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MIGUEL URABAYEN

La mayor batalla naval de la historia

Actualizada Lunes, 27 de octubre de 2008 - 04:00 h.

D URÓ cuatro días, del 23 al 26 de octubre de 1944, y tuvo lugar en una amplia zona alrededor y entre las islas Filipinas (véase gráfico). Participaron 282 navíos de guerra norteamericanos y japoneses de todas clases. Fue la última vez que dos flotas se enfrentaron. Y también la última en la que los grandes cañones navales dispararon contra barcos enemigos.

D URÓ cuatro días, del 23 al 26 de octubre de 1944, y tuvo lugar en una amplia zona alrededor y entre las islas Filipinas (véase gráfico). Participaron 282 navíos de guerra norteamericanos y japoneses de todas clases. Fue la última vez que dos flotas se enfrentaron. Y también la última en la que los grandes cañones navales dispararon contra barcos enemigos

En los veinte meses anteriores a aquel tercer octubre de la guerra del Pacífico, la Marina nipona había salido malparada de sus combates con los navíos norteamericanos. Pero a pesar de las derrotas, todavía era fuerte y dispuesta a batirse para proteger las Filipinas que, amenazadas ahora, Japón había conquistado en el victorioso semestre siguiente a su ataque a Pearl Harbor de diciembre de 1941.

Perder las Filipinas significaría privar al imperio nipón de sus vitales abastecimientos en el sudeste de Asia, petróleo sobre todo. Aparte de las evidentes razones estratégicas existían otras más profundas. Porque Japón había vencido siempre en sus guerras anteriores y a ese orgullo militar se unía un alto sentido de patriotismo, un culto, con el Emperador como su símbolo viviente. Sin embargo, los almirantes de la Armada se daban cuenta de que los norteamericanos les estaban derrotando. Si intentaban recuperar las Filipinas, la flota japonesa debía impedirlo aceptando cualquier sacrificio.

El plan

Así que el Alto Mando de la Marina estableció un plan llamado Sho (Victoria), con cuatro variantes según la zona atacada, para enfrentarse a la flota invasora y destruir la cabeza de puente que se formaría a continuación. Un plan complicado, como enseguida veremos.

El 20 de octubre, los norteamericanos desembarcaron en el golfo de Leyte, costa oriental de la isla, y el Alto Mando ordenó la entrada en acción del Sho, variante 1. Tenía tres partes y, cumpliendo la primera, cinco acorazados -entre ellos el Musashi y el Yamato, los mayores del mundo- zarparon de Brunei, en el norte de Borneo, junto a 12 cruceros y 15 destructores. Bajo el mando del vicealmirante Kurita, era la fuerza principal que, cruzando el estrecho de San Bernardino, trataría de destruir los barcos de abastecimiento al desembarco.

La segunda parte consistía en otra fuerza, más pequeña, formada por la unión de una flotilla que venía desde Japón y otra desde Brunei. Una vez reunidas ante el estrecho de Surigao tendrían 2 acorazados 4 cruceros y 11 destructores que tratarían de llegar al golfo de Leyte atravesando el citado estrecho, al sur la isla.

La tercera era un cebo. Bajo el mando del vicealmirante Ozawa, 4 portaviones, 2 acorazados antiguos, 3 cruceros ligeros y 9 destructores vendrían desde el noroeste simulando ser la fuerza principal del ataque nipón. Los creadores del plan Sho esperaban que los portaviones (1 grande y 3 pequeños, sin casi aviones) atrajeran a la Tercera Flota norteamericana, la principal, dejando el campo libre a Kurita para atravesar el estrecho de San Bernardino y llegar al golfo. El precio de esa añagaza era que todos los barcos de Ozawa podían ser destruidos por el enemigo. El plan admitía ese sacrificio.

El gráfico adjunto ayuda a comprender mejor el plan japonés y sus dificultades. En primer lugar, requería una muy ajustada coordinación de movimientos navales a grandes distancias unos de otros. En segundo, no era seguro que la Tercera Flota, dirigida por el almirante Halsey, saliera disparada a cazar a los cuatro portaviones japoneses. Y si caía en la trampa, dejaría una parte de sus 67 navíos guardando la salida del estrecho de San Bernardino. Además, la Séptima Flota norteamericana del almirante Kinkaid, que había actuado durante el desembarco, estaría a solo dos horas de las playas. Tenía 6 acorazados antiguos, 9 cruceros, 16 pequeños portaviones de escolta y un número variable de destructores

La gran batalla con sus diversas partes se libró entre 43.000 japoneses en 64 navíos y 140.000 norteamericanos en 218 (incluidos 14 y 29 submarinos, respectivamente).Tan desigual combate solo se explica por el espíritu de sacrificio que inspiraba todo el plan Sho. Tenía tan pocas probabilidades de éxito que varios altos mandos japoneses lo consideraron una forma de morir matando.

Los combates

La batalla comenzó en la madrugada del 23, al descubrir dos submarinos americanos a la flota de Kurita, con rumbo al estrecho de San Bernardino. Avisaron al Alto Mando y atacaron, hundiendo dos cruceros. Al día siguiente, los aviones de la Tercera Flota empezaron a bombardear los principales navíos nipones con insistente fuerza. El Musashi recibió 19 torpedos y 17 bombas antes de hundirse, lo que prueba a la vez su gran resistencia y la victoria de los aviones contra los acorazados (su gemelo Yamato sucumbió por ataques aéreos siete meses después).

Las pérdidas en su flota decidieron a Kurita a retroceder durante unas horas, lo que hizo suponer a Halsey que los castigados buques japoneses se retiraban definitivamente. Y ese convencimiento provocó su más criticada decisión. Al conocer la presencia de portaviones enemigos con rumbo a Leyte (la flota-cebo de Ozawa), el veterano almirante hizo exactamente lo que querían los japoneses. Se lanzó a hacerles frente y perseguirlos con TODOS sus navíos. No dejó guardia alguna. Y envió un aviso a Kinkaid muy poco claro interpretado por éste como una persecución al enemigo con solo una parte de la Tercera flota.

Justo entonces, Kurita -sin saber nada de eso- cambió de rumbo otra vez y se dirigió al estrecho de San Bernardino que atravesó con toda tranquilidad. El día 25, a primeras horas de la mañana, estaba muy cerca del golfo de Leyte.

En el sur, segunda zona de la batalla, las cosas habían ido peor para los nipones. En la noche del 24 al 25, la flota de Kinkaid había destruido la flota que por el estrecho de Surigao trataba de llegar a su cita con Kurita ante Leyte.

Avisado a tiempo por sus aviones de observación, el almirante Oldendorf, subordinado de Kinkaid, dispuso sus cruceros y acorazados (3 de ellos hundidos en Pearl Harbor, reparados más tarde) en la disposición de "T", es decir verticales al rumbo de los barcos japoneses. Así, las torres giratorias permitían que todos sus cañones apuntasen al enemigo. Éste, en cambio, solo podía utilizar los delanteros de sus barcos. El acorazado Yamashiro, en el que iba el vicealmirante Nishimura, tuvo el triste destino de cerrar un capítulo de la guerra naval al ser acribillado y hundido en la maniobra más clásica de la guerra naval.

Pero esa victoria trajo consigo la imposibilidad para Oldendorf y Kinkaid de acudir a tiempo en socorro de las ahora desprotegidas fuerzas americanas en el golfo de Leyte. Por distancia (tardarían más de dos horas en llegar) y porque sus acorazados estaban muy escasos de municiones. Kurita tenía total libertad para actuar.

Más errores

Sin embargo, Kurita fracasó. Parecía imposible pero así fue. El veterano marino, que llevaba dos días muy duros, sin dormir, quedó impresionado por los aviones lanzados desde los pequeños portaviones que Oldendorf no había llevado a su batalla en Surigao. Por otra parte, la heroica carga de los destructores y escoltas acompañantes de los portaviones contra los barcos de Kurita los entretuvo durante casi tres horas. El vicealmirante se convenció de que estaba frente a la Tercera Flota (no lograba comunicar con Ozawa) y dio la orden que menos se esperaba. Retirada. Sus acorazados, cruceros y destructores dieron la vuelta justo cuando tenían a su alcance el objetivo del plan Sho.

Otro aspecto inesperado de la gran batalla se refiere a Halsey. Estaba tan entusiasmado con la posibilidad de acabar a cañonazos con todos los navíos grandes de Ozawa que desatendió las angustiosas llamadas de Kinkaid al saber que los japoneses habían atravesado San Bernardino. Respondió que la Séptima Flota debía hacerse cargo del asunto y siguió con su persecución.

Sin embargo, un mensaje urgente de Nimitz, jefe de la marina norteamericana en el Pacífico, le hizo vacilar y acabó ordenando a sus acorazados rápidos que volvieran hacia Leyte. Los grandes portaviones, mandados por Marc Mitscher, se encargaron de hundir a sus congéneres enemigos, más un crucero y dos destructores. El resto de la flota-cebo, incluidos los dos acorazados, pudo regresar a Japón. Ozawa había cumplido su dolorosa misión.

Los potentes navíos de Halsey no llegaron a tiempo de evitar la retirada de Kurita a través de San Bernardino. Que empleara los 6 mejores acorazados de la armada americana de una manera tan inútil -primero al norte, luego al sur, sin combatir nunca- es un reproche del que no pudo librarse. Según dijo después, se arrepentía de haber ordenado su regreso, no la persecución.

En cualquier caso, la batalla del golfo de Leyte fue una gran victoria norteamericana. Hundieron 26 barcos nipones entre ellos 3 acorazados y sus 4 últimos portaviones, contra la pérdida de solo 6 barcos propios. A partir de aquel octubre de 1944, la flota japonesa dejó de existir. Fue sustituida por los kamikazes, pilotos que estrellaban sus aviones contra los navíos enemigos.

Las malas comunicaciones afectaron a los dos bandos. En el japonés con mayor intensidad por fallos técnicos, en el norteamericano por falta de claridad en el mensaje de Halsey a a Kinkaid y la ausencia de posteriores aclaraciones. Por otra parte, la decisión de Kurita de salvar su flota para combates futuros -según dijo- fue contraria a la letra y el espíritu del plan Sho. Como Halsey, cometió un tremendo error.

Creo que el mejor resumen de aquel enorme combate está en un antiguo dicho japonés que afirma con experimentada sabiduría: "Toda batalla es una carrera de equivocaciones. Gana el que comete menos".

FUENTES


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