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LA CONTRACRÓNICA | TOÑO SANZ

La culpa es de los ciclistas

Para cuando el árbitro se enteró de quiénes eran los de aquí, los de allí ya le habían hecho anotar dos goles.

Actualizada Lunes, 9 de marzo de 2009 - 04:00 h.

J UNTOS, unidos, cercanos, casi apretados, los jugadores de Manolo Preciado parecen matrimonios de antaño: no se separan. El entrenador del Sporting ha debido de arengarles a lo Franklin (Benjamín, el del parararrayos; también conocido como independentista de las colonias americanas en lucha contra la corona inglesa), que advirtió, con sorna, a sus conciudadanos: "O nos mantenemos juntos o seremos colgados por separado".

Tanto si es para regresar al pozo oscuro de donde recién salieron, como si la ventura les lleva a renovar como muñecos de pimpampum para madridistas y barcelonistas, los jugadores del club gijonés funcionan en el campo como una sociedad regular colectiva: participando todos proporcionalmente de los mismos derechos y obligaciones, con responsabilidad indefinida.

En el Reyno comparecieron en plan viceversa, poniendo el azul donde Osasuna llevaba el rojo y a la inversa. No es de extrañar, por tanto, que al árbitro le costara hacerse una composición de lugar y que, para cuando se enteró de quiénes eran los de aquí, los de allí ya le habían hecho anotar dos goles en el borrador del acta. A partir de ahí, el hombre se portó como debía: les pitó un penalti, les anuló un gol y les refrenó el ímpetu con alguna que otra tarjeta. Y tanto les refrenó el ímpetu que los gijoneses dieron un recital de pérdidas de tiempo (sin pagar copyright ni nada a los rojillos) y, en justa réplica, pudimos ver a Roberto sacando de puerta como una centella y a los delanteros rojillos haciendo de recogepelotas para el cancerbero de los gijoneses. Vivir para ver.

Ante tesituras como la de ayer, sólo cabe recurrir a los clásicos. Joseph Roth decía que "no hay en el mundo compasión suficiente que baste para comprender la desgracia de un desdichado" y no seré yo quien trate de comprenderla. Me conformo con un culpable y Roth, siguiendo la corriente de su época, me da dos: "Los judíos y los ciclistas tienen la culpa". Así que, como aquí no hay judíos, haríamos bien en seguir persiguiendo a los ciclistas.

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