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LIBROS A PUNTA SECA FERNANDO PÉREZ OLLO

Un valle, Guesálaz, repasado desde dentro

Actualizada Jueves, 11 de diciembre de 2008 - 04:00 h.

E L autor es hijo del valle y en él ha vivido siempre, salvo los años de carrera eclesiástica en Pamplona. Vio la luz en Viguria y desde su ordenación (1952) ha ejercido en Esténoz y Arzoz. Sus paisanos y feligreses y la diócesis, supongo, se lo agradecerán sin homenajes, porque Isidoro Ursúa no demuestra debilidad por los actos oficiales.

Los que no somos de Guesálaz deberemos agradecerle los años entregados al Archivo Diocesano de Pamplona, que lo es gracias a su trabajo oscuro y tenaz, codo a codo con José Luis Tirapu, director de esta institución. En el Diocesano estos dos curas, sin olvidar sus ocupaciones pastorales, además de las lentas labores archivísticas, a mano, ficha a ficha y sin vacaciones, armaron las estanterías y hasta instalaron la electricidad. Si el Diocesano fuese un archivo de interés sólo eclesiástico, ya merecería mucha atención, porque la desmemoria histórica no podrá borrar unos siglos tan reales como cualquier maravilla natural o artística. Pero el Diocesano es un tesoro para la vida cotidiana e institucional de Navarra a lo largo de cinco siglos. A Sales-Ursúa les debemos que el Diocesano no sea un acumulo inútil.

Isidoro no sabe estar mano sobre mano. Aprovecha el tiempo. Trabaja las fuentes documentales, estudia la historia menuda de su valle y la da a conocer mediante libros breves y sustanciosos. Isidoro, sin el menor pujo literario, escribe como puede hablar cualquiera de sus vecinos. La diferencia es que nadie en Guesálaz puede contar lo que Isidoro, incluso en este libro, más etnográfico que histórico, dividido en dos partes y treinta capítulos. Describe el suelo y los accidentes, los balcones del valle y el paseo por el perímetro del valle, la toponimia vasca de caminos -68 nombres-, flora y fauna; el agua -pozos, fuentes y balsas, más el río- y las creencias meteorológicas, y pormenoriza la historia de Salinas, de San Pedraldea y del castillo de Oro. Los veinte capítulos de la segunda parte responden al subtítulo de la portada: son un vistazo al siglo pasado, las prácticas y costumbres, el refranero y la vida ordinaria a cualquier edad, los trabajos domésticos, agrarios y profesionales, la caza y las crudas miserias de los tiempos -estraperlo, harina, gasógeno, afiladores- y los grandes cambios de las cuatro décadas finales: carreteras, transporte y motorización, el champiñón, la indumentaria -la boina que desaparece y los pantalones femeninos que se imponen: algo más que una moda textil-, los cambios esenciales en la estructura familiar y el renacimiento de los pueblos. El autor dedica el capítulo final a los religiosos oriundos del valle notables por sus virtudes.

Las páginas van cargadas de datos y sorpresas. Los 139 pozos del valle, el tornado de 1933 sobre el recién construido embalse de Alloz, la historia del ferrocarril de Salinas o del puente de Muez -construido en 1785 por Fernando de Armendáriz, cantero de Muez-, la situación de los dieciséis pueblos respecto al río Salado -nueve a la derecha, siete a la izquierda-, los molinos harineros, cinco según Madoz, que transcribió mal algunos nombres de pueblos. Me parece notable el detalle de las balsas y fuentes de Iturgoyen fechadas en 1771: Equizaburua, por Francisco de Goñi, Arlausca, por Miguel Antonio de Mugueta, Bichirriain y San Miguel de Sacana, por Martín de Urrutia. Y la principal, encomendada a Juan Felipe de Urdiáin. Ésta aún recuerda, en la denominación popular, a quien la labró.

Ursúa sólo se refiere a cuatro despoblados -Neusol, Oro, Opacu, Zurindoáin o Zurundáin- y se desentiende de la etimología. En cuanto a los lugares que dejaron de estar poblados, hubo más que los citados, integrados en Irurre, Salinas, Arzoz y Garísoain. Son indudables Ariztia, entre Irujo y Muez, Zurbano en Iturgoyen, y Zuazu en Salinas, más el monasteriolo de Urriciaraga existente en 1179 en Iturgoyen. Zuazu no aparece ya en el Libro del Rediezmo, de 1268. En cuanto a San Pedraldea o de Zuganci, el autor aporta interesantes precisiones documentales. Quizá ese capítulo necesitase más desarrollo y puntualizaciones.

En lo que hace a las etimologías, Ursúa da por cierto que Guesálaz es *gesal + lats, es decir arroyo de agua salada. Caro Baroja, con buen juicio, ligó ese topónimo al río que recorre el valle, el Salado, pero si *gesal es indudable, el segundo elemento quizá no lo sea, pese a su presencia en Endarlatsa. Hace bien el autor en no indagar qué significan los nombres de los pueblos. Algunos resultan obvios -Iturgoyen, Vidaurre, quizá Lerate-, otros perpetúan antropónimos -Arguiñano, Arzoz, Esténoz, Garísoain, Muniáin-, pero al menos la mitad parecen dudosos o indescifrables. La toponimia ha sufrido una epidemia de etimología recreativa. Si ya Azkue abominaba de la etimología, la centrada en los nombres de lugares y accidentes geográficos provoca la risa. Así nos sucede con el Gatzaga inventado para Salinas por Altadill, que ignoró el Yaniz / Jaiz / Xaiz.

Ursúa cuenta lo que ha visto en los pueblos o en los archivos que frecuenta, eclesiásticos y civiles. Si todos los pueblos tuvieran los libros que, gracias a este cura, exhibe Guesálaz, cambiaría no poco nuestra pequeña historia.


Comentarios
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  • El Museo Diocesano es una fuente de riqueza patrimonial de Navarra, Sus archivos son imprescindibles para documentar la evolución de la población navarra y poseen documentos en algunas diócesis del siglo XV y XVI .Los documentos están perfectamente recogidos y catalogados. Los archiveros, en ese caso frecuentemente archiveras, son amables y profesionales . Una joya digna de ser potenciada y apoyada.Charo Fuentes

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