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MILLÁS Y EL MUNDO | JUAN JOSÉ MILLÁS

Tolerancia y adicción

Actualizada Lunes, 29 de diciembre de 2008 - 04:00 h.

Nadie se siente verdaderamente poderoso hasta que se pone al margen de la ley. El coche oficial está bien, quién dice que no. Un ejército de subsecretarios o directores generales atentos a todos tus deseos gusta a cualquiera, claro. Comer gratis cada día en los mejores restaurantes es, cómo negarlo, una delicia. Viajar en primera a costa del presupuesto del Estado produce cosquillas en el vientre, esa es la verdad.

No hacer cola en el cine, en la pescadería, en la ópera o en el mostrador de facturación de Iberia es fantástico, sin duda, pero no llena, no mata el hambre de poder que nos constituye. Que al llegar a casa estos días tan señalados encuentres el recibidor lleno de cestas de Navidad enviadas por personas que te deben favores, o que aspiran a debértelos, sacia momentáneamente las necesidades del ego propio y del familiar. Qué importante es mi padre, dicen los hijos. Qué potencia, la de mi marido, piensa la esposa. Qué suerte la de mi vecino, comentan los del tercero A.

Pero el poder, como la mayoría de las drogas (y de los fármacos), crea tolerancia y adicción. Llega un punto en el que todo lo enumerado más arriba sabe a poco. Se necesita más. Y no hay expresión de poder semejante a la de vulnerar las leyes desde el mismo lugar desde el que se deberían aplicar. ¿Y si aceptara dinero en vez de cestas de Navidad? ¿Y si creara una policía paralela, al margen de la ley? ¿Y si mandara construir en el cuartel un sótano especial para torturar a los detenidos? ¿Y si empleara los fondos reservados para regalar joyas a las esposas de mis subordinados? ¿Y si aplicáramos a este juez (al fin y al cabo, un colega) una condena leve, aunque su falta haya sido grave? ¿Y si permitiéramos a los EE UU transportar presos ilegales por nuestro territorio?

Eso es poder, tío, lo demás son bagatelas (qué rayos querrá decir bagatelas). Por otra parte, a poco talento político de que se disponga, siempre está la coartada del bien común, del sacrificio personal, de los intereses del Estado. Vamos a ver en qué acaba todo esto, pero los espectáculos de demostración de poder a los que estamos asistiendo en las postrimerías del año ponen los pelos de punta.


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