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METEOROLOGÍA

La batalla contra el frío

A pie de calle, bajo un temporal de frío que azota a Navarra, los trabajadores siguen cumpliendo en el tajo. Y lo hacen con buen humor, uniformados con la ropa necesaria para afrontar esta pelea contra la adversidad.

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En febrero de 1945 tuvo lugar en aguas del Pacífico una feroz lucha por el control de un enclave de vital importancia para los ejércitos de Japón y Estados Unidos. La isla Iwo Jima se convirtió en el escenario de una de las batallas más sangrientas de la Segunda Guerra Mundial. Y de aquello aún queda el recuerdo de una fotografía: la de un grupo de marines levantando la bandera estadounidense en la cima de un monte llamado Suribache. Aquella imagen que tomó el fotógrafo Joe Rosenthal un 23 de febrero de 1945, se convirtió en la más importante de la historia y una de las más reproducidas del mundo. Tal y como ha ocurrido esta semana, en Pamplona... Igual que tres marines combatiendo el frío polar, los operarios José Antonio Sevilla, Luis de la Cal y Alberto Seviné cambian una farola por otra en el barrio de la Rochapea. Sopla cierzo y el termómetro marca 1 grado bajo cero. “Hasta que el alumbrado eléctrico no se corta a primera hora de la mañana, no empezamos a trabajar”, aclara José Antonio, cubierto con una braga térmica hasta la nariz. Luce el sol pero el viento acuchilla.

“Llevamos fatal el frío. Hoy (miércoles) nos ha tocado la lotería porque ha salido el sol. Pero el lunes y el martes que nos tocó trabajar en Iturrama en una zona sombría y lloviendo, no nos calentábamos ni a cañonazos. Cada veinte minutos teníamos que meternos en la camioneta”, ríen los tres.

Expertos en salud laboral explican que el cuerpo humano tiene varios mecanismos de defensa para intentar aumentar la temperatura cuando hace frío. Los músculos tiemblan y los dientes castañetean, los pelos se erizan y la piel se pone de gallina. El hipotálamo, la glándula en el cerebro que actúa como termostato, estimula estas reacciones para mantener los órganos vitales del cuerpo. La misión del hipotálamo es conservar el calor a toda costa, sacrificando incluso las extremidades si es necesario. Es por eso que se siente un hormigueo en los dedos de las manos y de los pies cuando hace mucho frío. El cuerpo está manteniendo su sangre caliente cerca del centro. Según los especialistas, “la temperatura es un factor ambiental que afecta directamente al desempeño del trabajo”.

A pie de calle, en plena ola de frío, los trabajadores aguantan estoicamente cubiertos hasta las cejas. Es la batalla contra el frío. Hay quien prefiere el frío, normalmente los más jóvenes, otros el calor. Ninguno la lluvia.

MANOS RÍGIDAS


Aitor Gota y Raúl Barriga trabajan sobre el tejado de un edificio en Olave. El termómetro marca un grado a las nueve de la mañana, pero la sensación térmica con el cierzo azotando implacable es de bajo cero. La obra en la que trabajan Aitor y Raúl se encuentra protegida por una estructura de andamios que les procura seguridad mientras ellos retiran las tejas y vigas viejas. En lo alto de la cubierta es tarea imposible sacar un bolígrafo y ponerse a escribir. Los dedos se quedan rígidos. Los operarios ríen al percatarse de este detalle. “El aire es terrible y si llueve aún peor”, expresan. “Las manos se te quedan rígidas, no puedes colocar ni una tuerca”.

El cierzo se extiende de un extremo a otro de Navarra, sin tregua.

CONTENEDORES EN LA NIEVE


37 km, 40 minutos y 3 grados de diferencia separan ese mismo miércoles a las localidades de Olave y de Mezkiritz. Una vez superado el puerto y descender la N-135 hacia Espinal, un blanco glaciar ondea como una sábana blanca desde todos los lados. El mercurio ha bajado a 1 grado bajo cero. Al entrar en este pueblo-calle enclavado en la Ruta Jacobea, sorprende el paso cansado de un peregrino de barba espesa y naranja y el marrón de los caballos en busca de pasto helado. También se distingue el verde de los contenedores de residuos y el forro amarillo de un trabajador tirando de ellos, entre la nieve, para poder acercarlos al camión de la basura y poder volcarlos dentro. Manuel ha comenzado la recogida a las siete de la mañana y trabaja para la Mancomunidad de Residuos Sólidos de Bidausi, encargada en Abaurrea Alta y Baja, Aria, Arive, Burguete, Erro, Garayoa, Garralda, Orbaiceta, Orbara, Oroz-Betelu, Roncesvalles, Valcarlos y Villanueva de Aezkoa. “Más que el frío, lo peor es maniobrar con el camión por las carreteras con nieve y hielo”, explica este operario, vecino de Espinal. Una vez que ha terminado la ruta, descarga en Sangüesa.

TABLONES HELADOS


De regreso a Pamplona, parada en Zubiri, donde varios obreros se esfuerzan en el tajo. Construyen cuatro viviendas. “A 3 bajo cero se te abren hasta los pulmones...”, ilustra Mario Chivite Falces, oficial de primera. “Lo peor es coger los hierros y los tableros helados. Incluso con guantes los dedos se te quedan helados. Hay que andar con cuidado con las placas de hielo y el barro ”. Dos jersey, un buzo, unos guantes, dos pantalones, gorro, bragas, casco y botas conforman su indumentaria.

100 LOSAS


El cierzo es uno de los vientos principales de Navarra. Los romanos lo llamaban viento Cercio ( de donde procede el nombre). El cierzo modela el paisaje, influye en los cultivos y cincela los rostros tierra adentro.

En lo alto de un edificio de la Avenida de Berriozar, sobre un andamio eléctrico, un pamplonés de 28 años, Víctor Salvador, y un leonés de 45, José Abella, colocan losas de cerámica en una fachada de esta localidad de la comarca de Pamplona. Una ventisca de aguanieve azota sus cuerpos. Salvador, el joven, ha olvidado los guantes y Abella el gorro. El mercurio marca dos grados. Los dos han comenzado muy temprano a trabajar. “Colgados” de bloque en bloque, protegen las casas del frío. Pero a ellos, ¿quién les protege? Ríen al escuchar el interrogante. “Es mejor no llevar guantes cuando llueve”, alega Salvador, engarzando las piezas a una estructura metálica. Sólo en una tarde calculan que pueden llegar a colocar cien losas. Ninguno de los dos se lamenta. “Es lo que hay. Lo asumes y moviéndote lo combates. Más que miedo al frío, a lo que hay miedo es al paro ”.

PARTERRES DE BARRO


Decía un médico francés llamado Víctor Pauchet que “el trabajo más productivo es el que sale de las manos de un hombre contento”. Esta sensación de optimismo es lo que se recibe al acercarse a las azadas de dos jardineros, un hombre y una mujer, que tratan de escardar un parterre ahogado de agua y barro, en el barrio pamplonés de Buztintxuri.

Arrodillados sobre bolsas de basura negras para protegerse de la alfombra de barro, cubiertos hasta las cejas con bragas térmicas, Paula Ochoa y Carlos Ruiz limpian a mano. La humedad de la tierra taladra el interior de unos cuerpos que se recogen como ovillos, como si de esta manera buscasen calor. Manoplas, botas y varios forros custodian sus huesos como un muro infalible. Haga frío, llueve o nieve, los dos jardineros arrancan malas hierbas, una a una, para que estas balconadas luzcan en primavera, cuando ya nadie se acuerde del frío gélido de esta semana.

TRES PANTALONES

Cada calle, cada rincón, guarece una historia de batalla contra el frío. Historias al raso... optimistas. Es curioso, pero la gente que se expone a situaciones extremas suele ser más optimista, reflexiona Chus Arbizu después de gritar: “¡Así sale el frío del cuerpo, tirando de cable!”. Arbizu es el primero de una ristra de “equilibristas” formada por Miguel de la Rosa y Javier Olguín. Los tres parecen caminar por encima del alambre del cierzo. “¡Puede que seamos más optimistas, es verdad!”, sonríe. Arbizu deja caer todo su peso sobre el cable de fibra óptica que van a instalar en los sumideros preparados para ello. Avanzan. Descansan. Vuelta a arrancar. De alcantarilla en alcantarilla, introduciendo el material como un hilo por el ojal. De Buztintxuri a Cuatro Vientos: 1.250 metros, en ocho horas.

“Somos el equipo más rápido de la empresa”, presumen riendo. “¡Y al tiempo, buena cara!”. Dentro de las alcantarillas, con agua hasta los muslos, Iñaki Díez se encarga de proteger la fibra óptica. “Para aguantar no hay otro secreto que parecer una cebolla. Ropa y más ropa”, ríe. De hecho, lleva puestos tres pantalones, uno estanco, dos pares de calcetines, un forro polar, una chamarra y un chaleco. “Eso sí, prefiero el frío al calor”.

 

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