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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

Príncipe limeño del "bel canto"y festejo del quinquenio

Flórez conoce y utiliza muy bien su materia vocal y le saca un partido espléndido

Actualizada Domingo, 23 de noviembre de 2008 - 04:00 h.

C OINCIDIERON en Viena hace años Alfredo Kraus, Plácido Domingo, Jaume Aragall, José Carreras y Pedro Lavirgen. Se fueron a cenar juntos y, al final, quisieron jugar al juego de las verdades. Cada uno tenía que decir cómo se veía a sí mismo. Todos se conocían bien. Kraus -debutante en El Cairo como Duque de Mantua, en 1956- se tenía por el más técnico. Domingo, por el mejor tenor. Aragall, que se presentó en la Scala y en la Ópera de Munich a los 25 años, por la mejor voz de tenor.

Carreras, por el mejor cantante. Ninguno discrepó. Lavirgen resumió que, si tuviera la voz de Aragall, la técnica de Kraus, la capacidad artística y escénica de Domingo y el color vocal y la intensidad expresiva de Carreras, con su fuerza de voluntad, evidente -pasma su historial en la Scala milanesa o en la Staatsoper de Viena, entre otros teatros-, nadie le igualaría. La historia nos la confirmó el propio tenor cordobés -que tanto recordaba, con más tensión, a Franco Corelli- en un jurado del Concurso Gayarre.

Recuerdo ese lance vienés, porque ayuda a entender conceptos sustanciales, rara vez apreciados, en el arte del canto, "el grito del ángel" que dijo un estudioso francés. No es mejor tenor y menos aún mejor cantante quien da un agudo a pleno pulmón sólo por esa proeza, desde luego envidiable, sobre todo en taquilla. Anteayer alguien salía de Baluarte convencida, en voz alta, de que Flórez es "pluscuamperfecto". Pues no, mire usted. Ni siquiera en su repertorio, al que se atiene: determinados papeles de Rossini, algunos, muy escogidos, de Donizetti y Bellini, más contadas páginas de Verdi o Gounod. Otra cosa bien distinta es que hoy sea el "príncipe" indiscutido del género, como titulaban las notas al programa, rango que tal vez no explica sólo la calidad del artista.

Cualquier intérprete debe partir de su estricta limitación tipológica y acaso más un tenor como Flórez (Lima, 1973), evidentemente lírico-ligero, ágil y aéreo en el registro superior -aun extenso-, más amplio y consistente en el medio, nulo en el grave. Un tenor contraltino, como debía de serlo Giovanni Rubini, al que Flórez ha dedicado un disco valioso y significativo, porque aquella figura estrenó algunos de los roles más aplaudidos de Rossini, Donizetti y Bellini. Con una diferencia esencial, a favor de Flórez: Rubini, como algunos de sus colegas contemporáneos, no salvaba las zonas altas de la tesitura a voz plena, sino en falsete o falsettone.

Anteayer el tenor peruano lució lo que ya conocíamos: facilidad brillante, directa de ataque, en las notas altas y en las de paso entre registros, comodidad homogénea en el medio y opacidad tímbrica en el grave, evidenciada precisamente en el aria de Ramiro, desfigurada -no sólo porque exige la intervención del coro- y cuyo final repitió para enmendar. Pero, ¿a qué adicto le importa una frase sin agudo y orquesta a todo trapo? ¡Qué necesidad tendrán los compositores de escribir bobadas así y además requerir el coro, cuando lo que interesa es el tenor que dé notas altas, del la para arriba, mejor muchas que pocas, y sobra el resto! ¿Por qué no un calderón infinito en la última nota de "La donna è mobile", que Flórez estiró en una exhibición con la que osó corregir a Verdi -ciento cincuenta y siete años después- y cosechó una ovación incandescente?

La tarde fue feliz para el tenor, para el organizador y para el público, quizá sobre todo para el público, abducido por Flórez y radiante por haberle escuchado en persona. En la ópera, a partir de Rossini, la de tenor es la voz de oro y cuanto más alta, mejor, y ese aprecio no tiene vuelta atrás, aunque no parece que a los fanáticos del do de pecho -que fisiológicamente no lo es, porque resuena en la cabeza- les cautive el canto en sí mismo. Una catarata de superagudos, sí; el "Winterrreise" o "Zueignung", ni por asomo.

Flórez utiliza muy bien su material y le saca partido espléndido, que le sobra para disimular, además de la limitación en el grave, leves desafinaciones, alguna imprecisión fonética, desajustes con la orquesta y, sobre todo, que la voz no corre bien, al menos anteayer aquí. Nadie discutiría a Flórez en la sesión de Baluarte claridad de timbre en los registros alto y medio, habilidad para el legato y seguridad, que no prodigalidad, en la práctica de la mezza voce y de los reguladores expresivos, así como de algunos recursos -las sfumature, valga el ejemplo-, además de cualidades como el apoyo y la respiración, el fiato, obvias, porque cualquier canto es aire, pero el de un tenor como el limeño llega a la exhibición sin reticencia.

Tarde de triunfo. Baluarte ha celebrado su primer quinquenio con una figura de primer rango y ovaciones memorables.


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