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TOROS/SAN ISIDRO JUAN MIGUEL NÚÑEZ

Mala suerte para Frascuelo, herido, y Lancho

Actualizada Lunes, 26 de mayo de 2008 - 04:00 h.

M ALA suerte de Frascuelo, que a los sesenta años de edad y treinta y cuatro de alternativa tiene cosas importantes que decir en los ruedos. Y en el intento de decirlas, lección de entrega y pureza, ha caído herido grave. Nada menos que dos cornadas, una de ellas con dos trayectorias.

Aunque en otro contexto, mala suerte también del confirmante Israel Lancho, inexperto pero que ha querido mucho en los tres astados que tuvo que matar, y que tras acoplarse con el toro de la corrida, el sexto, ha estropeado con la espada un triunfo seguro. El tercer contratiempo de la función fue, exceptuando el sexto, las nulas posibilidades del ganado. Iván García, el derrotado moral de la tarde, las solventó con escaso ánimo y, si cabe, menos recursos.

Del herido, decir que apenas tuvo tiempo para una artística apertura de faena por abajo, en la que dos pases de trinchera fueron auténticos carteles. Una tanda más por el derecho, con el toro rebrincado y descompuesto. Y ya al intentar el natural, la voltereta y las cornadas. Todas las ilusiones de Frascuelo acabaron en el quirófano. A ver si sanan pronto las heridas para que pueda volver donde tanto se le quiere, esta plaza de Las Ventas, donde sus argumentos toreros son casi dogma de fe.

Se hizo cargo del toro agresor Iván García, quitándoselo de encima tras ligero macheteo. Un Iván García que en los dos de su lote tampoco se confió. Reservón y frenándose el primero, y sin emplearse el quinto, no obstante, nada justifica tanta inseguridad.

Lancho, todavía con limitaciones técnicas, estuvo muy dispuesto. Incluso resolvió pasajes de interés en el de la ceremonia corriendo la mano a media altura con decisión y aplomo. Tuvo más dudas frente al reservón cuarto. Pero en el buen sexto se quedó en puertas de un triunfo importante. La condición del toro fue más que notable, pronto y desplazándose largo. Un arma de doble filo para Lancho, que aguantó hasta acoplarse en lo fundamental con muletazos de cierta enjundia, enganchándole por abajo y ajustándose cada vez más conforme crecían las series. Los de pecho, perfectos. Y sin concesiones para mendigar aplausos fáciles. Muy recio y muy de verdad. Se perdió en la suerte suprema. Tendrá que esperar a otra oportunidad. Se la merece.


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