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Colapsados por la ilusión

"Cientos de personas que fueron a ver a Obama quedaron atrapadas en una jaula perfecta de controles policiales y verjas metálicas"

Actualizada Miércoles, 21 de enero de 2009 - 04:00 h.
  • JAVIER LESACA . WASHINGTON

LAS masas tomaron Washington por primera vez en la historia y el resultado fue desconcertante. La avalancha de "obamistas" y unas medidas de seguridad sin precedentes, provocaron que, para miles de ciudadanos, el sueño del juramento del 44 presidente acabara convertido en una sublime encerrona. No bastó con madrugar a las seis de la mañana.

A esa hora, miles de personas se arremolinaban frente a las verjas metálicas que daban acceso a la decena de puntos de seguridad que permitían entrar al Mall y a la calle Pensylvania. No importaba el madrugón, tampoco los dos grados bajo cero, ni siquiera permanecer casi cinco horas en un enjambre humano, que sólo se había visto con anterioridad en la plaza del Ayuntamiento el 6 de julio a las 12 del mediodía. Cinco horas de empujones, pisotones, alientos en el cogote, niños llorando, y un frío que cortaba la respiración y paralizaba los dedos de los pies. A las ocho se abrieron las vallas metálicas de las puertas de seguridad. A esa hora, uno a uno, cientos de miles de personas cruzaban los arcos de seguridad y los minuciosos cacheos. Uno a uno. A las doce del mediodía (las seis de la tarde en España), cuando el presidente Obama finalizaba su juramento, miles de personas aún trataban de cruzar, con paciencia, resignación y bastante frustración, las vallas metálicas y los controles policiales.

Para ese momento ya se había comprobado que todas las expectativas se habían desbordado y que EE UU realmente había cambiado: masificación, histeria y ciudadanos estadounidenses empujándose contra vallas de metal por ver a su nuevo presidente. De pronto, la cuna del estado liberal, el país que presumía de las libertades individuales y de la indiferencia hacia la Administración, estaba sumido en un estado de éxtasis colectivo por ver al nuevo líder y por dar la bienvenida a un nuevo gobierno y una nueva burocracia. Ver Washington tomado por la policía y las masas producía una serie de sentimientos encontrados, pero, sobre todo, de estupefacción y desconcertante asombro: no hay duda de que Obama ha comenzado una nueva era y lo ha hecho de forma espectacular y abrumadora.

No acabaron las complicaciones tras el discurso del recién elegido presidente. De hecho, para muchos, el final del speech inaugural supuso el comienzo de una nueva desventura. Debido a la cantidad de gente que abarrotaba el Mall, las autoridades decidieron cortar todos los accesos con la calle Pensylvania. De esta manera, cientos de miles de personas que se encontraban en esta calle quedaron atrapados en una jaula perfecta de controles policiales y verjas metálicas. Todos atrapados, sine die, entre el fervor obamista. "¿Cuándo podré salir de aquí? Llevo seis horas y sólo quiero irme a mi casa?", preguntaba molesto un ciudadano afroamericano. "Tendrás que esperar, al menos, otras dos horas", le respondía un miembro de los servicios secretos, que dada su ostentonsa demostración de armamento, poco tenía de secreto. "No os creíais que iban a venir cuatro millones de personas. Pues ya lo habéis visto. Lo habéis desbordado todo. Ya tenéis lo que queríais", respondía otro agente entre las sonrisas de sus compañeros.

Obama ha revolucionado EE UU, provocando demostraciones de apoyo popular desconocido hasta ahora, y para las que este país ni estaba acostumbrado ni preparado. Por delante tiene 4 años de trabajo para evitar que las masas acaben volviéndose en su contra. Yo me conformo con que las fuerzas del orden me permitan regresar al final del día. De momento, sigo atrapado entre la obamamanía.

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Cientos de miles de personas siguieron la toma de posesión de Obama en la explanada del Mall, en la capital de EE UU. REUTERS


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