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CRÓNICAS DE ASFALTO | FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Mamá, quiero ser árbitro

Sueño con una justicia justa, sin errores, porque pienso que, para cometerlos, cualquiera vale. Y, en mi pretensión, lo mismo me da la sentencia sin pies ni cabeza, que la alteración de un partido de fútbol.

Actualizada Domingo, 14 de junio de 2009 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

H E esperado con actitud franciscana -influencia de mi tío Claudio será- a que terminase la Liga para abordar un asunto que me lleva a mal traer o, incluso, viceversa. Pero, llegado el momento, resulta que no me atrevo.

Porque a mí me gustaría decir que no creo en la buena fe de los árbitros (digamos, los de élite), tampoco en los jueces, ni, por extensión, en toda persona que se permita emitir juicios drásticos y contundentes a favor o en contra de sus semejantes. Y así las cosas, vierto también dudas sobre mí por aquellas veces en las que he sucumbido a la tentación de cuestionar radicalmente cualquier asunto cuestionable. La diferencia está en que yo jamás le pondría a mi loca pretensión la lupa mediática de salir en calzón corto ante 100.000 espectadores, en directo, y repercutir en millones de ellos a través de la tele. Tampoco me investiría de esa especie de capa de la tuna, que llaman toga. Ni por mamar la gloria mediática me empeñaría en encarcelar a dictadores moribundos de lejanos paisajes mientras yacen patas arriba los legajos domésticos. Si me atreviera, diría que los árbitros son lo peor que hay sobre el terreno de juego, y como ya estoy pontificando, y no quiero, añadiría en general, con honrosas excepciones y bla, bla, bla. No me van a pillar por ahí, pero si alguien conoce excepciones, que las diga. Algunos sabemos que, a micrófono cerrado, no son pocos los que se mueven dentro de ese tinglado de fútbol y arbitraje y tachan de mafia a sus dirigentes (de dedo). Yo, que me limito a ser espectador, no aspiro a desmontar esa cosa nostra o, más bien, cosa suya, sino que me conformo con recrearme en mis pensamientos. Ni análisis son. De entrada, ¿qué se puede esperar de una persona que se considera capaz de juzgar a los demás? ¿Y qué nos hace pensar que no estará influenciada, y sus juicios no serán sino manipulaciones subjetivas, no ya del subconsciente, sino del mismísimo consciente? Alguien erigido en juez poderoso, con la decisión en sus manos de ser protagonista, por encima de los protagonistas, ha de ser un personaje muy especial. Y entro aquí a recordar a aquellos compañeros de colegio que, no distinguiendo entre un balón y una berenjena, se apuntaban con su falsa timidez a pitar los partidos. Era digno de ver cómo se crecían los apocados cuando todo giraba en torno suyo. Entonces presentaban su auténtica cara, la faz del poder omnímodo. Pero me ciño al presente para afirmar -si osara decirlo, que no- que los árbitros, eso lo sabe todo el mundo, tienen sus equipos preferidos, alimentan sus filias y dan vitaminas a sus fobias. Como todo el mundo, ¿y esas querencias mal disimuladas me van a ofrecer garantías de imparcialidad? En los medios de comunicación se conoce el color de sus equipos, el aroma que respiran estos presuntos justicieros, y eso es más que suficiente para anidar la sospecha. Lo mismo pienso de los jueces que comparten manteles comprometidos, a los que no quisiera ver ni en pintura y, si alguna vez comparezco ante ellos, esperaré cualquier fallo de la emisión de sus fallos, que, digo yo, por algo se llamarán fallos. Cuán a gusto entregaría mi crédito a árbitros y jueces si llegaran a la Tierra desde Marte o de una galaxia extraña y se invistieran de uniforme y toga con la exclusiva misión de juzgar, para largarse a continuación a su casa galáctica. Serían extraterrestres sin vinculaciones ni intereses en nuestro planeta, y entonces podrían impartir justicia objetiva. Ya sé que es imposible, de eso me quejo, de que nos tengan que juzgar y arbitrar paisanos nuestros con las mismas, o mayores, debilidades que cualquier mortal. Todo eso lo sé, pero no impedirá que me mantenga en mis trece: no creo en vosotros. Hay sentencias en los juzgados carentes del más mínimo sentido común, y hay arbitrajes muy lamentables encajados en el recuerdo. Alguien que pretende juzgar a los demás, ante semejantes errores, debería tirar la chapa. Pero no. Les gusta seguir en el machito, controlar, mandar, incidir y decidir. Y ahí veo yo cierta postura malsana: en el empecinamiento, en la falta de autocrítica, en la ausencia total del reconocimiento de la culpa. En no marcharse de una puñetera vez a sus casas, a ser juzgados y arbitrados. Para que vieran.

En este punto, un guiño del pasado me retorció el discurso como un sacacorchos, hasta quitar el tapón de la desmemoria. Y me dije: los jueces se ocupan de una misión fundamental, una tarea que hace posible la convivencia y el respeto a las leyes. ¿Y los árbitros? Vocacionales -mamá, quiero ser árbitro-, son personas sacrificadas, instrumentos decisivos sin los cuales no podría haber ni fútbol ni otros deportes. ¿Se equivocan? ¿Y quién no? No se valora su trabajo ni su sacrificio, sólo se airean sus desaciertos.

Esto es cuanto tengo que decir después de recordar una etapa del colegio. Cuando fui árbitro.

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Comentarios
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  • Primo, has estado como el césped del viejo Sadar: ¡Sembrao! Ya me parecía a mi que esos pasos a toda leche por tus espaldas despertaban tu época de pitolari en el colegio...Forofillo
  • ¡¡¡Arbitro!!! ¡¡¡Por favor, no lo seas!!!! Noooooooo!!! Como siempre, grande Zudaire.Pablo

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