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TEATRO PEDRO IZURA

Vivir para ver

Actualizada Domingo, 25 de mayo de 2008 - 04:00 h.

N OS encontramos ante uno de esos fenómenos artísticos que mueven masas. Tras el éxito de la película, Disney ha desplegado su incontestable posición para explotar al máximo este feliz encuentro. Película, serie de televisión, musical y por supuesto todo el aparato de merchandising, que no es pequeño. Realmente es de alabar su capacidad de convocatoria: en Pamplona unas doce mil almas han visto el espectáculo. Ver un teatro lleno a rebosar es un éxito.

Llenar las butacas de ilusión es incalificable. Desde el mes de noviembre alguno de los afortunados ha esperado que este musical tomara vida en el escenario de Baluarte. Como es normal resulta imposible adecuar al reducido espacio que ofrece un teatro para albergar alguna de las escenas que aparecen en la película. Así, el encuentro de los protagonistas no está cerca de la nieve, sino en un karaoke. Esta afición por cantar de la estrella de baloncesto del colegio es el conflicto utilizado por el guionista para provocar el nudo de la trama. Francamente, la historia es de lo más simple; la hemos visto cientos de veces, pero resulta. Chica conoce a chico, salta una chispa, se prometen amor eterno. Por alguna razón este amor no puede cumplirse, todos sufrimos mucho y para terminar, la voluntad inquebrantable de los protagonistas lleva a buen puerto la misión y viven felices y comen perdices.

Para contar todo esto necesitamos como en todo colegio americano, una serie de protagonistas previamente clasificados, el empollón, el deportista, la científica, la artista, la pija tonta (rubia de bote a ser posible), el descerebrado y un conflicto entre profesores, en este caso la profesora de teatro y el entrenador del equipo de baloncesto. Con todos estos ingredientes se compone un éxito.

El montaje resulta visualmente convincente, con una escenografía simple, montada sobre paneles con ruedas que agilizan los cambios de escena que son continuos. El trabajo de iluminación es sencillamente impresionante, una batería de focos móviles potencian las escenas dándoles vida propia. Los diálogos son de una simplicidad pasmosa, como no puede ser de otra forma. Previsibles, tiernos e interminables. Los números musicales se suceden con intensidad; los intérpretes, protagonistas y figuración, trabajan con un nivel de energía loable y consiguen que el sapo se digiera mejor. Las canciones grupales retumban en la sala y es difícil escuchar lo que se dice. Los dúos se muestran más comedidos y llegan con facilidad. La compañía baila muy bien, cantan algunos, y decir, apenas dice ninguno. Es curioso que con semejantes mimbres se consiga un éxito tan notable: vivir para ver.

Los niños, adolescentes y no tan niños ni adolescentes que acudimos al Baluarte, pudimos apreciar la necesidad de vivir otra vida que tiene el ser humano. Estoy convencido que si la trama se desarrollara en los Salesianos, por poner un ejemplo, no tendría el mismo interés. Tendríamos personajes de aquí, ídolos reales a los que nuestros hijos podrían parecerse, pero parece más sencillo mitificar otras cosas. Me atrevo a proponerles un ejercicio; cambien el nombre de Troy por el de Asier y que éste sea pelotari en vez de jugador de baloncesto y el de Gabriella, por el de Nerea y que estudie 3º de la ESO. ¿No serían modelos más cercanos donde reconocernos? Perdónenme, no me hagan caso, no sé en qué estaría pensando.


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