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Se cumplen 50 años de la muerte de Cecil B. DeMille

Fue el impulsor del cine en sus inicios y a él se debe considerarlo como el séptimo arte

Actualizada Domingo, 18 de enero de 2009 - 13:53 h.
  • AGENCIAS. Madrid

"Dadme dos páginas cualesquiera de la Biblia y con ellas haré una película", decía Cecil B. DeMille, el tiránico cineasta que en el Hollywood primerizo levantó faraónicas superproducciones como "Los diez mandamientos" y fundó la estatuilla más famosa de todos los tiempos: el Oscar. Cuando el cine nació, hubo unos años en los que nadie sabía si estaba llamado a ser una rareza de los salones de óptica o un verdadero entretenimiento para masas. Directores como Cecil B. DeMille, que falleció el 21 de enero de 1959, exploraron las posibilidades del nuevo medio y posibilitaron que se convirtiera en el ahora llamado séptimo arte.

Pero, como en las antiguas civilizaciones que plasmó en sus películas, el realizador de "Los diez mandamientos" -tanto la versión de 1923 como la de 1956- y "Sansón y Dalila" (1948) aplicó un estricto sistema casi esclavista basado en la siguiente máxima: "Estáis aquí para complacerme. Nada más en la Tierra importa".

Así, cuando no había efectos especiales, hizo rodar a Gloria Swanson, uno de sus grandes descubrimientos, una escena con un león de verdad sobre su espalda en "Macho y hembra" (1919), y obligó a todo el reparto de "El mayor espectáculo del mundo" (1952), por la que por fin ganó el Oscar a la mejor película, a desarrollar habilidades circenses como acrobacias o funambulismo.

El cineasta, en la tercera edad de su carrera, por fin conseguía la estatuilla que él mismo, entre otros miembros fundacionales de la Academia de Hollywood, cuando en 1927 se reunieron las 36 personas más influyentes de la industria para premiarse a sí mismos.

En aquella época, DeMille había desarrollado ya una muy prolífica carrera en el cine mudo, para el que retrató en medio de extravagantes escenarios epopeyas como "Juana de Arco" o "Rey de Reyes" (1927), la adaptación de la vida de Jesucristo en la que obligó a sus actores a llevar una vida sin actos "antibíblicos" como salidas nocturnas o juegos de azar.

Hay que reconocer, no obstante, que Cecil Blount DeMille -nacido en Ashfield, Massachusetts (EEUU) el 12 de agosto de 1881- mantenía ese mismo nivel de exigencia para sí mismo, lo que le aseguró la actividad y la eficacia hasta el final de su vida.

De hecho, cuando realizó una segunda aproximación a "Los diez mandamientos" en 1956 -de su primera película, "The Squaw Man" (1914) haría dos versiones más-, sólo interrumpió una semana el rodaje tras sufrir un ataque al corazón, que le sobrevino después de subir 130 peldaños para las tomas una de las escenas.

Tenía 75 años y consiguió el mayor éxito de la historia de la Paramount hasta entonces, su estudio de toda la vida. Pudo proclamar, de nuevo, otra de sus máximas: "El público nunca se equivoca". Tres años después falleció sin poder llevar a cabo su siguiente y también mastodóntico rodaje.

Menos sabido es que DeMille también posee una Palma de Oro del Festival de Cannes por "Unión Pacífico" (1938), aunque siempre fue más reconocido por los amantes del entretenimiento -la primera película que vio Steven Spielberg fue "El mayor espectáculo del mundo", cuando tenía cuatro años- que por los puristas del rigor histórico.

Sin embargo, los egipcios le recibieron con honores en el rodaje de su última película después de lo bien reflejados que se habían sentido en el filme "Las cruzadas" (1935). "Trataste tan bien al mundo árabe que puedes hacer en nuestro país lo que quieras", le reconocieron.

Él era, en definitiva, la síntesis de la propia industria. Déspota, patriota y sumamente trabajador. Moralista por un lado -como se ve en "Policía montada del Canadá" (1940)- y erotómano por otro -famosos eran sus vestuarios femeninos para "Cleopatra" (1934) y tardó tres semanas en rodar una de las orgías de "Los diez mandamientos".

Así, Billy Wilder, cuando quiso retratar cáusticamente a Hollywood en "Sunset Boulevard" (1950), le hizo interpretarse a sí mismo y le regaló, al otro lado de la cámara, otro motivo para pasar a los anales del cine, cuando Gloria Swanson, desquiciada pero resplandeciente, deliraba: "Está bien, señor DeMille, estoy lista para mi primer plano".


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