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Comedores compulsivos: "Por la boca enfermamos, por la boca nos curamos"

Este problema no es comprendido por la sociedad ni detectado en muchas ocasiones por los médicos

Comedores compulsivos:

Este trastorno alimenticio fue reconocido como enfermedad en 2009.

Actualizada 17/06/2017 a las 12:03
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  • EFE. Madrid

"Por la boca hemos enfermado, por la boca nos curamos", así resume José su experiencia como miembro de la asociación Comedores Compulsivos Anónimos de Sevilla, que reúne a quienes padecen este trastorno alimenticio reconocido como enfermedad desde 2009 por la Organización Mundial de la salud (OMS).


Ocho años después de este reconocimiento, este problema no es comprendido por la sociedad ni detectado en muchas ocasiones por los médicos.


Así se explica el surgimiento de asociaciones de comedores compulsivos, que inspirados en el método de alcohólicos anónimos, consiguen reunir a personas que padecen esta enfermedad olvidada. No son especialistas, ni son un grupo de terapia. No juzgan. Solo comparten.


En Andalucía hay cinco de estas agrupaciones; en Cádiz, Málaga, Marbella, Granada y Sevilla, que entre todas reúnen un centenar de integrantes aproximadamente, una cifra muy inferior a los que realmente padecen esta enfermedad.
José acude dos veces por semana a la Parroquia de San Gonzalo en Triana, donde se reúnen miembros de la asociación Comedores Compulsivos Anónimos de Sevilla.


"Hay muchísima gente ahí fuera con este mismo problema", asegura Mercedes, otro miembro de la asociación, que cuenta que desde que es comedora compulsiva todo su mundo gira en torno a la comida.


Las características del también denominado trastorno por atracón son la desproporcionada velocidad y cantidad de comida ingerida, unas comidas a las que les sigue sentimientos de incomodidad y vergüenza.


Aunque la enfermedad comparte base con la anorexia y la bulimia, tras el atracón no suele haber compensación por vómitos, que queda sustituido por culpa y arrepentimiento.


La comida se convierte entonces en obsesión y "tapadera", como lo define Inma, que lleva desde el pasado noviembre acudiendo a estas reuniones. Explica que con la comida "te anestesias, te evades. Si tengo un problema, como, y ya veré mañana. Escondes la realidad con la comida".


La depresión y existencia de conflictos psicológicos no resueltos son tierra fértil para la aparición de esta enfermedad y la pérdida de un familiar, el estrés laboral o una ruptura sentimental pueden ser causas del trastorno por atracón, aunque en la Asociación afirman que "caminos hay miles".


No es fácil para estas personas convivir en su día a día con la enfermedad, coinciden los afectados. "Imagínate que tienes que estar 24 horas dentro de un cuerpo que no te hace feliz", narra José, que sufre trastorno por atracón desde la adolescencia, años en los que suelen aflorar los primeros indicios.


Para José, por ejemplo, suponía un problema quedar con amigos, ir a la piscina o a la playa. "La enfermedad da sensaciones de soledad, de que no te ves preparado para salir", añade. José llegó a estar un año sin salir de casa.


"Cada vez que voy a una boda, a una comunión, intento controlar las ganas de comer para evitar que la gente me vea", relata Ahinoa, otra afectada.


Todos demandan que especialistas y médicos sean conscientes de la existencia de esta enfermedad. "Llevo yendo al endocrino diez años", se queja Laura, que cuenta que los médicos deberían preguntar a los pacientes "por qué comen" y "si se sienten bien".


"Si el primer endocrino que tuve me hubiese dicho que tenía este problema, me hubiese ahorrado veinte años de sufrimiento", coincide Ahinoa.


Ante esta falta de apoyo médico, recurren a asociaciones de comedores compulsivos anónimos, donde comparten sus experiencias, se sienten comprendidos, se escuchan, siguiendo métodos como el de los doce pasos -de recuperación en alcohólicos anónimos- o el contacto constante con otros afectados, y al final "llenas ese vacío".


Todo ello desde el total anonimato. "Mi marido no sabe que vengo", confiesa Ahinoa.


Los resultados son compartidos por todos, se abandona la vergüenza y los problemas se reducen, con lo que se consigue "otra actitud" ante la comida. "Ahora estoy disfrutando de cosas que en 40 años de mi vida no he hecho", admite orgulloso José.


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