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MÚSICA | FERNANDO PÉREZ OLLO

LPO, maravillosa

Actualizada Miércoles, 28 de enero de 2009 - 04:00 h.

U NA encuesta reciente e internacional entre críticos sobre las mejores orquestas del mundo ha merecido la reticencia general porque, entre otras curiosidades, ha dejado de lado a las orquestas londinenses. Concertgebouw y las Filarmónicas de Berlín y Viena son, sin asomo de duda, instituciones sinfónicas señeras, pero dejar fuera de las diez primeras a las de la capital inglesa y a algunas americanas, da que pensar.

Anteayer llegó al Baluarte una de las cuatro o cinco londinenses grandes, formada en 1932 por un director legendario, sir Thomas Beecham (1879-1961), que también creó la Royal Philharmonic, en 1947. Legendario -¡cómo ignorar "La Bohéme" con Victoria de los Ángeles y Jussi Björling, por ejemplo!- y humorista. Celebraba sus 70 años, le llovían telegramas del mundo entero y repitió una boutade: "Y de Mozart, ¿nada?". Prodigaba tales salidas. Cuando le invitó a dirigir la Philharmonia que acababa de fundar, Walter Legge se olvidó de negociar las condiciones económicas. Luego el sir acotó: "No quisiera estropear el placer de haber dirigido a sus músicos haciéndomelo pagar. Pero aceptaría a gusto un buen puro".

La LPO y Alsop dieron una maravillosa y honda lección de música orquestal. Hicieron un Strauss transparente, ingrávido, luminoso, algo muy infrecuente en el autor y en la obra interpretada. No hubo ni un gramo de pesadez, de grosor instrumental, de sonoridades opacas. Una versión deslumbrante, fiel al título original del poema sinfónico -Till Eulenspiegels lustige Streiche-, que no anuncia al personaje popular, sino sus "alegres travesuras", con un deje malicioso, sarcástico y a la vez doloroso. Una exhibición de técnica y de calidad, desde la trompa solista inicial, exacta e impecable, a cualquier otra intervención individual, a la flexibilidad dinámica y la fluida articulación de los episodios, chirriantes entre sí, porque Till paga sus fechorías y Strauss pretende un realismo cruel, que pone en la partitura su dosis intensa de dramatismo. Versión estupenda, que cuidó esas sutilezas tímbricas, numerosas y nunca superfluas, sólo posible con una plantilla de alta calidad en todas las familias instrumentales -¡qué metales, qué maderas, qué cuerda!- y una batuta segura, atenta, directa, eficaz, dominadora, sin gestos gratuitos u ornamentales.

Lo mismo cabe decir, rasgo a rasgo, respecto a la suite de Stravinski, con un añadido: los cinco números -que demuestran la asimilación de Wagner, Scriabin, Rimsky y Debussy por el joven autor, para crear una música propia- resultaron admirables por la precisión, la energía volcánica, la riqueza y flexibilidad sonoras, pero dos merecen otra consideración: la "Danza infernal de Kastchei" y el final. Por razones diferentes. En la danza la orquesta exhibió una dinámica contrastada y minuciosa. El final, tan ruso, tan en línea con páginas inevitables, fue solemne, bruñido, redondo, pero en ningún momento apabullante. La plenitud no sonó excesiva, sino equilibrada y ajustada. Contra lo que parece inevitable, la sala no sufrió la reverberación a que nos tiene acostumbrados. Mentira parece.

El concierto de Brahms no comenzó bien.El tempo indicado, maestoso, quedó lento y pesante, desangelado y con fallos de ensamblaje, y los violines sonaron agrios. Los dos primeros movimientos acusaron esa lentitud y corta interiorización en el joven solista, que en el allegro final impuso desde el primer ataque otra velocidad. Ahí Biss lució su apreciable virtuosismo técnico.

Tarde gloriosa, con programa exigente y orquesta memorable.

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Jonathan Biss, piano, y Marin Alsop, directora, anteayer, con la London Philharmonic. JAVIER SESMA


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