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CUENTO GANADOR INMACULADA SANTOS

El rincón de las mentiras

Actualizada Viernes, 12 de diciembre de 2008 - 04:00 h.

S ÓLO quería un café. Encontrar un lugar tranquilo, lejos del bullicio del centro de la ciudad, sentarme a solas en un rincón y disfrutar de un café con leche, caliente, muy caliente, en el que poder zambullir mis quebraderos de cabeza y con el que sacudirme el frío de aquel crudo invierno. Pero eso fue antes de perderme en el laberinto de calles del barrio gótico.

Caminando sin rumbo llegué hasta la catedral, y desde allí decidí seguir por la entrada lateral y visitar el claustro, pero como estaba cerrado, bajé por la primera calle a la derecha hasta llegar a una pequeña plaza. Una vez allí, me adentré en un callejón oscuro y estrecho con un fuerte olor a orines, que después de cinco minutos de zigzagueo interminable desembocó en otra callejuela aún más estrecha y sin salida. Al final, tan solo una verja de hierro forjado enorme y oxidada.

Dicen que la curiosidad mató al gato, pero siempre he pensado que al menos el pobre animal debió de irse de este mundo con la satisfacción de haber muerto buscando una respuesta. Así que sin pensármelo demasiado, avancé despacio y empujé ligeramente la reja, que se abrió entre algún que otro quejido sin apenas mostrar resistencia. Ante mis ojos se abrió un patio con unas escaleras al fondo que conducían a una especie de pequeño palacete con ventanas de arco ojival. En el centro, el agua brotaba de una pequeña fuente redonda que se veía desde todos los puntos del porche de columnas. Y, entonces lo vi. Al fondo, bajo el porche, entre columna y columna se encontraba la entrada de una vieja tienda que me pareció de antigüedades, y en cuyo rótulo de caracteres góticos rematados con filigranas podía leerse:

El Rincón de La Verdad

Pero no fue el nombre lo que llamó mi atención y me animó a seguir avanzando hasta la misma puerta, sino un cartel, bajo el dintel, que decía:

"Compra, venta e intercambio.

Mentiras a 3 euros".

Sin apenas darme cuenta estiré del pomo de la puerta y me dejé conducir hasta el interior. Un hombre enjuto y calvo me miró fijamente desde el otro lado de un inacabable mostrador de madera invitándome a acercarme un poco más.

-Buenos días tenga usted. ¿En qué puedo servirla?

Se hizo un incómodo silencio mientras intenté sin éxito inventar una excusa que justificara mi presencia allí.

-¿Y bien?

-Buscaba un regalo -me apresuré a decir con la mayor naturalidad posible.

-Vaya. Le recuerdo que el vendedor de mentiras soy yo, y esa que usted me acaba de decir la tengo repetida. Pero bueno, se la compro por 25 céntimos... o mejor aún, se la cambio por una de éstas -dijo mientras depositaba sobre el mostrador una arqueta con la etiqueta "mentirijillas"-. Vamos, a qué espera, coja una y le enseñaré cómo funcionan. ¡Vamos, vamos, coja una, no importa cuál! -le oí susurrarme casi al oído a aquel anciano de ojillos azules.

Cada vez más asombrada metí la mano en aquel cofre, sin saber qué encontraría dentro. Y cogí una... una especie de burbuja de jabón, pequeña como una pelota de ping-pong, rellena de una niebla blanca.

-Bien, voy a hacerle una pregunta. Antes de responder, coja entre sus dedos la "mentirijilla" que acaba de sacar del cofre y apriétela hasta hacerla reventar. Luego responda. Ahí va la pregunta: ¿para quién es el regalo que busca?

Miré al anciano y pensé: "Vale, voy a decirle la verdad, que he entrado sólo por curiosidad, que en realidad quería saber cómo se pueden vender mentiras". Mientras pensaba en mi respuesta, seguí sus instrucciones e hice estallar aquella bolita entre mis dedos. Entonces. no pude controlarme:

-El regalo es para un amigo, es una persona muy especial y buscaba algo lo suficientemente interesante como para sorprenderle -las palabras brotaban de mi boca sin que mi mente pudiera controlarlas. ¡Estaba mintiendo sin querer! Me llevé la mano a los labios como intentando taponar la salida de aquella verborrea sin sentido, mientras tomaba aire.

-Para ser principiante, no está mal, miente usted con naturalidad -el hombre del mostrador me miraba divertido-. Ninguno quiere mentir, pero todos acaban picando. Vamos al grano, si usted ha llegado hasta aquí es sólo porque necesita una mentira, aunque no lo sepa, así que le sugiero que por una vez se sincere consigo misma e intente averiguar qué tipo de mentira necesita.

La verdad es que no era consciente de tal necesidad pero, teniendo en cuenta que apenas media hora antes estaba buscando un lugar en el que zambullir mis problemas en un café con leche. ¿por qué no intentarlo?

-De acuerdo. ¿Qué tipos de mentiras puede ofrecerme?

-Mentirijillas como las que ha probado, mentiras para salir del paso, medias mentiras. éstas no suelen ser recomendables, la mayoría de infidelidades empiezan por ahí... Ejem, hay también mentiras arriesgadas y conservadoras, mentiras para profesionales y para aprendices, con malas intenciones y con buenas. Dígame para qué la quiere y acabaremos antes.

-¿Tiene algún tipo de mentira que sirva para desenmascarar otras mentiras?

-Por supuesto, la mentira "boomerang".

-Pues, póngame una. y no hace falta que la envuelva. ¿Cuánto me va a costar?

-Eso depende de usted.

-¿A qué se refiere?

-Aquí la tiene -extendió su huesuda mano y depositó una de aquellas bolitas, esta vez rellena de mil colores, sobre la mía con tal suavidad que apenas noté su contacto-. Le costará tantas verdades como mentiras detecte. Por cada mentira, usted perderá un poquito de su propia verdad.

Ahora sí, sentí el tacto frío y suave de la bola en mi mano. Caminando de espaldas salí de la tienda pensando en aquellas últimas palabras sin dejar de mirar a aquel hombre extraño. Y ya afuera, desanduve el camino por el que había llegado hasta allí.

De eso hace ya algunos años, y desde entonces hasta ahora, haciendo uso de mi mentira adquirida logré descubrir las mentiras que otros tejían a mi alrededor, todo al desorbitado precio de perder mis propias verdades y convertir mi vida en una auténtica mentira construida a partir de las que me explicaban los demás. Ahora tengo una tienda pequeñita, aunque pronto tendré que ampliarla porque las mentiras empiezan a rebosar en las estanterías. ¿Que no me crees?

-Buenos días, jovencito. Has tardado en llegar hasta aquí. Pero, pasa, cierra la puerta y dime sin miedo, ¿qué tipo de mentira has venido a buscar aquí?


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