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I CERTAMEN RELATO CLUB LECTURA DN

"Obra Póstuma", de Alberto de Frutos, ganador del I Certamen de Relato Breve del Club de Lectura de DN

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Actualizada 17/06/2013 a las 22:24
  • DN.es
Lo vi en Pamplona, en los toros. Llevaba todas las historias en sus ojos que brillaban y aún sabía hacer felices a las palabras. Tenía en mi casa una edición de 1955 de A farewell to arms, en Luis de Caralt, con las hojas despegadas de tantas noches en vela; y, cuando supe que ese año volvería a la fiesta, me empeñé en que me la dedicara.

Hemingway no era un fantasma. Era el mejor escritor de su generación y el mejor escritor del mundo, pero, aun así, se dejaba ver: nunca se había escondido, le gustaba mirar de frente, al miedo y a la fama. Hasta que se puso a teclear sus crónicas periodísticas, y sus novelas y sus cuentos, las palabras se habían desplazado en diligencia y pocas veces llegaban a su destino, agujereadas por los cuatreros y los indios del estilo lento y contemplativo. Pero, amigo, él hizo que las palabras volaran como obuses y bastaba con leerlo para estallar con ellas.

Para nosotros, Papá Hemingway era, verdaderamente, un padre y un amigo.

Y, por eso, aquella tarde en La Estafeta no solo le pedí que me dedicara su novela –“A Alberto, que será un escritor tan bueno y sabio como su voluntad quiera”–, sino que le di a leer un libro mío, muy breve, que había escrito bajo su influencia. “Lo he traducido al inglés, para que le sea más fácil hacer las correcciones, y he metido una hoja al final con mi dirección”.

Me sentía bastante orgulloso de esa historia, que se desarrollaba en un país de América del Sur y hablaba de unos contrabandistas de cacao que morían en una emboscada, y entonces la novia de uno de ellos contrataba a un tipo duro para averiguar lo que había pasado y hacer justicia (por supuesto, la chica y el detective se acababan enamorando). A diferencia del maestro, yo no había sido capaz de esquivar algunos lugares comunes, pero confiaba en que sus consejos hicieran de La luna de los trópicos una novela tan importante como lo fueron Por quién doblan las campanas o El viejo y el mar. Le dije que no me corría prisa, y Ernesto me miró con sus ojos chispeantes, y llamó al mozo que atendía las mesas y me invitó a una botella de vino.

Sin saber cómo ni cuándo, llegó la noche, el grupo fue creciendo en el bullicio, y, cuando volví a casa, era ya muy tarde.

Desde entonces, esperé cada mañana carta de Hemingway. Soñaba con sus letras enmarcadas en el salón y con el asombro de las visitas, que me pedirían permiso para fotografiarlas. No me importaba su severidad, y, de hecho, contaba con que los elogios brillaran por su ausencia. Él era nada menos que un premio Nobel de Literatura, y yo un simple estudiante de leyes que había salvado la fe en las palabras gracias a sus obras. Con el tiempo, la prudencia me hizo reconocer que la luna de los trópicos no tenía ningún valor literario y hasta perdí la última copia que me quedaba en una mudanza.

Decidí que el silencio de Hemingway era una forma de no herirme, y la vida me acabó llevando por otros derroteros. Tras aquella tentativa, no volví a empuñar la pluma. Me doctoré en Derecho y nada más acabar la carrera me empleé en un bufete. Compraba el periódico todas las mañanas y la vista se me iba tras las páginas de Cultura y Sociedad, donde a veces hablaban de Hemingway. Un día, supe que había publicado una novela titulada El verano sangriento y corrí a comprarla a mi librería. Tan solo un año después, su rostro se asomaba a la portada de todos los diarios y revistas: el maestro se había suicidado en su casa de Ketchum, Idaho.

Me negué a creerlo.

Hemingway no podía haberse matado. Era alegre como un niño. Pero entonces pensé que los niños también lloran y que hay dolores que el cuerpo puede disimular, pero con los que el alma no se acostumbra –ni debe hacerlo– a vivir.

¿Qué pasaría, me pregunté, cuando revisaran sus papeles y pusieran orden en su despacho? Si no la había traspapelado en alguno de sus viajes, La luna de los trópicos resucitaría bajo una cordillera de polvo, tal vez entre una novela incompleta y unos poemas de juventud abortados por el extraño pudor de la vejez. Ahí estaría, sí, y su albacea se haría cruces al tratar de catalogar esa obra de la que no había referencia alguna en su epistolario. Puestos a fantasear, suprimí la hoja final con mi dirección y soñé con una pila de ejemplares en la librería de Pamplona que frecuentaba: todos los críticos y los expertos en su obra le habrían atribuido por error mi novela, y yo sería incapaz de abrir la boca, porque, al fin y al cabo, la gloria no se comparte ex-aequo y nadie iba a creerme.

Pero aquella trama metaliteraria encajaría, más bien, en cualquier nouvelle de Henry James. En el fondo, no había verdad en ella, y me alegré de que la resolución del caso, señoría, se pareciera más a las ficciones sutiles y exactas de mi compadre de Oak Park. Una mañana, dos semanas después de la muerte de Hemingway, mi traducción al inglés de La luna de los trópicos –Tropical moon– desembarcó en mi casa de Pamplona; en la primera página, y con letra temblorosa, leí el consejo de mi amigo: “Lucha por esta hermosa y valiente novela, Alberto. Lucha por todo en esta vida”.



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