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FAMILIA

Gestión de personal

Sonsoles Echavarren

Sonsoles Echavarren.

Actualizada 17/11/2017 a las 10:48

Todos los viernes por la noche dedico una media hora a organizar nuestro fin de semana. Y eso que no compartimos muy a menudo cenas con amigos (de esas que saben a gloria y a vino blanco), ni vemos el último estreno de la cartelera, ni aplaudimos en los conciertos a nuestros cantantes favoritos ni improvisamos al despertarnos una mañana de domingo una escapada para comer en un restaurante a pie de playa o perdido en un monte. Tampoco alargamos después la sobremesa, sin prisa por volver a casa y estudiar el examen del lunes. Como hacíamos en nuestra otra vida. En la de 'no padres'. Ahora casi toda nuestra actividad de fin de semana consiste en encajar como un 'tetris' la intensa vida social de nuestros hijos. Así que, sentada en el sofá y 'guasapeando' de forma compulsiva como una adolescente, mantengo varias conversaciones al mismo tiempo "¿Trabajas mañana por la mañana -le pregunto a mi marido que, hasta las nueve de la noche, nunca sabe su horario del día siguiente-. Hay un partido a las 8 y otro a las 12. Cada uno en una punta de la ciudad". Y como, de momento, no tenemos el don de la ubicuidad, hay que seguir tirando de otras "reinas y reyes del patio" que comparten con nosotros estos planazos madrugadores de los sábados. "¿Tú los llevas y yo los recojo?", le sugiero a una amiga cuyo hijo juega en el mismo equipo que el mío mayor.  Porque al mediano, desvela por fin mi móvil, lo lleva mi marido junto a otro amigo. Y cuando ya parece que está todo coordinado, silba un 'whatsapp' en el grupo de 'cumple Juan'. ¡Ay! ¡Es verdad! El mediano tiene cumpleaños el sábado a las cinco y para eso tendré que sacarlo un poco antes del grupo de scout. Bueno, a él y a sus amigos también invitados a tal evento. Ya que voy... Y en esas ando cuando, aún con el móvil en la mano, inicio nuevas conversaciones con otros padres para organizar esa logística. "De acuerdo, pero ¿tienes un elevador de sobra?", me cuestiona una de mis interlocutoras. Elevador de niños en el asiento del coche, se entiende. Aunque no me vendría nada mal algo que me elevara la moral a esas horas. Porque el fin de semana con familia numerosa y mientras los niños son pequeños es un auténtico encaje de bolillos y una gestión de personal en toda regla. ¡Vamos, que los departamentos de Recursos Humanos se quedan cortos a nuestro lado!

Pero, ¿qué está ocurriendo? Cuando le enumero a mi madre todo lo que tenemos que hacer se echa las manos a la cabeza. "¡Hija mía! ¡Qué estrés! Cuando erais pequeñas no teníamos tantos planes", me recuerda siempre. Y es cierto. Los cumpleaños solían ser los viernes por la tarde en las casas de las homenajeadas, con unas patatas fritas, un bizcocho y poco más. Los sábados íbamos a ver a unos abuelos; y los domingos, a los otros. Cuando hacía buen tiempo, salíamos de excursión; y en Navidad, alguna vez, al cine. Como algo extraordinario. No encajábamos las horas en boleras, parques de camas elásticas, sesiones matinales de películas infantiles, partidos de fútbol, balonmano, pala, ensayos de música, cuentacuentos o invitaciones de amigos para jugar a 'la Play', a la "Wii" o al Monopoly, que lo mismo me da. Creo, y coincidiréis conmigo, en que los padres de nuestra generación nos hemos convertidos en unos seres "sobreprotectores" y, además, en amigos de los padres de los amigos de nuestros hijos (leedlo despacio que no es un trabalenguas). Con ellos organizamos comidas con el equipo de turno, nos vamos de excursión o a cenar unas pizzas a un centro comercial  (los niños en una mesa y los adultos, en otra, por suerte). Porque, que yo recuerde, mi madre solo conocía a las madres de mis dos mejores amigas de toda la vida. Y mi padre, ni eso. ¡Justo se sabía los nombres de unas pocas niñas! Además, yo siempre tenía que añadir 'Marta, la que vive en la calle 'tal'" porque él solo las recordaba por sus domicilios, ya que todos los eneros las repartía por sus casas después mis cumpleaños. ¡Qué tiempos aquellos en los que todas, apelotonadas por el suelo y, por supuesto, sin elevadores, implorábamos por que nos dejaran las últimas en nuestro portal!

Cuando parece que ya tengo todo el plan organizado, se sienta a mi lado en el sofá mi hijo mediano. "Mami, deja ya el móvil. No me haces ni caso", se queja. Y no le falta razón. Porque, resulta paradójico que dediquemos más tiempo a organizar planes para nuestros hijos que a disfrutar con ellos sin ninguna pantalla de por medio. "Pues claro, ahora mismo lo dejo", le prometo, aunque lo de la pantalla es inevitable en este caso y me pongo a ver con ellos 'Alicia a través del espejo', el título que nos toca en nuestra particular sesión de 'noche de pelis con pizza'. Pero el móvil silba de nuevo y no puedo evitar mirarlo de reojo. "Cambio de planes. Al final no puedo llevarlos al partido. No me acordaba de que tengo que ir a comprar un regalo para el cumpleaños comunitario de la clase del pequeño", se disculpa la madre que me había preguntado por el elevador. "Lo siento tengo que volver a utilizar el móvil", les digo avergonzada a mis hijos ante su cara de disgusto.

Así que, cuando llega el domingo por la noche, estamos agotados de llevar y recoger niños de cumpleaños, de pasar frío en los polideportivos, mojarnos en los campos de fútbol o sacar la cama nido porque ha venido algún amiguito a dormir. Pero, ¿qué somos? ¿Padres, animadores u organizadores de eventos? Sinceramente, y me incluyo en la crítica, no sé si lo estamos haciendo mejor o peor que nuestros padres. Lo único que sé es que, en lugar de ir a cenar o a ver el último estreno de la cartelera, invierto (por no decir pierdo) un mínimo de media hora en gestionar al personal de mi familia en sus planes de fin de semana por no hablar del tiempo invertido haciendo de taxista, repostera o crítica de cine.  Así que, cuando llego el lunes al periódico, ante la pregunta de mis compañeros de "¿qué tal el fin de semana?" no puedo menos que responder: "Ideal. Mejor, imposible". 

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