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JAVIER SIERRA, EN EL CLUB DE LECTURA

Mi noche dentro de la Gran Pirámide

Javier Sierra y La pirámide inmortal

Javier Sierra y La pirámide inmortal

Jesús Caso
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Actualizada 07/11/2014 a las 19:11
  • Laura Puy Muguiro. Pamplona
En 1799 Napoleón Bonaparte está en Egipto. Francia le ha enviado allí un año antes, en una expedición para liberar al pueblo egipcio de tres siglos de dominio turco. Pero los ingleses han hundido su flota y el joven general se dedica a recorrer el país del Nilo visitando todo tipo de yacimientos. Y en agosto de aquel 1799, al regreso de una de sus escaramuzas por Tierra Santa, decide volver a El Cairo y pasar una noche en el interior de la pirámide de Keops. Es la del 12 al 13. Su séquito le acompaña hasta la Cámara del Rey, la habitación noble, y pide que le dejen solo. Durante 7 horas. Al emerger de la pirámide, justo al amanecer, lo hace perturbado. "¿Qué os ha sucedido?", le preguntaron los suyos. "Aunque os lo contara no me ibais a creer", contestó.
"Y nunca contó qué le pasó". Quien pronunciaba esta frase en el Club de Lectura de Diario de Navarra era Javier Sierra, autor de La pirámide inmortal, que surgió tras haber releído una de sus novelas, El secreto egipcio de Napoléon. "Ahí, en esa anécdota, vi un hueco en la historia que era muy fascinante para tratar de comprender y de rellenar". Por eso decidió escribir la historia. "Pero para hacerlo bien, había que conocerla y poder hacerse una idea de qué podía haber pasado a Napoleón en la pirámide", añadió como introducción al relato al detalle de su experiencia de una noche allí.
De 45 siglos de antigüedad, "ninguna de las 120 pirámides inventariadas de Egipto tiene la estructura que ésta, con su complejidad de laberintos, pasillos". El ascenso a la pirámide en 1799 era "una auténtica locura". Con galerías de 1,20 metros de altura, comparó su situación con la época actual. Ahora hay luz eléctrica, pero entonces se funcionaba con antorchas. Ahora hay listones en el suelo para no resbalarse, pero entonces era piedra lisa. Y, por si fuera poco, aquello en 1799 no lo visitaba nadie. "Estaba lleno de murciélagos, ratas... Olía al excremento de todos estos animales, un olor ácido. Y Napoleón decide pasar la noche ahí, en ese estercolero que era la Gran Pirámide". La Cámara del Rey, donde el general pernoctó, es una sala de unos 10 metros de largo y 5 metros de ancho con una única pieza de mobiliario: un sarcófago, un arcón de piedra, de granito, de 2,30 metros de largo y 0,90 metros de ancho, donde cabe una persona tumbada. "Y ese cajón es la pieza clave de esta historia".
Cuando Sierra obtuvo el permiso para pasar la noche allí ("fue una entrada de extranjis, alegal, que no ilegal"), le dejaron hacerlo con una pequeña mochila que contenía un paquete de galletas, una botella de agua y una linterna. "Pero lo último que se me ocurrió fue comprobar las pilas, así que a los pocos minutos de quedarme solo en la Cámara del Rey, tras desconectar la luz, me quedé a oscuras". Y aún tenía siete horas por delante.
En absoluta oscuridad, una más tarde "empecé a notar cosas raras, aunque era mi imaginación". La primera que perdió la noción de dónde terminaba su cuerpo y dónde comenzaba la tiniebla. Como si se estuviera deshaciendo en la oscuridad. "Así que me puse a dar palmas, a moverme, para sentirme vivo. Pero el eco metálico que recibía de esa sala era tan terrorífico que era mejor quedarme quieto".
Al cabo de un rato, en su cabeza empezó a acordarse de cobras y escorpiones. "Y a ese terror irracional añadí otro: quedarme sin aire. Me preocupé por mi salud, y para entretenerme no se me ocurrió otra cosa que acercarme al sarcófago y tumbarme. Estoy convencido que Napoleón hizo esto mismo". Y allí dentro empezó a notar que la sensación de disolverse se había multiplicado y que el sarcófago tenía exactamente sus medidas. "Y yo no mido 2,30 metros de altura".
A las horas escuchó voces. Volvían a por él. "Estaba tan desesperado, que fui bajando a ciegas. Vi los primeros rayos de luz, muy tenues, y sentí una sensación jamás hasta entonces: estoy vivo". Dentro había estado muerto, pero ahora era como volver a salir del interior de su madre. "Y gracias a esta novela he descubierto algo muy simple: lo único que gana a la muerte es el amor. Ahí está la fórmula de la vida eterna".
 



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