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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

La tortura, con manual

Pocas cosas hay que no precisen de un manual. Yo he encontrado dos para las que nunca se dieron instrucciones y, por ello, muchos alegan desconocer cómo funcionan y ni se acercan: el pico y la pala.

Actualizada Domingo, 3 de mayo de 2009 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

E S fundamental. Si no hay método, que haya un manual. Cuando te venden una lavadora, necesitas un manual, más que nada para saber que el centrifugado no es una coctelera para agitar combinados fetichistas, sino una fase del lavado. Para ser precisos, manejar una lavadora sin manual en estos tiempos tecnológicos es como pretender pilotar el Challenger después de hacer un cursillo de macramé.

Igualmente, al adquirir un coche te dan un manual, a veces llamado de entretenimiento, como si cambiar una rueda pinchada fuera un hobby. Incluso una sofisticada muñeca sin manual puede volverse un juguete descontrolado y loco, y lo mismo se pone a hacer pis o te escupe un virus porcino cuando le estás pidiendo que recite la lista de morosos. Por equivocar el botón.

Los países con manuales son países civilizados y el resto, para qué vamos a hablar, son países de medio pelo y peor catadura. Eso es de cajón, también de manual. Acabamos de conocer -no sé qué esperaban los amargados de siempre- que la CIA torturaba con manual, lo cual tranquiliza enormemente las conciencias porque el torturador sólo debía seguir las indicaciones para obtener una tortura ajustada a la legalidad, sin caer en ninguna merma de derechos humanos u otras zarandajas aireadas por quienes no hacen sino poner pegas al normal desarrollo de los países desarrollados. Y, aun más, a los imperios. Pongamos, por poner un ejemplo claro y sutil, que el torturador se lía a dar palos en las costillas del torturado. Llegado un momento, la víctima entiende que recibe más de lo estipulado y reclama el manual: Señor torturador, haga el favor de mirar qué pone en el apartado "palos en las costillas".El tipo consulta el manual y, efectivamente: Me ha pillado, aquí está, son tandas de a veinte y me he excedido en cuatro palos. Usted verá, o le hago una rebaja en la picana o le traigo el libro de reclamaciones.En cuatro días, ese torturador, suspendido de empleo y sueldo por un mes, como mínimo, será el oprobio de su barrio y hasta los niños podrán decir a su paso: Ahí va John, un torturador que no respeta el manual, una vergüenza para nuestra patria. ¿No es maravilloso el escarnio?

Algunas recomendaciones del manual de la CIA aconsejaban abofetear con la mano abierta, lanzar al detenido contra una falsa pared, obligar a adoptar posiciones estresantes, humillar, despojar de la ropa, asfixiar hasta cierto punto. La tortura de manual no requiere sino seguir paso a paso el procedimiento: se vierte agua sobre la nariz del torturado, quien, con la boca tapada, se ve imposibilitado para respirar. Si se atiende al manual, como manda la letra, en su espíritu y praxis, el torturado no se ahogará nunca, porque bien se estipula con detalle la cantidad de agua a verter y las pausas obligadas, hasta se especifica la distancia del chorro -30 centímetros- a la nariz. Quitar la comida e impedir que el prisionero duerma es una tortura que, sin manual, tendría un resultado irreversible, por eso se concreta en que el tope son siete días y pico para dejar a una persona sin dormir, exactamente 180 horas. Así, a los siete días y medio, un torturador ya sabe que debe parar e irse a tomar unas cervezas con los amigos. Y no vale agarrase luego a excusas de mal torturador, como decir: Es que se me fue la mano, me sonó el móvil y me despisté, llamó mi mujer para ver si podía recoger yo a los niños. Nada de eso. El torturador de manual lo tiene todo controlado. Gracias al manual, la sesión queda encauzada hasta el último detalle, y así se indica, y debe hacerse caso, que un médico asistirá a la práctica de la tortura, por si corriera peligro la vida del torturado, que una cosa es torturar y otra muy distinta la barbaridad de liquidar sin que lo manden quienes mandan. Sin manual, esta supervisión fallaría y podría morir el detenido, lo cual sería nefasto: un torturador no quiere que su víctima muera, porque se puede hundir la provisión de materia prima y provocar el fin del oficio. Cuando un torturador es fijo, de plantilla, gusta poco de cambiar de empresa y menos aún si cuenta con el aprecio de sus jefes, auténticos perfeccionistas del trabajo bien hecho. Es, pues, un trabajo consolidado. Hay otros países bananeros que son unos inconscientes y se permiten torturar sin manual, de manera que muchos violentados se les quedan fritos en su mesa laboral. Deberían ser denunciados y llevados ante los tribunales. Todavía más: urge la edición de un manual de tortura globalizada y de obligado cumplimiento, para evitar que cualquier imbécil se ponga a hacer sus pinitos de tortura sin guía y sobrevenga una desgracia. Ese manual universal sería un bestseller en el próximo Día del Libro. En la contrasolapa podría figurar el Nihil obstat: Texto leído y revisado por la ONU con sus gafas de madera.

Desde luego, cuando las cosas se hacen bien, da gusto.

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