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LIBROS A PUNTA SECA FERNANDO PÉREZ OLLO

Ataúlfo Argenta, el hombre y el músico

Trabajo prolijo y meticuloso, que no oculta acotaciones y testimonios críticos

Actualizada Viernes, 12 de junio de 2009 - 04:00 h.

E XTRAORDINARIOS directores de orquesta han escrito libros aconsejables por el interés de sus análisis e ideas, pero no trabajos de investigación que con su rigor documental y crítico avalaran el título de doctor. No parece menos infrecuente que alguien volcado en la investigación necesaria para armar una tesis doctoral se dedique profesionalmente a la dirección de orquesta. Es el caso presente.

Juan González-Castelao, pamplonés de cuna (1969), obtuvo el doctorado en Musicología con esta tesis sobre Argenta (Castro Urdiales,1913-Madrid, 1958), el director cántabro, famoso incluso aquí, país en el que una batuta no resulta mito popular, si no es un fenómeno mediático y visual como Karajan, al margen de su calidad. Ahora mismo, cumplido medio siglo de su muerte, Argenta puede ser un ilustrísimo desconocido fuera del mundo musical. Y aun en éste, más citado que conocido por sus trabajos.

El libro va dividido en ocho capítulos, qe exponen y analizan los años de formación en el Conservatorio de Madrid y desarrollo en Alemania como pianista (1913-44), el trienio inicial de la dirección de orquesta (1945-47) con la Orquesta de Cámara de Radio Nacional y la Orquesta Nacional de España (ONE), las dos primeras temporadas como titular de la ONE, el cuatrienio posterior que cuaja la proyección internacional del maestro, la madurez (1952-1958) truncada por la muerte, el perfil humano, el artístico y, finalmente, el estilo interpretativo, el repertorio y la técnica de dirección- postura, empuñadura de batuta, figuras de compás básicas-y la comparación discipular con Ernest Ansermet y Carl Schuricht. El texto aporta siete meticulosos e interesantes anexos documentales: los expedientes académicos de Argenta y la que fue su mujer, Juana Pallares, el repertorio y los conciertos por temporadas, la discografía, el borrador del discurso de ingreso en la Academia de San Fernando, escritos, declaraciones y entrevistas, y la plantilla de la ONE.

El trabajo es meticuloso, mucho más que una semblanza,y, aunque el autor está evidentemente a favor del personaje, no renuncia a acotaciones criticas ni enjalbega los testimonios escritos u orales, obtenidos directamente. Al aparato crítico le sobran algunas reiteraciones en las referencias. La exactitud en las signaturas, esencial en un trabajo académico, no desmerece por no repetir las notas correspondientes a un mismo testimonio, cuando una tesis se convierte en libro, que es otro género.

En la biografía de Argenta -y en el libro- hay cuatro navarros importantes. El mayor contrincante -y, sin embargo, amigo- del cántabro en el Conservatorio madrileño fue Martín Imaz. El día que Argenta se examinó para ganar el Premio Extraordinario de piano ( 4 de febrero de 1931), su único rival posible, Imaz, cayó enfermo. Argenta ganó por unanimidad el piano Erard de cola donado por la condesa viuda de Casa-Miranda, la ex cantante Cristina Nilsson. En el tribunal, entre otros, estaban Fernández Arbós y Julia Parody. Para salir adelante, la familia, que días antes había perdido al padre, hubo de vender el Erard a la casa Hazen.

En el curso de los años, Imaz tocó bastante con su amigo Argenta. Martín (Carmelo) Imaz Pérez, cuyos datos González-Castelao no aporta, era pamplonés. Nació el 11 de septiembre de 1912, en el número 43 de la calle Mayor. Su padre era de Pamplona; la madre, de Garínoain. El abuelo paterno había visto la luz en Alli (Larraun). Imaz mereció en agosto de 1927 el Premio Sarasate, que ganó con la Tarantella" de Liszt. Murió el 27 de marzo de 1999, tras años de Alzheimer, en Innsbruck, donde vivía con su esposa Ingeborg Seichter.

Otros navarros presentes en esta biografía son Eduardo Hernández Asiáin, violinista, cuyos testimonios sobre la personalidad y la figura musical de Argenta resultan esclarecedores, y Elías Arizcuren, (Erice de Iza, 1915) de niñez rochapeana, chelista afincado desde hace años en Holanda y creador del Octeto Ibérico de Chelos. Los tres, Arizcuren, Hernández Asiáin e Imaz, formaron en la década de los años 40 el Trío de San Sebastián, que actuó , por ejemplo, en noviembre de 1949, en el Gayarre.

Pero al hablar de Argenta, salta de inmediato el nombre de Jesús García Leoz. El olitejo y el castreño fueron muy amigos, como recuerdan Fernández-Cid y el hijo del primero, José Luis. Después de la guerra civil, Argenta se presentó a tocar el piano en un café, pero renunció cuando supo que el pianista, García Leoz, estaba a la sombra por razones políticas. Luego (abril de 1949) Argenta estrenó la "Sinfonía en la bemol mayor" del navarro, programada después repetidas veces con la ONE, también aquí en su visita de mayo de 1951, actuación que a Miguel Echeveste, crítico de este periódico, le mereció un título rotundo: "¿Qué decir de la Orquesta y de su luminoso director Argenta?".

González-Castelao no disimula las limitaciones de Argenta como pianista incluso después de su estancia alemana, que explican en parte su viraje hacia la dirección. A la vez, esos años le hicieron ahondar y asimilar el repertorio romántico germano, del que resultó sorprendente intérprete. Argenta hizo unas memorables sinfonías de Beethoven, Schumann y Brahms, que llamaron la atención en públicos hechos a la tradición de esas obras, pero brillaba también en la brillantez técnica de Richard Strauss. La muerte de Argenta frustró la prevista grabación del bloque sinfónico brahmsiano con la Filarmónica de Viena. En cualquier caso, dirigió 582 partituras, de las que 76 fueron zarzuelas, quizás aquí sus versiones más oídas y solicitadas, pero que no pueden dejar en la sombra a su "Sombrero de tres picos" o el preludio de "La Revoltosa".

Argenta fue un mito y recuerdo bien la sensación que causó la noticia de su muerte por inhalación de monóxido de carbono en el garaje de su casa en Los Molinos, a la que fue al caer la tarde del 20 de enero de 1958, en compañía de Sylvie Mercier, suiza y alumna suya de piano. Argenta había padecido una afección pulmonar de origen tuberculoso. La chica perdió el conocimiento, pero luego a bocinazos llamó la atención de los vecinos. El funeral se celebró en los Jerónimos y la ONE interpretó la Cantata 140 de Bach, Wachet auf, ruft uns die Stimme. Once días después, por respeto al maestro extinto no hubo aplausos en el concierto de la ONE, dirigido por Toldrá y Cristóbal Halffter-que hizo sus "Dos movimientos para timbal y cuerda., con Nikita Magaloff al teclado en el segundo de Chopin. A su viuda le quedó una pensión de 800 pesetas -el INE calculaba entre 3.800/4.500 pesetas el gasto medio mensual de una familia-. Fueron ayudas privadas las que mantuvieron a los Argenta. Los músicos de la Orquesta de la Suisse Romande, apadrinaron al hijo, Fernando Argenta, y pagaron sus estudios.

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Argenta junto al busto de Manuel de Falla, un de sus compositores más interpretados. ARCHIVO


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