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Opinión
En singular

Soy una egoísta sensorial

Anne Radjassami

Anne Radjassami

Actualizada 21/02/2018 a las 21:48
  • Anne Radjassamy

No soy de las personas que puedan seguir el consejo del grupo británico Depech Mode: ‘Enjoy the silence’: ¿por qué?, ¿qué tipo de silencio? ¿El silencio de la noche, de la calle por la mañana, el silencio que provoca el ruido de fondo?

No soy fan del silencio, soy una amante de los cascos y de los auriculares. Me acuerdo de la primera sensación al salir a la calle con unos auriculares, con música en mis oídos. El poder de transportar la música, el poder de darles vida a mis pasos aburridos. Es una sensación que me acompaña desde que tengo once años.

Sabiendo que los cascos son una pieza primordial para mi bienestar, decidí quitármelos durante una semana y disfrutar el silencio.

Primera conclusión: en la calle el ruido es constante. Vivo en el Casco Antiguo y el baile de los repartidores mañaneros me parece mucho menos divertido. Cuando tengo los cascos puestos intento buscar canciones que se acercan a lo que pasa en la realidad, a lo que veo. Los repartidores pueden ilustrar perfectamente una de las ‘Gymnopédies’ de Satie o un ‘Chop Suey’ de System of a Down. Esa tarea sin cascos no tiene tanta chispa. Chispa tiene el ruido de las botellas de Coca-Cola cuando se chocan en la caja.

Ir sin cascos me hace mirar con más atención, fijarme en los pequeños detalles. He descubierto muchas fachadas de edificios que desconocía, una joyería que nunca había visto (¿¿¿existe una en Estafeta???), un local de decoración, un bar muy estrecho con un pasillo eterno…

Un lugar en el que los cascos no son cómodos es en el gimnasio, porque se caen, se enredan con la botella de agua y con las máquinas. Eso sí, tienen el mérito de hacer volar el tiempo.

Ir al gimnasio sin cascos es sentarse en la bici y oír cada gota de sudor resbalar desde la frente hasta el pecho sin interrupción, y es poder averiguar cuántas prótesis lleva nuestro vecino de máquina de ochenta años por el ruido que hacen. Ir sin cascos al gimnasio es estar abierto (según los demás) a todo tipo de conversación y entrar en un bucle de preguntas/respuestas sin sentido que no importan a nadie.

En definitiva, ser amable porque no queda otra. No queda otra porque vas sin protección. Ir sin cascos al gimnasio es como ir en una moto, una irresponsabilidad.

 

El objetivo de llevar los cascos a todas partes es escuchar música pero también huir de la gente a la que no apetece hablar cuando no lo has decidido. Además, es útil para no oír lo que la gente dice.

 

El transporte público es un sitio que, sin cascos, se parece al infierno. El tiempo de espera se duplica y el frío se hace todavía más frío. Los monólogos de las notas de voz de Whatsapp, las preocupaciones de los adolescentes a los que apetece contestar: “y lo que te queda, chaval”, las recetas de las abuelas gritonas, los compañeros de trabajo que se quejan de sus condiciones laborales, todas las frustraciones del ser humano explotan en el transporte público. El camino hasta el trabajo se hace interminable. Estas conversaciones no son mías, no las he elegido, me importan muy poco o nada. Coger el autobús con los cascos no es frustrante, es sentirse en un videoclip, clásica imagen de movimiento con un personaje estático. El camino en bus podría ilustrar las canciones ‘Spellbound’ de Siouxsie and the Banshees, ‘Cherry Blossom Girl’ de Air o ‘Kool Thing’ de Sonic Youth.

 

No soy de las personas que disfrutan escuchando las conversaciones de los demás, que saben apreciar los ruiditos de la vida, que viven del silencio luminoso de la Tierra. Soy de los que necesitan ruido cuando lo han decidido, una egoísta sensorial que no quiere aguantar la poca educación de los demás.

 

Durante esta semana no he disfrutado el silencio del que hablaba Depech Mode, solo me he reencontrado con lo que me había hecho ponerme los cascos a los once años.

 

PD: Ludovico Einaudi y su composición ‘Underwood’ me han acompañado para escribir esta experiencia.

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