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MIGUEL URABAYEN

Frases de la Segunda Guerra Mundial

Actualizada Sábado, 29 de noviembre de 2008 - 04:00 h.

A LGUNAS frases relacionadas con batallas, campañas y guerras fueron recogidas y anotadas por los cronistas desde que existe la Historia escrita. Recuérdese la del rey griego Pirro, el año 279 antes de nuestra era, después de vencer a las legiones romanas en Asculum, sur de Italia: "Otra victoria como esta y estamos perdidos".

Plutaco la incluyó en sus Vidas paralelas y hoy día el adjetivo "pírrico", derivado directamente de ella, figura en el diccionario de la Academia Española.

Antes de comentar varias frases célebres de la segunda guerra mundial, me parece interesante citar, como prólogo, la que dijo el primer Ministro británico el 30 de Septiembre de 1938. Al regresar a Londres después de firmar con Hitler el vergonzoso e inútil acuerdo de Munich, Neville Chamberlain descendió del avión y fue rodeado por los periodistas. Alzando un documento en su mano derecha dijo que se había evitado la guerra. Y añadió que el acuerdo con Hitler significaba "paz para nuestro tiempo". Once meses después, Gran Bretaña estaba en guerra con Alemania. Desde entonces esa afirmación va ligada a su nombre como una placa que recuerda su gravísimo error al confiar en las promesas de Adolph Hitler

Churchill

El mayor autor de frases famosas durante los casi seis años que duró el conflicto bélico fue Winston Churchill, desde el mismo comienzo de su mandato como Primer Ministro del Gobierno británico. En su intervención inicial en la Cámara de los Comunes advirtió sobre los malos tiempos que esperaban a Inglaterra: "No tengo nada que ofrecer salvo sangre, sudor y lágrimas". Y acertó en cada uno de sus términos.

Eso fue el 13 de mayo de 1940. Un mes después, con Francia, Holanda y Bélgica invadidas y dominadas, la lógica parecía indicar que como esperaba Hitler el gobierno inglés buscaría alguna especie de armisticio para evitar la invasión del poderoso ejército alemán. Existían políticos e intereses británicos que se inclinaban por esa solución.

Pero el Primer Ministro veía muy clara la actitud que debía adoptarse. Y lo dijo en uno de los mejores discursos de su vida: Un fragmento describe con elocuencia la firme voluntad de resistir la invasión: "Lucharemos en las playas, lucharemos en los lugares del desembarco, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas. No nos rendiremos jamás".

La invasión no se produjo. La Lutfwaffe de Goering no logró derrotar a los cazas británicos y a esa victoria de sus pilotos aludió Churchill una vez pasado el verano de 1940 con una frase muy citada: "En el campo de los conflictos humanos, nunca tantos han debido tanto a tan pocos" Es algo rebuscada, pero muy exacta porque solo unos dos mil pilotos evitaron que los aviones alemanes dominarán los cielos británicos y del Canal. Sin ese dominio no podía haber invasión. Y hoy día los ingleses llaman a todos aquellos jóvenes aviadores The Few, "Los pocos".

Otra de las frases churchilianas, breve y original, fue la que resumió el significado de la invasión angloamericana de Marruecos y Argelia en noviembre de 1942. "No es el principio del fin -dijo- pero sí el fin del principio". Y así fue. A partir de ese mes los aliados empezaron a atacar en todos los frentes.

En el occidental, el norte de África fue ocupado. Después, los ejércitos angloamericanos desembarcaron en Sicilia, Italia y finalmente Francia. En el frente soviético, noviembre de 1942 vio el inicio de la contraofensiva rusa en Stalingrado que, en 1943 y 1944, llevaría al ejército rojo hasta las fronteras de Alemania. Al otro lado del mundo, en el Pacifico, el largo duelo con los japoneses en Guadalcanal terminó con la victoria americana y desde ese momento comenzó la campaña dirigida por el almirante Nimitz a través del Pacífico.

La corta frase de Churchill describió con exactitud el momento de la guerra en que se encontraban los británicos. Estaban justo al final de los tres años que constituyeron el largo principio.

Rommel

Ahora todo el mundo la conoce e incluso es aplicada a muchas situaciones diferentes a la de su origen. La dijo el Mariscal Rommel a su ayudante, el Capitán Helmuth Lang, el 22 de abril de 1944 durante una visita a las posibles playas del temido desembarco aliado en Francia. Está al final de la explicación sobre cómo veía Rommel el éxito o fracaso del desembarco que. Lang incluyó en sus Memorias. Dice así:

"La guerra se ganará o se perderá en las playas. Tendremos una sola posibilidad para detener al enemigo, mientras esté en el agua tratando de llegar a tierra. Créame, Lang, las primeras veinticuatro horas serán decisivas. Para los aliados y para Alemania será el día más largo".

El breve final del párrafo no hubiera sido tan conocido de no ser porque Cornelius Ryan -periodista y corresponsal de guerra que cubrió el desembarco y la campaña posterior- lo eligió como título de su libro sobre el 6 de junio de 1944. Publicado en 1959, El día más largo alcanzó un inmediato y enorme éxito en Europa y en América, tanto que Hollywood lo llevó a la pantalla en 1962 en una muy cara y larga película con más de 40 actores de varios países. Y así, la breve alusión de Rommel al futuro primer día de la invasión aliada pasó a ser, 18 años después de dicha, la frase más célebre de la Segunda Guerra Mundial.

McAuliffe

La última ofensiva de Hitler comenzó el 15 de diciembre de 1944 en la zona boscosa de las Ardenas, la misma que había sido el escenario del fulminante ataque contra el frente francés en mayo de 1940. Pero esta vez las cosas eran distintas y a pesar de la sorpresa -nadie esperaba tal ofensiva en el bando aliado- la resistencia del Primer Ejército norteamericano, principal afectado, se afianzó en unos pocos días.

En su rápido avance inicial, los tanques y tropas alemanas habían dejado cercada la ciudad de Bastogne (Bélgica), importante nudo de carreteras. Justo un día antes del cerco pudo llegar allí la 101 división aerotransportada, aunque no en sus aviones y planeadores sino en camiones. El tiempo era de pleno invierno, y ese fue uno de los motivos para lanzar la ofensiva en aquellas fechas navideñas. Las nevadas impedían intervenir a la aviación aliada. Mientras la vanguardia alemana trataba de avanzar, el alto mando destacó tres divisiones para tomar Bastogne. Y así llegamos al escenario y momento de la frase que quería recordar. El jefe de la 101 era el comandante McAuliffe (por ausencia de su inmediato superior, el general Maxwell Taylor, de viaje en Estados Unidos desde antes de la ofensiva) y fue él quien recibió el 22 de diciembre por la mañana a cuatro oficiales alemanes que le entregaron un ultimátum escrito. Tenía dos horas para rendirse. De no hacerlo, la artillería alemana arrasaría la ciudad.

McAuliffe leyó el documento alemán, sacudió la cabeza, dijo "¡Tonterías!" ("Nuts!") y esa palabra fue la respuesta escrita que entregó a los alemanes. Cabe observar que nuts, tiene varias traducciones, además de nueces y locos. Pero la de "tonterías" es la que mejor indica el matiz despectivo de la negativa que el comandante norteamericano quería expresar.

Por dificultades propias, los alemanes no destruyeron Bastogne y el cerco se rompió unos días después con la llegada de tropas del Tercer Ejército norteamericano mandado por el general Patton. A partir de ahí, Bastogne y la 101 entraron en la leyenda. Muy pronto el cine la llevó a sus pantallas en Sangre en la nieve (Battleground, William Wellman, 1949) que para mi gusto es una de las mejores películas de Hollywood sobre la Segunda Guerra Mundial en Europa. La televisión tardó más de cincuenta años en adaptarla con parecida calidad y lo hizo en el capítulo 6 de la excelente serie Hermanos de sangre (2001).

La valiente y eficaz defensa de Bastogne hizo famoso a McAuliffe. Le condecoraron, la ciudad le dedicó un monumento en una de sus plazas y la carrera militar del entonces comandante recibió un fuerte empujón. Murió en 1972, a los 77 años, después de haber llegado a general y ocupado cargos de gran responsabilidad en el ejército norteamericano.

Su contestación de una sola palabra a la invitación a rendirse es ahora tan conocida como lo fue durante el siglo XIX la interjección malsonante de Pierre Jacques Etienne, vizconde de Cambrone, en similares circunstancias al final de la batalla de Waterloo (1815). Pero esa es otra historia y este artículo es solo sobre la Segunda Guerra Mundial.


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