controlar los grupos independentistas que emergían con fuerza en la calle. A los yonkis no nos controlaban".

En un momento de lucidez, Pepe se percató de la realidad que le envolvía. "La gente se moría. Se infectaba por el SIDA. Yo me preguntaba. ¿Cómo lo dejas? Los que intentaban desengancharse, acudían a los centros de rehabilitación, pasaban dos años y, al salir, el primer día, buscaban una dosis. Lo veía una tontería. Prefería drogarme. Si me faltaba mi dosis diaria me aislaba en casa una semana y sufría la abstinencia como podía, con las consiguientes consecuencias para la familia". Pepe se emociona. La salita enmudece. Los pájaros, en el exterior, disimulan estos segundos de pausa. El gorjeo penetra en la habitación. Se descuelga por las cortinas y cae al regazo de Paqui. Su hijo continúa con el relato. "No me duele recordarlo. Mi historia la he contado en otras ocasiones. Creo que es importante escuchar los testimonios de las personas y aprender de ellos. Al curarse mi hermano Javier, me animé. Probé y funcionó. Dos palabras: probar y funcionar. Parece algo idílico, pero claro, me pegué siete años en el centro. A los 29 años tomé la decisión: vivir o morir. Y fue en el centro de rehabilitación de Ibero donde descubrí a unas personas que daba su vida por nosotros, unos apestados. Mi cerebro hizo "clic". Si ellos me ayudan desinteresadamente debía poner de mi parte".

"¿Qué hago yo aquí?"

"El toxicómano choca con todo lo que implique unas normas. Yo choqué. Mi hermano las aceptó. Lo más complicado no era dejar las drogas sino cambiar el estilo de vida. Pero, ¿cómo se cambia? Esto es lo que te enseñan poco a poco. Debía asumir unas reglas. Obedecer. Yo me revelaba contra todo y contra todos. Y ellos nunca me rechazaban. Tuvieron mucha paciencia. Por eso soy afortunado. ¿Cómo podía existir gente así, que nos quisiera?

Encima, apareció el SIDA... Soy seropositivo. No sé cómo me infecté. Quizá por una jeringuilla. Hasta hoy todos los tratamientos de choque que he recibido han funcionado bien. Mi calidad es bastante buena.

La abstinencia de la heroína en un grado fuerte dura un mes. Para superarla, me ingresaron 15 días en el psiquiátrico. Es horrible. No duermes. Una vez que superas esta fase, es fácil. El cuerpo funciona bien.

Entré en el centro Vida Nueva de Ibero con 29 años y salí con 31. Dejé el alcohol, el tabaco, las drogas. Te asomas al exterior con ilusión y miedo porque si no has transformado tu modelo de vida, te reencuentras con un entorno social que te obliga a drogarte. En la soledad, al cuarto día, las preguntas te arrastran: ¿Qué hago aquí? ¿Yo qué sé hacer, drogarme? Vuelves a drogarte". Pepe respira hondo. Paqui, su madre, sale al paso: " Es lo que realmente nos preocupaba, la recaída".

Este hombre de mirada limpia y carácter afable, al contrario de su padre, prefiere no dar consejos. "Lo importante es que uno ponga de su parte a la hora de rehabilitarse. Nuestros padres y hermanas se dieron cuenta de que la recuperación era lenta pero segura. Nos volvieron a abrir los brazos. Confiaron. Y eso que arrasamos con ellos.

De mi cuadrilla sólo queda uno vivo y está en la cárcel. Es muy fuerte..."

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José Luis Rodríguez, su mujer Susan Fallon y sus padres Simeón y Paquita, posan sonrientes en el tejado de su casa de Burlada. La paz, por fin, llegó a su hogar. IVÁN BENÍTEZ


Comentarios
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  • La droga??. La droga se ha llevado a varios amigos mios. La droga a cambiados a los que quedaban. La droga no afecta solo al que la toma. La droga afecta a TODOS!!. He visto los efectos de la droga. He visto como era la gente antes de tomar drogas y ahora veo como estan los que aun quedan. Las drogas son un puto negocio en el que se vende la vida de los demas y en el que se llenan los bolsillos mas gente de lo que parece. Pero mientras nos sigan pareciendo mas "guay??" la gente que toma o vende drogas esto no parara. Puta droga. Un recuerdo para los amigos que ya no estan y otro para los que aun estan pero como si no estuvieran.Pitufo
  • la droga se llevó a mi hermano hace seis años, tenía 35 años, me siento y soy culpable de no haberle ayudado lo suficiente, me siento y soy culpable de no haberme dado cuenta antes... vivo la condena impuesta por la vida, culpable toda la vida. me alegro enormemente por todos y cada uno de los que salen de la esclavitud de la droga y que salen para no volver a ella.......DROGA = MUERTE
  • Solo el tabaco mata al año más que los accidentes de trafico, ETA y todas las demas drogas juntas, y es legal. Para los politicos lo que más vale es el dinero de los impuestos y las multas.TONY
  • ME GUSTARIA QUE MI HERMANO TUVIESE EL VALOR DE LEER ESTO Y PENSARA QUE ME LO DEBE ,SIN MENTIRAS Y SE PUEDE SALIR .....ALVARO VA POR TILOLI
  • Tolerancia cero con las drogas, tabaco, alcohol y juegos de azar. Estos matan mucho más que ETA aunque hoy sea dolorosa la comparación. El estado permite el consumo de todos esos adictivos para recaudar impuestos. Lanzo un mensaje a todos los enganchados: ¡no te dejes engañar más, primero te permiten disfrutar, te sientes libre y eufórico, pero cuando te has metido hasta las patas la misma sociedad te deshecha y te aplasta, déjalo!manley ciudadano.

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