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Pequeños placeres cotidianos

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Actualizada 09/05/2013 a las 15:00
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Todas las mañanas aparece por el bar puntualmente a la misma hora. Serio, aseado y formal, con la ropa gastada pero limpia. Apoyado en su bastón, con la carga de sus muchos años inclinando su espalda, va directo hacia su sitio: una pequeña mesa, casi siempre vacía, al final de la barra. No necesito que me diga nada, una mirada es suficiente. Mientras pongo el café, sus ojos van recorriendo todo el bar buscando el periódico. Si lo encuentra ocupado por algún cliente ocasional, espera pacientemente. Pero si es uno de los clientes fijos el que lo tiene en esos momentos hay una regla no escrita dictada por el respeto hacia sus muchas canas, que les lleva a cederle el turno de lectura a D. Ramón.

-Caramba caballero, no le había visto entrar - miente piadoso Enrique, encargado de las obras del Parking, mientras le acerca el periódico. ¿Como estamos?

D. Ramón, agradecido hace un leve gesto con la cabeza, aceptando la invitación y recogiendo su tesoro diario, mientras le contesta:

- Esperando que acabe este dichoso invierno. Este frío, no le hace ningún bien a mis cansados huesos.

Enrique asiente paciente y se vuelve a la mesa. Sabe que ya no verá el periódico esta mañana pero también sabe que el guiño que le he enviado se lo asegura a la hora de comer. Esa es la regla: quien cede el diario a D. Ramón es el siguiente en tenerlo. Mientras voy secando platos después de los almuerzos, me quedo mirando como apura su taza y la lectura, que como él mismo me contó es su única distracción diaria desde que, hace ya varios años, murió su mujer. Tengo entendido que entre las vecinas del edificio donde vive desde siempre, se van turnando para ayudarle a limpiar la casa, lavarle la ropa y atenderlo si se encuentra pachucho.

No es muy hablador, pero alguno de estos días tontos, en los que sin saber porqué la gente se olvida de venir al bar, he tenido la suerte de que me dejara sentarme a su lado y así poder disfrutar los dos. Yo escuchando y el contándome historias. Porque D. Ramón fue, durante mas de treinta años, dueño del único quiosco de los alrededores hasta que abrieron la galería comercial. El ha sido testigo de todos los cambios que se han producido en el Paseo del Olvido. Conoce a todo el mundo y todos lo conocen y respetan. Los mayores de ahora eran los chiquillos que muchos días, cuando no tenían más que para lo estrictamente necesario, podían comerse algún caramelo que él les regalaba. Más de uno y mas de dos, han aprendido a leer con él en el quiosco, enseñándoles pacientemente las letras y dejándoles que leyeran gratis los diarios, siempre y cuando no los estropearan. Tebeos, fotonovelas, libros... todos pasaban por el quiosco que, en aquellos tiempos, era el centro de intercambio de cultura de ese pequeño barrio de gente humilde, cuando el centro de la ciudad aún quedaba muy lejos. Los maestros le pedían los libros de lectura para el colegio y él siempre se las apañaba para conseguir algún ejemplar de más para la biblioteca. En los tiempos difíciles después de la guerra, su trastienda se convirtió en una pequeña librería clandestina. Era el único sitio donde se podía leer a los autores prohibidos y muchos que ahora se las dan de intelectuales, tienen que agradecérselo a su valentía y a su coraje.

Además nunca le faltaba una palabra amable. Siempre sonriente a pesar de ser, junto con Paco el hornero, de los más madrugadores.

- Me gustaba empezar el día leyendo el periódico - me contó - mientras me tomaba el primer café del día. Eran esos momentos de tranquilidad, antes de comenzar la jornada: mi tiempo. Cada día estrenaba un periódico nuevo que venía cargado de noticias, unas buenas, otras no tanto. Pero no solo disfrutaba del diario en si, me encantaba el olor de la tinta fresca, el tacto del papel, el oír crujir las paginas mientras las pasaba despacio, el sabor que se me quedaba pegado a la lengua cuando mojaba los dedos para pasar las paginas... que tiempos aquellos. Que sensaciones. Ahora viejo, sordo y casi ciego, solo puedo leer los titulares, pero de vez en cuando me llega el olor a tinta fresca, el recuerdo de esos pequeños placeres cotidianos es lo único que nos queda a los viejos.

Sólo faltó a su cita con los periódicos cuando su mujer, cayó enferma.

- No fue mucho tiempo - me dijo bajando la voz, mirando hacia fuera con ojos tristes - toda una vida juntos y en solo tres meses se marchó, y yo me quedé muy solo.

Ese día, fue el único en el que vi una sombra de tristeza pasar por sus ojos. Tan solo acerté a apoyar mi mano sobre la suya, pero él supo agradecerme ese gesto de cariño con una sonrisa.

- Venga D. Ramón, que hoy le invito yo al café, que mañana me voy de vacaciones - le dije levantándome deprisa, con esa falsa alegría que pretende contener las lágrimas.

- Muchas gracias Rita - me contestó sonriendo - esperó que descanses y que te lo pases muy bien - me deseó mientras se levantaba despacio y apoyándose en su bastón, salía del bar.

Hoy vuelvo de mis vacaciones pero me he levantado con un mal presentimiento. Al llegar al bar y subir la persiana notaba una opresión rara en el pecho. No he podido resistirme y lo primero que he hecho ha sido abrir el periódico por las páginas de las esquelas. Mi pequeño homenaje a D. Ramón ha sido dejar durante todo el día un café enfriándose en su mesa junto al periódico que nadie ha tocado.




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