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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Dinero bajo el colchón

Lana es pelo de oveja, pero también se conoce así la pasta gansa, y eso es, pasta gansa, lo que daba consistencia a un colchón requisado por el juez. Los 160.000 euros debían de cardar una lana de primera.

Actualizada Domingo, 8 de marzo de 2009 - 02:13 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

A YER miré debajo del colchón y no encontré nada. No sé qué esperaba, yo, que ni soy alcalde, ni concejal de urbanismo, ni me han invitado nunca a una cacería, quizá es que, en este país, nacemos ya de fábrica con el tic (de echar la mano) puesto. Mal me está decirlo, pero debajo del colchón, cuando viví solo por culpa de la soledad (obvio), palpé la inutilidad de ese espacio -buscaba un calcetín rebelde- y encontré unos bolos de pelusa de concurso.

Eso es lo que yo he sacado de debajo del colchón. ¿Qué debe de sentir uno durmiendo sobre 160.000 euros? A mí me daría una pereza enorme levantarme, estoy seguro, porque ya me la da sin tenerlos y, además, pensaría: A santo de qué voy a abandonar la calidez de mi rica cama con esta pasta amortiguando mis costillas. Bueno, tal vez me respondería: Para ir a por más pasta, imbécil, y hacer más mullido el colchón de tus sueños. Digo yo que el colmo de alguien que se acuesta sobre un muelle de euros debe de ser soñar que es pobre. Ya me ha sucedido, ya, eso de soñar que uno es pobre, o sea, más, y no se pasa bien. En los sueños te mueves como flotando y no acabas de asentarte ni para dar un puñetazo en la mesilla y decir aquí estoy yo, se acabó el mal rato, puede que sea porque allí no estás tú, sino una especie de fantasma tuyo que va por libre. Bueno, pues, cuando eso ocurre, produce una sensación muy agradable despertarse y comprobar que tu precariedad no es tan alarmante, que, además de la hipoteca y otros agujeros, tienes un curro, unos amigos, una familia. Sí, vale, también una familia, nadie es perfecto. Pero este alcalde... qué alegrón, revolverse, todavía con los efluvios de la pesadilla lamiéndole el cerebro y meterle mano al colchón para acariciar ese paquete bien cebado de euros. Luego, ducharse, tranquilo, y emprender la jornada con la intención de seguir alimentando los bajos instintos de su cama. Engaña este alcalde de Alcaucín, tiene cara de buena persona, no da el perfil de otros chorizos aparecidos en el magma de plasma y cristal líquido. Como ese fotograma que muestra al rozagante de pantalón rematado en medio tubo y unos pelos plateados, hueros de aristocracia; personaje de frac encajado entre el empaque y la displicencia de quien se sabe un chulo de diseño; va con el regusto aún vivo del Châteu Pétrus, a unos 100 el regüeldo, lleva el mentón pronunciado, un mascarón de bergantín (pirata, por supuesto). El conspicuo acaba de echar la firmita a una boda del siglo que, a este paso, va a hacer historia, y se mueve con una soltura de morro que da pánico sólo pensar en verlo venir de frente... No, este alcalde, más bien tirando a orondo de panceta y chicharrones, parece un abuelo apacible del parque, preocupado por el nieto, no da la talla visual de quienes se lo llevan crudo. Encima, pluriempleado, apareció el otro día dándole al cante jondo y quejándose de la pena, la pena amarga con la que siempre nos retuercen el espíritu los cantaores, y no se sabe si es la misma pena repartida entre todos los turistas o cada cual lleva la suya. ¿Cuál sería la de este hombre? Si ya tenía el colchón y el riñón cubiertos, ¿de qué se quejaba? A mí sí me da cierta pena él, porque ha cometido el error de su vida, un fallo de procedimiento, y eso aquí, donde prima la anécdota sobre lo esencial, no se perdona fácilmente. El personal es crítico con los que hurtan a manos llenas, pero sobre todo es extremadamente ácido con los que rozan el ridículo y, en lugar de disponer de una ingeniería económica intrincada, dejan ver las costuras abiertas y reventadas del zacuto por debajo de la cama. El colchón es el altavoz de los escondites, el mismo Torrente hubiera mirado ahí. Yo también me quejo de estos maleantes sin escrúpulos, aunque siempre me ha corroído la duda de si seré todo lo honrado que presumo, me queda por pasar la prueba del nueve para despejar cualquier sombra y legitimar mi derecho al repudio de los randas. No he tenido oportunidad de robar a destajo, como estos sinvergüenzas, para concluir en si soy o no como ellos, y eso es algo que voy camino de no saberlo nunca: nadie pone grandes cantidades de dinero a mi alcance (ni pequeñas). Pero este alcalde -decía- la ha pifiado bien al añadir a su pecado la cutre complicidad de un colchón, cuando las computadoras disponen de programas para tontos con los que abrir una cuenta secreta en las Caimán. Eso lo crucificará, entre el chascarrillo y la chirigota. Porque en este país debe de haber, según la teoría del iceberg, un montón de agiotistas de guante blanco, con sus esloras infinitas, sus ternos marinos, las amantes colgadas de sus saldos y hasta alguna obra de caridad (quieren este cielo y el otro). Y en medio de esa secta elitista de mangantes, surge un arquetipo anclado en un atrezzo de Sierra Morena, cuya tecnología punta no pasa de embutir el botín entre las rayas de un colchón. Si prescindimos del delito, un clásico entrañable.

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Comentarios
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  • Es cierto, otra cosica son los corruptos del PP en Valencia que son más sofisticados, con cuentas en paraisos fiscales y con cara de "malotes". Estos rojos son paletos hasta para mangonear. Y esas artes de Correa que incluso amenazó a Rajoy con un video en el que llamaba viejo a Fraga para seguir mangoneando impunemente.Estos malotes si que saben cardar la lana y ahora eclipsarán con su fama al alcalde con cara de buena persona.Decentedeaqui
  • Es una verdadera vergüenza y habría que colgarlo alto y corto: POR HABER SIDO COGIDO CON LAS MANOS EN LA MASA! ya que en nuestros políticos es "todo un arte"!, siendo todos inocentes.RG

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