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¿Para qué sirve la religión?

Víctor M. Arbeloa

Víctor M. Arbeloa

DN
Actualizada 21/07/2017 a las 11:24
  • Víctor M. Arbeloa

Hablanco pronto y, de buenas a primeras, para nada. Porque la verdad es que sirve… para todo.


Lo mismo podríamos de decir, aun reconociendo las diferencias, de la filosofía, de la teología o del arte


No es de extrañar que mucha gente se haga esta pregunta, tan inmediata e interesada, en esta época dominada por la ciencia y la tecnología, por el eficacismo y el rendimiento, y ante tantos males y desgracias en todo el mundo, que vivimos ya cada día en tiempo real.


Además, estamos saliendo ahora de toda una larga era en la que una gran mayoría de los europeos creían en un ser “sobre”natural, infinitamente separado de nuestro mundo, del que toda la vida dependía, al que todo se le pedía y del que todo se esperaba. Una religión quasinatural, de culto y moral, entre individualista y sociológica, hecha tradición y costumbre, que cada día se diluye más. Mientras va creciendo con fuerza por todas partes una religión-religación más personal y lúcida, necesariamente solidaria, menos dependiente y milagrera, más centrada en la vida de Jesús de Nazaret, el Primero de los creyentes, que en un Dios natural-sobrenatural y metafísico. Una religación como encuentro con el Otro, sí, pero Otro trascendente en el fondo de la realidad mundana, de la que nos revela su finalidad y sentido.


Tras la revolución reciente de la exégesis bíblica, histórico-crítica, que ha dejado caducos muchos de los viejos manuales teológicos y morales, el Pueblo de los seguidores de Jesús de Nazaret, el Ungido e Hijo de Dios, reconoce con dolor todas las negaciones y traiciones cometidas a lo largo de los tiempos por las comunidades cristianas, que una historiografía seria nos pueda demostrar. A la vez que hereda con gozo las creaciones religiosas, científicas, artísticas, culturales y sociales, que esas mismas comunidades nos han trasmitido durante veinte siglos. Se equivocan los que hablan de la Ilustración (la francesa sobre todo), como si no hubiera existido el Cristianismo antes del siglo XVIII, tanto como aquéllos que oponen rudamente toda la Ilustración al Cristianismo.


Hoy sabemos bien que nuestra fe, pura gracia, pero apoyada en una razón práctica, simbólica y utópica, no sólo instrumental y calculadora, no se opone a la dignidad y autonomía del ser humano ni a ninguna clase de progreso civil. Antes bien, como lo han demostrado tantos santos y célebres personajes cristianos, la fe puede ser el primer acicate, el decisivo impulso, la fuerza más constante en la larga carrera en favor de la dignidad humana y de la humanización del mundo.


Nuestra fe en el Dios de Jesús de Nazaret no es una pseudo ciencia. La versión intelectual de nuestra fe no tiene nada de fundamentalista. Nuestra comunidad de fe y servicio, misionera y universal, es lo más alejado de una secta.


El Pueblo de Dios está hoy lejos de la tentación o de la necesidad de ser un poder, como en tiempos pasados. Su único poder es la legítima autoridad moral que pueda conseguir al servicio de un mundo tan diverso como complejo. Nuestra fe, alegre, humilde y comunitaria, puede proteger del olvido, como lo han reconocido filósofos agnósticos de nuestros días, dimensiones enteras de convivencia social y personal, en las que los llamados progresos de la “racionalización” social y cultural han causado abismales destrucciones. Y la moda, por dictatorial y obedecida que sea, no siempre es la verdad ni la bondad.


Nuestro amor a la humanidad incluye el amor al próximo, a la persona concreta, y viceversa. Nuestra religión-religación cristiana quiere decir siempre, desde sus orígenes, compasión, perdón, reconciliación, fraternidad. Pero tampoco en esto, ni en nada, nos consideramos únicos, y mucho menos monopolizadores.


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