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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Kramer contra Kramer

Tengo un problema que me quita el sueño de un tiempo a esta parte, y no me pregunten de qué parte hablo. Yo preferiría que fueran dos los problemas, pero no hay manera, es uno solo. Y lo peor: soy yo.

Actualizada Domingo, 18 de enero de 2009 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

H E comenzado el año muy harto de mí mismo. Intento superarlo, pero no me está resultando nada fácil, no me ayudo lo necesario. A fin de cuentas, no en vano llevo toda la vida conmigo, y eso es mucho llevar.

Baste decir que nací junto a mí, crecí unido a mí y me he hecho adulto inseparable. Ahí está el problema, en cinco palabras del maestro de Ubrique: in-se-pa-ra-ble. Las he pasado de todos los colores y he discutido lo mío, pero temo que, de seguir así, un día cercano pase a mayores. Mientras el desencuentro sea literario -no faltarán quienes lo tachen de mental- vale, pero en llegando a lo físico., no sé., vértigo me produce.

He tratado de analizar el porqué de verme abocado a esta situación lamentable y no veo otra razón que la dura convivencia, tan cercana, tan pegada como el pegamento. Imaginen: si voy de viaje, debo ir conmigo; si me da por la soledad, ahí estoy, conmigo; si encuentro compañía, me ocurre igual; si busco intimidad, nada que hacer., haga lo que haga, siempre estoy conmigo mismo. Mal rollo. Porque, digo yo, si el resto de la gente con la que mantengo una relación más o menos estrecha está de mí hasta el moño, ¿qué no voy a estar yo de mí mismo, tanto tiempo y tiempo a mi lado?

Lo peliagudo del caso es que no le veo solución. He pensado en separarme, sería lo mejor, dado que no puedo vivir así, conmigo, pero nadie sabe indicarme cómo debo cortar la relación: abogados especializados en hacer trizas parejas de hecho, y alguna de cohecho, me aseguran que lo mío es un caso raro, sin jurisprudencia. ¿Raro? ¿Me van a hacer creer que todo el mundo se lleva bien consigo mismo? No soy idiota, me fijo y veo a la gente que habla para adentro, discute, se enfada, se tira de los pelos, se mete de todo contra sí, etcétera. ¿y ésos no quieren romper con ellos?, ¿les va la marcha o qué? El colmo fue el otro día, cuando un señor letrado, que él sabrá qué derecho le asiste para ostentar conocimientos médicos, me apuntó que mi caso podía ser de psiquiatra, de doble personalidad. Ya le respondí, airado: ¿Y me lo dices tú, especialista en defender lo mismo a vulgares chorizos que a respetables ladrones, a violentos agresores que a falsos agredidos, a tirios y troyanos? ¿Cuántas personalidades tienes tú para tomarte esas licencias y, encima, con las mismas leyes? Lo tuyo sí es de mirárselo bien, de congreso de psiquiatras, so listo. Eso le dije. Porque ésa es otra: pides ayuda a cada cual según sus presuntos saberes y te salen por ignorantes peteneras: si es abogado, se remite a la medicina; si es político, se descubre como un milagrero compulsivo; si es periodista, entiende de todo; si es fontanero, te arregla un enchufe mientras gotea el grifo. Hasta he visto timadores dando charlas sobre la honradez como valor irrenunciable.

Si al menos no me viera esa cara., si pudiera romper todos los espejos., es mirarme y ponerme malo. El otro día me acerqué al escaparate de una tienda -acababa de discutirme- con el fin de observar el género. Era una pastelería. Pues bien, allí, entre una tarta magenta y unos estúpidos dulces minimalistas, aparecí yo en el cristal, como con cara de arándanos caramelizados, subidos de tono, recios de enfado. ¡Qué rabia sentí! ¿Es que no puedo ni siquiera recrearme en una pastelería cursi sin verme reflejado? A este punto he llegado, a esta situación de imposible convivencia.

Ayer, finalmente, logré entrar en la pastelería y tras un amago de reñir con cualquier excusa banal -cuestioné si los cuernos del cruasán serían cosa de la ensaimada-, pedí un poleo menta, y lo cuento para que vean a qué extremos de deterioro he llegado. ¿Poleo menta?, he visto salir huyendo a gente hacia el extranjero con amenazas menores. En fin, por no encabritarme más conmigo, transigí con aquel bebedizo y comencé a dialogarme. Nada que ver, no se confundan, con los monólogos de gente deschavetada. Reconocí que así no podíamos seguir, y fue ese plural, podíamos, lo que me hizo ver la luz: si éramos dos, la separación podría conseguirla hasta un abogado que entendiera de medicina. Pagamos -ya podía decirlo así- y nos fuimos los dos yos, yo y yo, seguros de haber resuelto el problema. Mañana mismo, sin falta, nos personaríamos en un bufete de leguleyos disolventes.

Amaneció el día siguiente -hasta la fecha, siempre amanece el día siguiente-, pero todos los planes fueron un terrible fracaso; la maldita hierba servida en tetera inoxidable, prácticamente de ferretería, me deparó una noche de pesadillas, y cuando quise conectar de nuevo con el otro yo, no apareció. Sólo estaba yo solo. Y cabreado, sin poder soportarme. No sé qué voy a hacer, estoy muy harto de mí mismo. Temo que me llegaré a las manos, pero ya intuyo que alguien saldrá perdiendo.

Y me da que seré yo.


Comentarios
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  • señor zudaire, es usted el mejor articulista de todo el diario de navarra, y con diferencia, por los contenidos y por lo bien que escribe... enhorabuenaiñaki ziordia
  • Que gran articulo, y que razon tienes! cuantas veces nos cansamos de nosotros mismos...suave
  • Paquito ¿has intentado ponerte una careta? ,pero por favor no dejes de escribir los domingos que te leo todos , Un navarro en MadridRafa

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