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Estudiando el colosal polvo de Marte

El pamplonés Iñaki Ordóñez trabaja analizando los remolinos que se forman en Marte y su relación con las gigantescas tormentas de polvo que llegan a ocupar el planeta entero

Simulación artística de una tormenta de polvo sobre la superficie de Marte.

Estudiando el colosal polvo de Marte

Simulación artística de una tormenta de polvo sobre la superficie de Marte.

ASTRO 0
Actualizada 23/09/2016 a las 10:51
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Ahora que se habla tanto de viajar a Marte, ha de saberse que el planeta rojo es un lugar difícil, nada agradable: muy frío, con radiaciones ultravioletas que golpean sin piedad y una irrespirable atmósfera de dióxido de carbono. Por si fuera poco, de vez en cuando se levantan tormentas de polvo gigantescas, enormes, que llegan a cubrir el planeta entero.

De eso sabe bastante el navarro Iñaki Ordoñez-Etxeberria (Pamplona, 1976). Topógrafo de formación, trabaja en el equipo de ciencias planetarias de la Universidad del País Vasco, donde estudia la atmósfera de Marte y analiza cómo es su meteorología. “Marte es un caso afortunadamente peculiar, porque disponemos de dos fuentes de información”. Por un lado, están los satélites que orbitan en torno al planeta rojo y que toman imágenes a diario de su superficie. “Hay incluso uno que es como un Meteosat de Marte”. Pero además están los robots, los rovers que pasean por la superficie marciana. “Yo trabajo con los datos que obtiene Curiosity, que está cerca del ecuador de Marte, en una zona que aquí llamaríamos tropical. Tiene una estación meteorológica, que se diseñó desde Madrid, que controla la velocidad de viento, la presión, la temperatura del aire y del suelo, la intensidad de la radiación solar... Esos dos tipos de información son la materia prima con la que intentamos entender el clima en Marte”, explica el navarro, que hace unos años ya creó una cartografía de la Luna y que dedicó el proyecto para la Máster de Ciencias Planetarias al estudio de las nubes de Júpiter y su altura. Ahora la colaboración con la NASA del equipo de la Universidad del País Vasco al que pertenece le ha llevado ahora a Marte. Para la agencia espacial norteamericana están diseñando una estación meteorológica para un rover que saldrá hacia el planeta rojo en 2020. “Va a ser coincidente con el que lleva Curiosity, que tan buenos resultados ha dado”, dice el pamplonés, que regresó a la capital navarra para participar la semana pasada en el Congreso Estatal de Astronomía.

TORMENTAS GLOBALES

En su viaje investigador por el Sistema Solar Iñaki Ordóñez se ha parado en un fenómeno que determina el clima y las condiciones de Marte: sus gigantescas tormentas de polvo. “Igual que en la Tierra el clima se define por el grado de humedad, en Marte lo hace el ciclo de polvo. Cuando el polvo se mete en la atmósfera la temperatura del aire se eleva, porque el Sol calienta esas partículas. En cambio, la superficie se enfría porque el polvo tapa los rayos del sol”, señala el pamplonés. “Se generan circulaciones muy intensas”.

En un planeta en que tantas cosas son a lo grande, que cuenta con un volcán que mide más de 20 kilómetros de altura o con un enorme valle de 3.000 kilómetros de longitud y una profundidad de ocho, no es de extrañar que esas tormentas de polvo alcancen proporciones difíciles de imaginar para nosotros. “Se notan desde la Tierra. Un día puedes observar el planeta, ver sus volcanes y los restos que dejaron allí los océanos y al día siguiente no ver absolutamente nada porque está tapado por el polvo. Esas tormentas alcanzan a veces el tamaño de continentes, pero es que en ocasiones se juntan unas con otras y cubren el planeta por completo.

De lo que hay más dudas es del origen de semejantes colosos de polvo. Entre las posibles causas están lo que los científicos llaman los ‘dust devils’, los diablos de polvo. Son remolinos de arena de unos cinco metros de diámetro, muy comunes en el planeta rojo y no muy distintos a los que también se forman en la Tierra, en las zonas desérticas. Parecen pequeños tornados que van arrastrando todo lo que se encuentran a su paso y llenando de arena y polvo la atmósfera. “No estamos seguros de si los ‘dust devils’ pueden ser el origen de las tormentas globales. Por eso queremos calcular su frecuencia y cuánto polvo lanzan a la atmósfera, para saber si es suficiente para crear una reacción en cadena que genere la tormenta”.

Para tratar de averiguarlo, Ordóñez analiza las imágenes del satélite, que muestran las zonas donde esos remolinos son más comunes, y sobre todo los datos del robot Curiosity. “Cuando uno de ellos pasa cerca del robot, su barómetro nota una brusca bajada de la presión atmosférica, que al cabo de poco tiempo se recupera. Queremos estudiar cuántas de estas caídas de presión se han dado en los últimos dos años marcianos (algo más de cuatro años terrestres), en qué época proliferan más, si les afecta la insolación del Sol...”, enumera el topógrafo pamplonés. “Hasta ahora hemos detectado más de 700 de estos fenómenos. Lo que queremos es extrapolar los datos de esta zona para todo el planeta y calcular si las toneladas de polvo que inyectan hacia la atmósfera son suficientes o no para provocar las tormentas de polvo”.
Un laboratorio

Ahora bien, ¿sirve de algo estudiar los remolinos, las tormentas y en general el clima marciano? En la ciencia a casi todo se le saca una utilidad. “Las atmósferas de otros planetas son como probetas, laboratorios con los que entender la complejidad de la atmófera terrestre”, señala Iñaki Ordóñez. “Esas atmósferas, más sencillas que la terrestre, son modelos simplificados que nos ayudan a estudiar los fenómenos terrestres. Además, existe otra contrapartida: como la meteorología se basa en modelos matemáticos, podemos probarlos en esos otros planetas y ver si están bien afinados”, abunda el pamplonés, que no se olvida de una tercera razón: “la curiosidad. Si vemos que un planeta se cubre de polvo, el ser humano quiere saber por qué ocurre”.

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