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POLITICA

Cien años de tren en Pueyo

Pueyo celebró ayer el centenario de su apeadero. Aunque lleva cerrado desde 1992, en su día fue un gran logro para el pueblo. La llegada del tren unió a Pueyo con el mundo.

Actualizada Domingo, 18 de enero de 2009 - 04:00 h.
  • TERESA VILLAVERDE . PUEYO

CUANDO era joven bajaba de Pamplona a Olite en el coche del amor y subía en el tren que pasaba por Pueyo", recuerda, bromeando, Juanjo Antoñanzas Mateo. Conoció a su mujer en el año 70. Ella era de Olite y él cogía un autobús en Pamplona para poder verla. "A la vuelta, en el tren, le escribía cartas de amor", confiesa entre risas. Tiene 60 años y es de los que utilizó el tren cuando todavía paraba en Pueyo.

Ahora, la parada está en desuso, pero ayer, un centenar de vecinos se reunió allí para conmemorar sus cien años. Antoñanzas amenizaba el aperitivo con su acordeón mientras Blas Pascual Navarro, de 70 años, le acompañaba cantando.

Aunque ninguno de los dos es de Pueyo, acudieron al centenario para acompañar a su amigo Andrés Morillas Hernández. Este pamplonés y su mujer alquilaron a Renfe, hace cinco años, la casa de la estación para pasar allí los fines de semana: "Aquí nos reunimos todos los amigos para comer migas por lo menos dos o tres veces al año", cuenta Morillas. Gracias al cuidado de este matrimonio, la estación lucía ayer tan bien cuidada como el primer día. Se inauguró el 1 de enero de 1909. "En los 60 podíamos ir a Tafalla a divertirnos, a comprar...", rememora María Luisa Jiménez, de 56 años. Esta vecina de Pueyo vivía en la casa que está junto a la vieja estación y cuenta que, cuando tenía 18 años, su padre era quien recogía la correspondencia que llegaba en el tren y la repartía por el pueblo. "Además, era el guarda de las mercancías que se traían en el tren o que se iban a cargar", añade su hermana, Mari Paz Jiménez, de 54 años. Paja, vino y remolacha eran algunos de los productos que los vecinos de Pueyo vendían a otros pueblos y cuya labor se facilitó con la llegada del tren.

Aurelia Hualde Plano, de 77 años, recuerda que, cuando de joven iba a Estella, el viaje costaba un real. "Íbamos en el tren de las 5 y volvíamos andando porque no teníamos dineros. Y si sacabas la cabeza por la ventana te quedabas negra de la carbonilla", apunta. María Luisa Jiménez, sin embargo, no se resignaba a volver andando: "Nosotras, cuando no queríamos pagar nos metíamos al baño hasta que llegábamos a Pueyo. A veces volvíamos en el mixto de las 10, que siempre llegaba tarde porque se paraba a mitad de camino, en una cuesta que no podía subir de lo lento que era". Fue esta lentitud la que hizo que bautizaran al tren como el escachamatas: "No podía correr, porque para cuando cogía velocidad, ya tenía que hacer otra parada", cuenta Antoñanzas. "Iba tan lento que te podías bajar, escachar las matas que hubiera y volver a subir", añade. El tren que pasó ayer no paró en la estación, que se cerró el 24 de mayo de 1992, pero encontró a todo el pueblo reunido para saludarlo. Así, el centenario apeadero volvió a ser lo que fue en su día para María Luisa Jiménez: "Un lugar donde encontrarse con la gente".


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