Sinfonía de silencio

Ana Torbes

Publicado el 09/05/2013 a las 15:03

El día sería como los demás. Una seguidilla rutinaria de actos impensados, de cosas que ocurrían sin que nadie lo hubiese pedido. De azares que dibujaban una vida común.

Pero no. El día no sería como otro día cualquiera.

Se dio cuenta al abrir los ojos. El rayo de luz que apenas lograba vencer la persiana y colarse por las rendijas no era como el de otros amaneceres.

¿Cuál era la diferencia?

El silencio. Era un rayo silencioso. Sin acompañamiento de ruidos de vecindario – de cucharillas que se caen al piso, de despertadores que obligan conectar las entumecidas neuronas, de vehículos que comienzan a hacer tronar el día -. Silencio.

El despertador no había sonado.

Sólo se oía el silencio.

Decidió abandonar la cama. Ni siquiera el arrastrar de las pantuflas lograba arrancar un sonido.

Todo era silencio.

El agua del lavamanos estaba helada como siempre, pero fluía sin ruido. Sin ese remedo pequeñísimo de catarata que siempre se le había antojado un privilegio que debía disfrutar. Nada. Silencio.

Encendió la radio y lo mismo. Sólo silencio. Le cambió las pilas. Nada.

El televisor mostraba a la chica que leía las noticias a esa hora. Sin sonidos!!

Le divirtió ver en el recuadrito al intérprete de sordos esforzándose en traducir sonidos que no existían.

Abrió la puerta para buscar el periódico que debía estar esperando junto a la alfombrilla pues el repartidor siempre lo dejaba allí. Todos los días, pasara lo que pasara.

Sorpresa!

Allí estaba el diario. Sí. Dobladito como siempre. Pero ¿qué pasa? Por qué me han dejado el periódico de ayer?

Cerró la puerta y se dirigió a la cocina. .este silencio.. y este periódico ya viejo..¡no entiendo!

Preparó el café y el olor le indicó que ya estaba listo. No hubo ni pitidos ni burbujeos que le avisaran que ya había terminado de colar… Nada. Solo silencio.

Se duchó en medio de la sensación más extraña de su vida. El agua que golpeaba contra las paredes no sonaba

-¿ Qué pasaba?-

Arropado por una intensa incertidumbre salió del apartamento y las llaves, que casi hablaban de tanto ruido que hacían, también estaban calladas…

La situación se le comenzó a hacer insoportable.

El ascensor llegó a su piso sin que pudiese oir la campanilla que lo anunciaba .

Al llegar al estacionamiento vio a varios vecinos que parecía que conversaban….

Epa!! Si conversaban era porque se oían. Gesticulaban, movían los labios, reían, callaban.. Pero ellos no se inmutaron por su presencia. No lo veían.

¿Se habría vuelto invisible? No. El se veía . Se había visto en el espejo del ascensor.

Veía sus pies. Sus zapatos. Su camisa. Estaba allí..

-¿Qué pasaba?-

Se acercó al grupo que ahora parecía acalorarse con lo que debía ser una interesante conversación. Chismes. Seguro estaban hablando de otros vecinos. Mal, por cierto.

Pero ellos no lo veían

¿Qué estaba ocurriendo?

El no oía nada de su alrededor. Ellos no lo veían.

Lo pensó durante un par de minutos.

Recordó el sueño profundo de la noche anterior. Y la pesadilla. Un viaje a quien sabe donde que no quería hacer pero que hacía obligado.

Entonces abrió el periódico que llevaba bajo el brazo en la página de obituarios. Solo por curiosidad. Allí estaba, pequeña, enmarcada en negro y encabezada por una escueta cruz, la nota que avisaba que al día siguiente –hoy - fallecería en la paz del Señor.


Había cumplido.


¿Y qué hago ahora con mi propia muerte?


¿Es que la muerte es eso, solo un silencio invisible?


Y el silencio se hizo más profundo. Eterno.


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