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CULTURA Y SOCIEDAD

Oteiza en cinco pasos

La obra de Jorge Oteiza pasa de lo figurativo a lo abstracto. Sin embargo, bajo esta evolución late una búsqueda constante, la del vacío, al que el escultor concedía un alto valor espiritual

Actualizada Jueves, 23 de octubre de 2008 - 04:00 h.
  • JESÚS RUBIO . PAMPLONA.

FÍJENSE en estas esculturas. Parecen muy distintas, pero no sólo pertenecen al mismo autor, Jorge Oteiza, sino que responden a un proyecto con una dirección clara, a la búsqueda de un arte con vocación, nada menos, que de "salvar al hombre de hoy en día". "En la trayectoria de Oteiza se ve una gran coherencia, un proceso lógico que le lleva de la figuración a la abstracción", explica Gregorio Díaz Ereño, director del Museo Oteiza de Alzuza.

A Oteiza, de quien el martes se cumplió el centenario de su nacimiento, se le llama el artista del vacío, y con toda justicia, porque sus esculturas funcionan a manera de un molde para el espacio que queda dentro. "Pretendía que la escultura no fuera la materia, sino el espacio que queda vacío en ella, la forma que adquiere ese espacio", ilustra Oskia Ugarte Abárzuza, del departamento de Comunicación del Museo. "Las formas son las referencias que necesitamos para ser conscientes del vacío, para percibirlo", añade Díaz Ereño.

¿De dónde viene esa importancia del vacío? Oteiza lo toma de las creencias de los antiguos vascones. "Pensaban el espacio vacío como el lugar donde podía habitar lo metafísico: la energía, las almas... A Dos Hermanas la llamaban Entre Rocas: lo importante es lo que hay entre ellas, no las rocas en sí", describe Oskia Ugarte.

Así, buscando el vacío, Oteiza intenta crear una "escultura llena de energía, fabricada de espíritu". Así se entiende que Oteiza viera su obra como "un icono para el hombre y la mujer de hoy, que renueva el sentido ético y moral de la escultura", apunta Ugarte. Esto explica también que su escultura tenga un final. En 1959 Oteiza consideró que había conseguido la escultura de energía, la obra eterna. Terminada su labor, abandonó la escultura. "Dijo que sólo le quedaba la palabra", recuerda Gregorio Díaz.

Paso a paso

La búsqueda de Oteiza, lógicamente, tiene sus fases, las que muestran las esculturas de esta página. Las primeras, de los años 30, beben de las influencias arcaicas del artista, de lo prehistórico, lo precolombino, lo románico. Son estatuas macizas, de mucho volumen. "Oteiza veía en esas obras sólo masa, materia".

Les faltaba vacío. Lo buscó en los espacios "accidentales" que dejan las figuras humanas en determinadas posturas. "Pero no es lo mismo un espacio sin ocupar que desocuparlo, quitar intencionadamente la materia para que exista el vacío", argumenta Ugarte. Es entonces cuando a las figuras antropomórficas les lima las partes orgánicas para que resalte la energía, para que "el alma quede al aire". Es el principio que anima la estatuaria de Arantzazu, una de sus obras clave.

En los años 50, sin embargo, "la figuración no hace más retenerlo". Y se pasa a lo abstracto. Trabaja con los cilindros, a los que les lima la materia, les muerde. "Cuando comes una manzana, quitas lo orgánico y creas una manzana nueva de energía", ejemplifica Ugarte. El penúltimo paso de Oteiza en busca del vacío supone un cambio de técnica. Si hasta entonces quitaba materia de fuera adentro, buscará vaciar la figura desde dentro. Comienza con el cilindro y la esfera. "Sin embargo, las curvas son movimiento y vida. En ese sentido son orgánicas y por tanto mortales". Por eso, sus últimos trabajos juegan con las figuras rectas. "Le gustaba el trapecio, porque siempre tiene una diagonal, que sin ser curva convierte todo en irregular", explica Ugarte. "Consigue vacíos perfectos, piezas que sin ser estéticos, tienen eternidad. Más no puede hacer".

Es 1959, el año en que Jorge Oteiza dejó la escultura. Había cumplido su misión.


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