ENTREVISTA

Entrevista con Fernando Aramburu

 

Diario de Navarra

Actualizado el 04/04/2011 a las 22:59

"Viaje con Clara por Alemania", la última novela del escritor Fernando Aramburu es un regalo para cualquier lector. Se trata de uno de esos libros que alimentan el espíritu, la inteligencia y la risa; y hace bueno el dicho aquel de que, a veces, el mejor amigo es un libro. Por las páginas de esta novela -que lo es, pero que también es un libro de viajes y una deliciosa comedia ligera y hasta un pequeño tratado sobre la relación conyugal y familiar- transitan personajes entrañables, ingeniosos y a ratos vulnerables o brillantes, que inspiran una ternura y una empatía en el lector que consigue que la lectura de este "Viaje..." sea inolvidable.


Yo he leído Viaje con Clara por Alemania, de cabo a rabo, con la sensación de estar metida en la mochila de usted. Y le estoy muy agradecida por el viaje, oiga.


Celebro tener constancia de que, al menos para un puñado de lectores, el esfuerzo no ha sido en vano. Esto es como cuando uno cocina para invitados. Si los comensales agradecen la comida, el anfitrión se alegra y agradece el agradecimiento de los comensales.


A mí no me extraña que a Ratón (narrador de la novela y protagonista) le quieran tanto los sobrinos y hasta la tía Hildegard porque es un tipo estupendo que sabe lo que hay que saber: cómo disfrutar de la vida en su sencillez. Tuvo que ser complicado escoger bien el tono de la novela para no pasarse de sensiblero, de blando o de superficial.


No creo descubrir nada nuevo si afirmo que el tono, el aire, el sabor peculiar de la prosa, es fundamental en una novela. Digámoslo con rotundidad, aunque pudiera parecer insolente: un relato, largo o breve, consiste en la voz que narra. Esta le da su perspectiva, le confiere personalidad, el texto crece y respira a través de ella. A veces uno encuentra el tono adecuado a la primera, casi sin buscar, por puro olfato, y otras veces uno se pregunta seriamente quién puñetas le mandaría elegir este oficio.


Dígame que hay un poco de usted en ese personaje porque imaginando que es su “alter ego” ya me cae usted muy bien.


Pues probablemente, de todos los personajes que llevo discurridos hasta la fecha, este del Viaje con Clara por Alemania, socarrón, irónico, cabroncete, pero no mala persona, sea el que más se me asemeja, lo cual no lo digo sólo por caer bien, aunque quién sabe. La razón del parecido se debe en mi opinión tanto a la posible afinidad de caracteres y aficiones como a la circunstancia de que le asigné al personaje narrador el tipo de prosa con el que suelo expresarme en privado.


Y me encanta cómo vive la llegada de esos momentos “blam”, todo un canto a la vida. Porque a veces, en medio de tanto “agonías” que anda suelto por el mundo, es necesario que alguien nos recuerde lo bello que es vivir.


Los llamados “momentos blam” son por así decir la clave moral de la novela y en cierto modo la de mi propia vida. Son instantes especiales del disfrute sereno, un sí agradecido, sin aspavientos, a los dones cotidianos del presente. Confieso sin rubor que también los colecciono. Y entiendo que los mejores son aquellos que se comparten con los seres amados.


Dice que fue la tozudez lo que le llevó a dejarlo todo por la escritura hace año y medio. Explíquenos esto de la “tozudez”.


Esto es fácil de explicar. Se trata de ir de A a B ocurra lo que ocurra y aunque haya abismos, muros, alambradas y mucha distancia por medio. Semejante apego a la perseverancia puede parecer infantil. Pues bien, lo es. Yo mismo me doy cuenta de que estoy atrapado en un sueño que concebí a la edad de quince o dieciséis años. Soñé con hacerme escritor al llegar a la edad adulta. Y, como es fácilmente demostrable, he logrado consumar la mitad del objetivo: ya estoy en la edad adulta.


¿Se puede presumir de pesimismo? Usted lo hacía, pero ya no tanto...


Se puede presumir de cualquier cosa, especialmente cuando el presuntuoso carece de sentido del ridículo. Tengo un flanco pesimista, pero no me enorgullezco de él puesto que hace pupa.


¿Hasta dónde llega esa obsesión que dicen que usted tiene por la escritura? Que no será para tanto, digo yo…


La escritura supone para mí algo más importante que una simple actividad obsesiva. Es mi oxígeno y también un disfrute en el sentido de que me proporciona numerosos momentos blam, y eso a pesar de que hay días estériles, trabajosos, frustrantes y demás. No me siento dominado por la escritura. Mi exaltación proviene de mi particular e intensa convivencia con el lenguaje, que es el cauce por el que discurre mi vida. Dicha convivencia se produce a menudo por medio de la lectura.


¿Le han contagiado en Alemania la disciplina en el trabajo que usted gasta o ya le venía de serie?


Yo ya era rarillo de antes. Recuerdo, siendo adolescente, a mi padre tratando de darme dinero para que saliera de casa. Ni él ni mi madre comprendían que, cuando llamaban al timbre los amigos, yo prefiriese quedarme a leer. Alemania, con su clima que invita al recogimiento, terminó de modelarme. No obstante, me gusta la gente en pequeñas dosis. También me gusta viajar, por ejemplo hasta la panadería de la esquina.


“Viaje con Clara…” es una declaración de amor a Alemania, a la escritura, a su mujer, al humor, a la vida, a la sencillez…. ¿A algo más?


No, exactamente a las seis cosas señaladas. Ni una más.


Es un libro que tiene un poco de todos los géneros: libro de viajes, ensayo, novela, diario… ¿Lo hizo con intención o le fue saliendo así?


A decir verdad, ni el libro me salió de punta a rabo sin querer ni lo escribí conforme a un severo y exhaustivo guión. Me bastó con otorgarle al narrador una determinada personalidad, a partir de la cual ideé las ocurrencias y procuré hallarles un sitio apropiado dentro de la trama. Tenía a mi disposición una línea narrativa, derivada del propio viaje por el norte de Alemania, y un motivo generador de episodios, que era la relación conyugal de los protagonistas. Además, me sabía el final desde antes de redactar el primer renglón.


La empatía a la que mueve el libro es un motor para no dejar de leer hasta el final: nos sentimos muy cerca del narrador y compartimos su risa y su cotidianeidad. ¿Se lo dicen muchas veces, no?


En este caso, sí. Ello se debe, creo yo, a que los personajes viven episodios, sostienen conversaciones, abrigan sueños y frustraciones, que cualquier lector podría protagonizar en su vida privada. He escrito novelas harto más brutas que invitan a una identificación menor con los personajes y los acontecimientos narrados.


Se lo pasó bomba escribiéndolo, pero los lectores lo pasamos igual de bien… Después de la hiel de “Los peces…”, ha llegado la miel del “Viaje…”. Yo se lo agradezco mucho. Le agradezco que eduque mi paladar literario con sus obras para omnívoros. ¿Es algo necesario para el escritor que es usted este continuo cambio de registro?


Si alguna vez merezco ser estudiado se comprobará que no hay tal cambio continuo de registro. Lo que hay son tres o cuatro hilos narrativos; ahora hago trenzas con uno, mañana con otro, pasado mañana vuelvo al primero, etcétera.


“Los peces de la amargura” versus “Viaje con Clara por Alemania”: las dos caras de una misma moneda vital: la suya propia. Permítame que le dé la vuelta a ver qué nos sale: ¿habría podido escribir un libro amable de viajes por el País Vasco y un libro de relatos sobre la intolerancia en Alemania?


Estas dos obras aparentemente disímiles nacieron de una misma motivación, consistente en hacer literatura a partir de los paisajes sociales donde se ha desarrollado hasta la fecha mi biografía. Un libro amable o risueño de viajes por el País Vasco tal vez sería posible y hasta deseable en otro tipo de escritor. En lo que a mí respecta, confieso mi incapacidad para ver en el País Vasco de mi tiempo un lugar que no sea el de la acción ejercida por una banda criminal sobre numerosos ciudadanos inocentes, al par que el escenario de una sociedad mal avenida en la que se ha operado un derrumbe moral que me produce una tristeza crónica. En cuanto a la otra parte de la pregunta, pongo en duda que hoy día Alemania sea un país donde reine la intolerancia. Hay, qué duda cabe, ciudadanos alemanes intolerantes, fanáticos, de reducida potencia afectiva. Así y todo, predominan los educados y los demócratas, por lo que entiendo que habría que estirar mucho la goma temática para completar un libro de relatos sobre la intolerancia actual en Alemania.


Mantiene usted intacto desde hace tiempo un punto irónico y hasta provocador. ¿Es la herencia que le queda de haber pertenecido al Grupo CLOC de Arte y Desarte?


Sí. CLOC sigue en mí, sin poseerme del todo, puesto que también consto de otros ingredientes; pero incitándome aún con alegre frecuencia a las bromas literarias.


Ha redescubierto al gran escritor Felix Francisco Casanova, que ha editado Demipage. ¿Cómo fue?


La idea consistió en acercar al mayor número posible de lectores la obra de un escritor valioso, conocido por pocos fuera de las islas Canarias. Creo que se ha hecho bien la tarea, dentro de la capacidad de maniobra de que se disponía. Mi participación en el proyecto fue más bien anecdótica. Vamos a decir que fui la chispa y otros mejor informados y más competentes pusieron el fuego. Sucedió así. En verano de 2009 me mudé de domicilio. En el inevitable acarreo de la biblioteca pasaron por mis manos libros leídos años atrás. Al punto me vinieron ganas de releer algunos. Entre los elegidos estaban los de Félix Francisco Casanova. Tuve curiosidad por comprobar si las tres décadas transcurridas desde la primera lectura me impedirían experimentar la misma fascinación que entonces. El resultado fue que les encontré nuevos valores, lo que me demostró que la obra de Casanova sigue viva, aguantando bien el paso del tiempo. Decidí compartir mi entusiasmo con otros aficionados a la literatura, por la vía de exponer unas cuantas reflexiones en forma de artículo para el periódico. El texto se publicó en Territorios, el suplemento literario de El Correo. Me expresé asimismo en público sobre la cuestión en El Cultural. Y entonces prendió la chispa. David Villanueva, responsable de la editorial Demipage, mostró interés en publicar por partes la obra completa de Félix Francisco Casanova. Irazoki, por quien yo había conocido a finales de los setenta del siglo XX la existencia de este escritor, se ha encargado de cuidar con su habitual esmero las sucesivas ediciones. El resto es del dominio público.


Por cierto, Demipage acaba de publicar un libro suyo de poesía titulado “Yo quisiera llover”. Háblenos de ese nuevo libro.


Este libro reúne una muestra copiosa de mi obra poética publicada por la Universidad del País Vasco en 1993, más algunos añadidos posteriores. Ha sido concebido con la idea de dar a conocer mis poemas fuera de la provincia, donde yacían sepultados en compacto olvido. De la selección se ha encargado el profesor Juan Manuel Díaz de Guereñu. Mi hija Cecilia realizó la ilustración de la cubierta. El editor puso buen gusto en la edición y yo no sé qué decir después de los problemas matrimoniales que he tenido con la poesía. Durante años he vivido convencido de haberla abandonado. Sin duda un error de los muchos que acostumbro cometer. Cuando me llegó el primer ejemplar de Yo quisiera llover sentí que en realidad el abandonado había sido yo.


He leído por ahí que trabaja para 5.000 jefes. Espero que no sean muy duros con usted.


Bueno, dije eso de guasa porque de un tiempo a esta parte, cada vez que publico un libro, la primera tirada, por regla general de 5.000 ejemplares, se agota en el plazo de un mes aproximadamente y después sigue de costumbre un goteo parsimonioso de ventas. De ahí que con intención risueña hubiera hablado de los 5.000 lectores fieles por los que me dejo la piel en cada proyecto y a los que considero miembros de mi familia aunque no los conozca ni de vista.


La escritura es para Fernando Aramburu una gozada. Nada que ver con los tipos que sufren, se desaniman o se inflan a antidepresivos para salir de un bache de creatividad. ¿Nunca lo ha pasado mal en el proceso de escribir.


Nunca. Mi tarea como escritor no consiste en sufrir. He llegado a pasarlo bien incluso cuando he fracasado, como me sucedió este último verano. Escribí lleno de ilusión una obra de teatro. Una vez terminada, la sometí al veredicto de los amigos y de dos especialistas. La mayoría me la tumbó sin contemplaciones. La obra, en consecuencia, no saldrá del cajón donde se cubrirá de polvo mientras yo respire. Sin embargo, no tengo sueños intranquilos por el hecho de haber constatado una vez más mis límites. Tampoco voy a negar que en ocasiones he escrito sobre asuntos que me afectaban de una manera muy fuerte, hasta el punto de no haber podido contener las lágrimas junto a la mesa de trabajo. La escritura me aportó entonces claridad y algo de consuelo. Ni en los momentos duros (he llegado a escribir con un diagnóstico brutal que afortunadamente no se confirmó) he sentido desagrado por la actividad literaria.


¿Y la política? ¿Cree en ella o mejor nos quedamos solo con la escritura?


A mí no me tienta meterme a gestor de un país, una región, un municipio. Mi vocación política se agota en el esfuerzo por estar adecuadamente informado cada día y ejercer el derecho de voto cuando llegan las elecciones. Tampoco permito que la política interfiera demasiado en mi escritura porque sé por experiencia que simplifica al creador, le impone convenciones, esquematiza su pensamiento, le exige tomas de postura, lo vuelve dogmático. Eso sí, me interesan mucho la justicia y los comportamientos humanos en sociedad.


Sus libros se publican en muchos países. ¿Cómo se entiende este “Viaje con Clara…” (lleno de guiños culturales) en Alemania, por ejemplo?


Estamos a la espera de una respuesta por parte de las editoriales alemanas que están examinando el libro. Debido al contenido de la novela, albergo cierta esperanza de que alguna casa editorial alemana la acoja en su catálogo.


La distancia con que contempla las cosas y las costumbres de España desde Alemania le ayudan, le hacen sentirse “alerta” y clarividente. Descríbame en un par de líneas la realidad española de este momento, así como la ve con la distancia de por medio.


A ojos de los vecinos europeos, la imagen positiva de España ha sufrido en los últimos años unos cuantos rasguños, empezando por el que le ha inferido la horrenda tasa de desempleo. Su frágil cohesión nacional no pasa inadvertida en Europa, ni la pobre competitividad de su industria, ni su tradicional desidia por la investigación científica, ni la degradación ambiental de sus costas. Los éxitos deportivos, una docena de manifestaciones y figuras culturales, su firme vocación europeísta, contribuyen a darle brillo.

Etiquetas:

    Continuar

    Gracias por elegir Diario de Navarra

    Parece que en el navegador.

    Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

    Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

    Suscríbete ahora