Diario de Navarra | Facebook Se abrirá en otra página Diario de Navarra | Twitter Se abrirá en otra página Hemeroteca Edición impresa Boletines
Mi Club DN ¿Qué es? Suscríbete

La Hemeroteca
    Navarra
CRÓNICAS DE ASFALTO | FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

¡Gaviotas de la eme!

En casa tenemos un perro, un pavo (además de), dos periquitos y un loro. Otrosí, me relaciono y me llevo bien con algunos de mi especie, así que no soy sospechoso de malquerer a los animales. Pero.

Actualizada Domingo, 23 de noviembre de 2008 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

Me fastidian bastante las gaviotas, las veo muy carroñeras, impertinentes, destructoras, corrosivas, amenazantes., son como pirañas voladoras, todo eso y más; sobre todo, son unas aves selectivamente sucias. Supongo que las malditas gaviotas de mi neura son una especie protegida, no hay más que acercarse a las islas Medas, en la Costa Brava, para comprobar la enorme colonia procreada y deducir a qué se dedican estas promiscuas aladas cuando no vuelan.

Y cuando sí, me temo. Al principio, justo es reconocerlo, hacen gracia. Cuando descubres el mar, la mismísima mar, a la que aprendes a llamar en femenino, todo cuanto la rodea, y las gaviotas lo hacen, incansables y omnipresentes, te parece bien. Después ya vas acotando prioridades. Nosotros, los amigos, tuvimos nuestro propio barco. Nada del otro mundo, algo de tercera mano, modesto, para costear, y pagarlo a trozos con no pocos apuros. Entre los cuatro. Si aparcar un coche resulta difícil y oneroso, atracar un velero -el verbo da una idea- es un puyazo en todo lo alto. O perteneces a un club náutico -excesivamente caro- y tienes derecho a comprar o alquilar el amarre o, si existen, puedes recurrir a los pantalanes municipales, más asequibles. En nuestro puerto había de estos últimos, de los municipales, y también un club de vela. Es como para no creerlo, pero juro que es cierto: las gaviotas se cagaban (sin eufemismos, por favor) en los barcos amarrados a los muelles municipales. A los barcos del club de vela, ni arrimarse hacían. Parecían agentes al servicio del G-8 más brutal y descarnado. ¿Por qué habían de cagarse en los barquitos de los pobres?, ¿de la clase trabajadora?, ¿de los proletarios metidos en créditos para navegar? No negaré que los otros fueran trabajadores, pero nosotros éramos la esencia marina del lumpen en aquellas aguas de egos más hinchados que un spinnaker empopado. Al menos, antes de hacernos a la mar; luego, las olas y el viento ya nos iban igualando y todos nos convertíamos en una clase social única que salía a flote como podía. Con permiso de la tramontana. El problema era, y me sabe mal incidir por lo escatológico del asunto, que la mierda de gaviota se revela espesa y consistente como el cemento. Limpiar un casco bombardeado por sus generosos excrementos, es una ardua tarea. Si ocurre cada día, es desesperante. El culo cosido deberíais tener, cabronas, solía gritarles, mientras ellas se reían impúdicas, Ramón, un gallego que se las había tenido que ver en el Golfo de León y en la Costa de la Muerte con los pantocazos de varios pesqueros en los que se ganó el pan. Lo conocí, ya retirado, en aquel puerto del Mediterráneo, donde hacía labores de secano para los domingueros de agua y espuma. Orientaba con sus conocimientos a los novatos, anudando cabos a los más pardillos, pasando la revisión del cubo, los chalecos y las bengalas de socorro ante la autoridad de la Marina, baldeando cubiertas y rascando guano de gaviota. Un tipo pragmático, Ramón. Una tarde de junio navegábamos con fuerte levante por el golfo de Rosas, íbamos hacia Cadaqués, y la mar se había picado demasiado, las olas nos embarcaban agua, la escora era fuerte y los pesqueros regresaban a puerto. Alguno de ellos nos avisó por radio del peligro y nos invitó a refugiarnos en Estartit, el puerto más próximo. No lo hicimos, empecé a preocuparme y quise buscar en sus gestos un poco de complicidad. Ramón -le pregunté-, ¿saldremos de ésta? Y él, sin soltar el timón, gritó: Con la mar nunca se sabe, pero mírame a los ojos y sabrás.Y supe, confié (pero me puse a rezar). Él hablaba con frecuencia de su mar de origen, de la bravura de sus olas, de la Costa de la Muerte. Me fui un verano a ver el fin de la Tierra porque tenía una deuda moral con Ramón, que un día se embarcó con la parca y Caronte. Finisterre es un cabo impresionante, por lo que representa, y sus borregos blancos, enfadados, recuerdan que esa mar azul es una implacable devoradora. Lo ves cuando el océano se traga el día por poniente, y el orgulloso sol no puede sino dejarse engullir. Así pude comprobar por dónde se van los días, los años... Cuando el sol se hunde, esperas oír el siseo de la brasa en el agua. Y no, es muerte sin ruido. La tarde en que yo me acerqué al cabo del fin del mundo, los turistas aplaudieron el ocaso. Luego hubo un silencio reverente por el día difunto. Sin aviso, los viejos graznidos desordenados y estridentes -mierda de gaviotas- me devolvieron al mundo, me machacaron la poética y me confirmaron que acababa de tener un calentón, de ésos que aún me revuelven el espíritu cuando me da el palo romántico.

Confesión: hace días descargó sobre mi hombro una paloma -otras que tal-, y fue cuando recordé esta historia. Hoy, recuperada la vena romántica, pienso que la mierda no debería volar.


Comentarios
Te recomendamos que antes de comentar, leas las normas de participación de Diario de Navarra

© DIARIO DE NAVARRA. Queda prohibida toda reproducción sin permiso escrito de la empresa a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, de la Ley de Propiedad Intelectual

Continuar

Estimado lector,

Tu navegador tiene y eso afecta al correcto funcionamiento de la página web.

Por favor, para diariodenavarra.es

Si quieres navegar con muy poca publicidad y disfrutar de toda nuestra oferta informativa y contenidos exclusivos, tenemos lo que buscas:

SUSCRÍBETE a DN+

Gracias por tu atención.
El equipo de Diario de Navarra