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Empleo

Cuando el desempleo mata

El autor denuncia el olvido de trabajadores válidos, arrinconados por las prebendas, trabajo improductivos, chupópteros y profesionales del absentismo

Víctor M. Fernández Díaz.

Víctor M. Fernández Díaz.

Actualizada 18/04/2018 a las 23:46
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  • Víctor M. Fernández

El pasado 7 de abril de 2017, las páginas de este mismo periódico publicaban un hermoso reportaje sobre un conocido centro navarro de reinserción sociolaboral ... “Hacía años que no era tan feliz como ahora”. Julián González Esteban, pamplonés de 57 años, comercial del sector de la automoción, perdió su trabajo con la reciente crisis y, tras años sin encontrar un hueco laboral, acabó “ psicológicamente hundido”. “Fue mi tabla de salvación”, aseguraba Julián.

Julián era mi amigo, casi un hermano al que, en uno de esos hachazos tan imprevistos como brutales, el pasado viernes 2 de marzo se le encontró muerto en su casa. También lo del centro de reinserción se le había terminado, al igual que un par de oportunidades anteriores igualmente fallidas. La edad no perdona, de manera especial para perfiles no específicamente cualificados, dicen los expertos. Y, según parece, superados los 50, la tercera edad laboral se te viene encima y te conviertes en carne de cañón, sospechoso de parásito pensionista y desecho de una sociedad enferma, egoísta e inanimada.

Julián, cuando su centro neurológico no se le apagaba, era un poderío de empuje y de auto motivación. Su enorme risa, su invasora alegría y su inagotable energía no dejaba espacio al desaliento o a la tristeza. O, al menos, así fue hasta que los colores de su vida de repente un día tornaron en negro por un maldito tsunami, llamado crisis económica, que sólo fue transitoria para algunos.

No es mi intención escribir un obituario ni siquiera una crítica oportunista y temporal que, en todo caso, no arreglará la soledad y el enorme vacío personal. También he tratado de autoconvencerme de la inoportunidad de escribir en caliente, cuando el dolor obceca y enturbia la razón y se agolpan mil y una sinrazones para disparar contra un mundo inhóspito, contra una educación vital basada en la rutina, en una estructura preconcebida y heredada de supuesta estabilidad económica, familiar y societaria que agobia y aburre y que no da oxígeno ni educa para los reveses que, más temprano que tarde, acuden a visitarnos.

Reveses que nos descolocan, haciendo de nuestra supuesta segura existencia, una batalla en la que, los menos fuertes, sucumben de una u otra forma.

Pero quiero y necesito escribir. Tengo la oportunidad, que probablemente no tuvo Julián, de desahogarme con Uds. Y quiero utilizar esta personal oportunidad para gritar, explotar y vomitar, a través de la escritura y en escasamente cinco mil caracteres, toda la rabia tantas veces contenida y callada en el estuche de lo políticamente correcto. Gritar, en el maravilloso silencio de las palabras escritas y aunque no sirva, que ya está bien.

Ya está bien, de seguir construyendo una sociedad insolidaria, ruin y egoísta, en la que se aplica la ley de la supervivencia más genuinamente animal y selvática. Donde nadie hace un favor, ni echa una mano cuando realmente se le necesita. Donde el prójimo, incluso el más cercano, constituye una relación farisea, un número, un coste, una mera apariencia, cuando no una carga o un problema.

Ya está bien, de pantomimas y espectáculos ridículos, de políticos ridículos, discutiendo sobre asuntos ridículos, para perpetuarse en ridículos asientos, y sin preocuparse de lo que verdaderamente es vital para la gente.

El tan traído Estado del Bienestar no es sino que la gente, las personas, los ciudadanos, obtengan un trabajo digno; un cuidado cuando la enfermedad aparezca; una educación para sus hijos y una seguridad en el retiro. Esas deberían ser las prioridades de la Política al servicio de los ciudadanos y no al revés.

Ya está bien, de tantos recursos humanos, capital humano, conocimiento humano y no sé cuántas diatribas más, tan vacías como autocomplacientes, en las que casi nadie cree y que, sin embargo, se venden por doquier, prostituyendo la razón y ser de cualquier proyecto empresarial.

Ya está bien de construir una sociedad que rechaza a su gente más experimentada, que falta al respeto a sus mayores y que aparta a los sabios e inteligentes por peligrosamente críticos.

Ya está bien de mantener prebendas, puestos de trabajo inactivos y manifiestamente improductivos, chupópteros y profesionales del absentismo, estructuras administrativas elefantiásicas y condescendencias y tablas de salvación para unos, mientras a otros se les machaca a impuestos y se les ajusta permanentemente sus ganancias y ahorros para gastos mezquinos y superfluos.

Ya está bien, de miles y miles de profesionales de altísimo nivel de preparación abandonados a su suerte que, a duras penas, llegan al día 15 de cada mes.

Ya está bien, en definitiva, de un interminable etc. de tanto engaño masivo, tanto discurso para la galería, tanta hipocresía y tanta patraña.

Soy consciente, y hago ímprobos esfuerzos, para no caer en el discurso fácil y en la búsqueda de culpables externos sin el obligado análisis crítico de la propia responsabilidad y actitud personal.

Pero que un hombre, una sola persona, llena de vitalidad y de motivación sucumba a un sistema como el que nos hemos dado, en la general y mastodóntica falacia de que vale más la sociedad, el Estado, la política, las estructuras, la república, la monarquía, la economía, el país, la competitividad, que el propio ser humano es cuando menos, para hacérselo mirar. Si es que, todavía, tiene solución. Gracias Julián. Hasta siempre.
 

Víctor M. Fernández Díaz es abogado y socio-director de Concilia

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