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Joaquín Berges, autor de "Una sola palabra"

Seis horas de trabajo y cuatro de artesanía de un escritor en los márgenes de la literatura

Joaquín Berges presentó en Pamplona Una sola palabra

Joaquín Berges en el club de lectura de Diario de Navarra

Calleja
Actualizada 08/05/2017 a las 18:09
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  • José Ignacio Roldán

Joaquín Berges empezó tarde a escribir. Fue siempre su vocación y por eso estudió Filología, pero no dio el paso definitivo hasta los 33 años, cuando una temprana crisis de los 40 le hizo replantearse la vida. Redujo su jornada laboral, renunció a la promoción profesional y le echó un pulso al destino: si quería ser escritor debía comportarse como tal y escribir cuatro horas cada tarde. Once años después, venció su tesón aragonés. En 2009, Tusquets publicó su primera novela y este año le ha publicado la sexta, Una sola palabra, que Berges presentó el pasado 28 de abril en el club de lectura.

Joaquín Berges tiene un afinado sentido del humor, pero el trabajo de escribir se lo toma en serio. "Decidí escribir todos los días, me apeteciera o no. Esta profesión tiene algo de creativa, pero solo cuando concibes la idea primigenia. El resto no es arte, es artesanía, trabajo diario y por eso reduje mi horario. Como consecuencia, sigo haciendo las mismas cosas que hacía en el departamento de marketing y gano menos, claro. Pero lo agradezco porque reconduje mi crisis, soy escritor y además tengo unos ingresos fijos. Dedicarse solo a la literatura es muy difícil".

Esa ilusión por hacer realidad un sueño la transmite Berges allá donde va, sobre todo en los institutos. "A los chicos le s digo: no es vendáis al trabajo convencional al 100%. Haced una reducción de jornada y alternad con lo que os guste. Qué es eso de trabajar 8 horas. ¿No hay trabajos de menos horas? Aquí es donde los profesores suelen decir que es la hora de salir al recreo. En mi caso podría trabajar menos porque esto ya va dando alguna cosa".

¿Cómo se aprende a escribir? En gerundio: escribiendo. "Lo primero que haces no vale para nada. Puede ser como del Siglo de Oro. Ves que hay que depurar, que no puedes hacerlo tan bonito, que tienes que decir menos y que dejar que el lector ponga más. Tiene que tener datos suficientes para que reconstruya la historia en su cabeza, pero sin más datos de los necesarios". Dice Berges que lo ha aprendido de las formas narrativas actuales. "Los rusos el siglo XIX, no tenían televisión y había que explicárselo todo con grandes descripciones. Pero eso pasó a la historia. Vivimos en un mundo visual y eso influye mucho en la literatura. Cada vez se escribe más así, con menos detalles, porque el lector tiene gran formación audiovisual".

Berges explicó que solo le interesaba publicar con algunas editoriales. "Por puro baturrismo insistí una y otra vez con las mismas y tuve suerte de que a Tusquets le gustara Vive como puedas, a la que yo había titulado al principio Equilicuá. Sin embargo tuve que publicar primero la segunda, más seria, para luego publicar la más cómica. Una vez que has publicado las dos, tienes más libertad para hacer esta alternancia. Cuando me aburro de mi dramatismo, hago humor y viceversa. Y si me aburro de los dos haré ensayo".

Humor, un género desprestigiado

La literatura de humor ocupó buena parte de la presentación porque Berges utiliza los dos registros: el cómico y el serio. "El humor es muy difícil de hacer y hay pocos autores que lo practiquen porque no tiene prestigio. Sin embargo, es más difícil escribir humor que drama. Por eso también estoy contento de que el Cervantes se lo hayan dado a Mendoza. Me encantaría parecerme a él, es como mi padre literario porque tiene dos voces narrativas: humor y drama. Lo he leído todo desde muy joven. Ese humor inteligente tan difícil de encontrar en España".

Para Joaquín Berges, la máxima categoría del sentido del humor es reírse de uno mismo. "No vale reírse siempre del otro. Si no sabes reírte de ti mismo, te falta un grado que superar. Aspiro a ser un poco payaso y no me importa que se rían de mí o conmigo. Además el humor es una filosofía para afrontar la vida. Pasas los 50 y ves la vida de otra manera. No sabes si ver la botella medio llena o medio vacía y yo siempre la veré medio llena".

Ese mismo sentido del humor le ayudó a conquistar a su mujer en la facultad. "Si quieres ligar, usas el humor para explicar que eres inteligente, más capaz de lo que el físico te presupone. Eso le ha pasado a mi generación y a la de Woody Allen. En mi carrera había muchas mujeres y con el humor conseguí seducir a mi mujer. Creo que ahora no le hago tanta gracia".

Una sola palabra

La propia editorial dice de Berges que es un autor secreto, con fans, pero no muy conocido. "Muchos de mis libros han tenido particularidades que los han alejado del gran público. Me he ido a los márgenes de la literatura. Yo llevo una vida muy convencional, pero mi literatura tiende a lo contrario".

En el caso de Una sola palabra se pudo como reto adoptar el punto de vista de una mujer. "Celia es una periodista que ha perdido la memoria, que teme quedarse paralítica por culpa del ictus y que no recuerda la palabra que abre sus archivos. Sabe que es una sola palabra. Como es periodista, prefiere investigar y encontrarla por sí misma en lugar de acudir a un informático".

Para documentarse, no habló con ninguna Celia. "Mi parte femenina es muy acusada. Me dais a elegir entre Angelina Jolie y Brad Pitt y elijo a Brad Pitt para lo que surja –afirmó entre las risas de la concurrencia-. Hay que ser un poco ambiguo a veces y en esta novela se ha manifestado mi parte femenina. Tenía miedo de que saliera una marimacho y me han dicho que no, que el personaje femenino es creíble. En ficción todo es mentira, pero tiene que ser verosímil. Solo es verdaderamente falsa la historia cuando podría ser verdadera".

Según Berges, el estilo debe estar al servicio del lector y pasar desapercibido. "Si quieres contar la historia de Celia, que lo ha olvidado casi todo, tienes que ter cuidado. Tenía que estar siempre cerca de Celia. Es una tercera persona que se parece a la primera. El estilo había de ser parco porque esa persona se ha despertado del coma y no está para florituras. Y tenía que ser en presente para que el lector descubriera lo que pasa con Celia. Escribir en presente es más difícil que en pasado".

Somos nuestra memoria

Su novela trata del olvido, un tema que le interesa especialmente porque la vida es así, memoria y olvido. "Somos nuestra memoria –dice citando a Borges-. Cuando un bebé nace, no es nada y eso que tiene memoria genética, ancestral. Potencialmente sí es, pero aún no es nada. Si le quitas la memoria el segundo día, sigue siendo la misma persona. A los 5 años cambiaría poco. Pero si le quitas la memoria a los 64 años, ya no es nada como persona. La vida habría sido una pérdida de tiempo. Lo que nos hace disfrutar de la vida es el futuro. Miramos al futuro, es el sentido de la vida.".

Joaquín Berges cree que nos resulta muy difícil cambiar sin atravesar un episodio dramático. "Hay una gran inercia. Un matrimonio para toda la vida no es normal. Con la cantidad de seres humanos que hay, no es normal la fidelidad, pero en cambio lo normal es que sigamos juntos. Tienes hijos, el tema patrimonial, el día a día, dónde voy a vivir... La inercia sostiene hasta los matrimonios".

Un Master Chef de libros

Le preguntaron al autor si lo que se escribe ahora no es un poco light y respondió que hay dos tipos de lectores: los interesados en el autor y los interesados en las historias. "El público es soberano, lo que no es es uniforme. Es verdad que se escribe pensando en quien va a leer y cualquier día habrá un Master Chef de literatura y en vez de un cocinero aparecerá Eduardo Mendoza para ayudar a escribir. Dirán: hoy, un best seller. Y cogerán una receta con un poco de sexo, sangre y misterio porque hay fórmulas para la literatura más comercial".

Con lo que es más pesimista es con la afición a la lectura de los jóvenes. "Los jóvenes se han educado de otra manera. El homo sapiens necesita una dosis de ficción al día. Nosotros la sacábamos de los libros. Hay gente que solo lee en verano y el resto del año ve series. Es la dosis de ficción. Puede ser el cine o puede ser los videojuegos. Cada uno precisa su dosis de ficción y me da la sensación de que hay otras formas aparte de la literatura. Nosotros teníamos tebeos, el UHF y poco más".

Tampoco cree que el cariño por la literatura se pueda transmitir a los hijos. "Tienen que experimentar. Yo de pequeño me ponía nervioso al pasar la mitad del libro porque se acababa. También depende de cómo sea tu infancia. Si has tenido una infancia plena, tu necesidad de ficción está satisfecha. En mi caso me quedé sin padre a los 11 años y los libros fueron un escape, una salida. Para mí, un libro es Matrix, es una conexión para salir de la perversa realidad. Jamás salgo de casa sin un libro. Lo único que me gusta del invierno es que puedo llevar un libro en el abrigo".


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